Te dije que te vería en lontananza.
Ese lejano punto en donde el cielo se une con la mar, al que me enseñaste a mirar, para saber que hay un punto en donde poder colocar mis anhelos profundos. Sabías que lejos quería llegar.
Durante todos estos años ese ha sido nuestro lugar. Nuestro punto de encuentro, nuestro refugio seguro, nuestra posibilidad de yo hacerte las preguntas que me quedaron guardadas en el baúl de una vida que ya no pudiste acompañar.
Para sentirte cerca, no necesito ir al mar, pues te encuentro con tan solo mis ojos cerrar. Platico contigo, me río de pensar lo que me podrías contestar, me divierten los rizos de tu escaso cabello y tus travesuras a mis costillas, como aquella marca que nunca fue un balazo revolucionario sino un lunar.
Tú en nosotras estás.
Tu ausencia es presencia, es recuerdo y consuelo, es memoria que no borra el tiempo, y aunque haya detalles que en la memoria no encuentro, mi corazón se asegura de que esos tesoros no se los lleve el viento.
30 años son mucho tiempo.
En este largo trayecto, la vida ha sido dura, pero con eso no te sorprendo. La tuya lo fue y saliste adelante, así que aquí estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo. He cumplido con lo que más te preocupaba y acompaño a mi madre hasta hoy, que casi tengo la edad que tenías, cuando te fuiste. Supongo que sabes que te ha seguido queriendo.
Mis hermanos son hombres de bien. Tuviste 3 nietos y hasta un bisnieto que intento que sepan que el suyo fue un extraordinario abuelo, que está en el cielo velando su sueño.
Y yo, esta que soy, confieso que me empeñé en ser como tú demasiado tiempo. De pronto me doy cuenta que estaba cargando un peso que hoy suelto.
No prometo dejar de preguntarte y de contarte lo que va sucediendo, porque sé bien que estás junto a mi. Así lo siento.
Te veré en lontananza padre, cada que cierre mis ojos y cuando sea el momento.


