¿Cómo nace la jirafa?

Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.



Un buen día de hace varios años, le pregunté a una querida amiga ¿en donde está mi hogar? Con relación a mis constantes cambios de ciudad por motivos de trabajo y a esa extraña sensación que de pronto me invadía por las noches, de no pertenecer realmente a ningún lado. La historia es larga, pero se resume fácil: nací y viví mis primeros años en el DF y llegué – por azares de la vida – a vivir al puerto en el inicio de una adolescencia en donde “ni dejaba de ser chilanga” “ni era por completo jarocha”. Resolví mi dilema, acostumbrándome al sol y al son y viajando por estancias largas al DF que siempre me trajeron de ida y vuelta, recorriendo mil veces el camino de regreso. Sin embargo, mis ires y venires cambiaron de giro. Un día, decidí trasladar mi espacio laboral de lo académico a lo político electoral, espacio que por varios años ya – muchos más de los que pensé en un inicio – me han traído viajando y viviendo de ciudad en ciudad, con todo lo que esto implica. Mi primera época en Xalapa no fue muy trascendente. La ciudad y yo no nos encontramos y aunque – como siempre – elegí un lugar para vivir durante mi estancia, acabé viajando casi a diario entre el mar y la montaña, conociendo únicamente esa ruta del camino. Tiempo después llegué al DF de nuevo, siendo – lo que en ese tiempo llamaba “población flotante”. Una especie de “ocupa” fresona (no puedo negar la cruz de mi parroquia) que a veces estaba y otras no. Gracias a la hospitalidad de la Negra, compartí su bello y amplio espacio en la Roma, que pese a su gran calidez y sus ricas ensaladas, nos demostró a quienes ahí vivimos, que era un departamento bañado en lágrimas. No la política sino el desamor me trajo de vuelta, cuando mis planes eran quedarme, demostrándome que mi camino es más bien estar abierta a los cambios que en él se suceden. Luego de una larga temporada en el puerto, hace poco más de dos años y medio, regresé a vivir a Xalapa en lo que llamé mi propio exilio. Una tarde de invierno llegué con mi pequeña maleta, lloviendo en la ciudad y lloviendo en mis adentros. He compartido en más de una ocasión esta historia. Cuando llegué a Xalapa, tenía tres meses de no trabajar. Dos huracanes pasaron por mi vida: El Karl que inundó nuestra Casita Verde, y el “otro”, que me dejó sin empleo, sabiendo además que al menos por un tiempo, eso a lo que yo me dedico, no podría hacerlo en esta ciudad que es mi casa. Entendí que había que poner distancia y así lo hice. Sin dinero, en una situación complicada, llegué a vivir a una ciudad, en la que me he tomado mi tiempo, para aprenderla a querer. En estos 31 meses puedo contar mi estancia xalapeña…desde el punto de vista inmobiliario. Desde el cobijo inicial de mi querida Lily, hasta la recomendación de Kike para ser su vecina y luego, la llegada de Wera como mi rommie de vida, con quien prácticamente salimos de escape de aquel departamento lindo, por el gas que evidenció lo malas domésticas que ambas somos, para llegar a compartir casa y vida en La Azucena, gracias a la generosidad de mi querida Mariana y su mami. La Azucena fue – desde un inicio – una casa demasiado grande para mí e incluso para las dos. Tres plantas de una hermosa casa, decorada por un gran árbol, nos hacían conocer sus muchos sonidos, que por las noches nos despertaban. Decidimos ambas tener el mínimo mobiliario, para una casa que fundamentalmente era “para dormir”. Nosotras “no vivimos aquí. Solo trabajamos aquí” y “no necesitamos más”. Les comparto que, ni siquiera una foto coloqué en ninguna de las muchas paredes de la casa. Desapego lo llamé. Yo “solo estaba en Xalapa de paso” y he desmontado mis viviendas en tantas ocasiones, que esta vez preferí la austeridad como decoración. En La Azucena, Wera y yo no estuvimos solas. Así como decidimos juntas que tendríamos pocos muebles, también coincidimos que nos gustaba compartir la casa con nuestros amigos. Tener una “casa de puertas abiertas” es algo de lo mucho que nuestra amistad comparte, así que vivieron con nosotras – al menos por un tiempo – Maga, Gigi, Negra, desde luego Poe – al que mis alergias ahuyentaron – y los amores suyos y los amores míos que harán siempre los momentos vividos en esa hermosa casa, parte de esos recuerdos que jamás se olvidan. Llegamos de paso – por el incendio de la estufa en el otro departamento – y nos quedamos dos años. Muchas historias que contar en ese tiempo: alegrías, sorpresas, disgustos, complicidades. Una parte de la vida compartida con alguien, en un lugar. Bueno, hasta el extremo de aparecerme en sus sueños, es parte de que tendremos en común por siempre. El ciclo concluyó y fue hora de partir a buscar cada quién su camino. Ya el tiempo nos dirá qué pasa. Pese a que por lo general estoy abrumada de trabajo, le doy mucho tiempo a la reflexión. Me conozco perfectamente y sé que de todos mis demonios, hay uno que en particular me ronda: no sé estar sola. Por eso, cuando terminó la campaña y Negra que estuvo poco tiempo y Wera se fueron, entendí que era el momento. Tomé dos decisiones importantes para mi vida. La primera, tiene que ver con “darle chance a Xalapa” como tantas veces me lo dijo Maga. En realidad, ya no es para mí un lugar de paso. Mi camino – al menos por ahora – sigue estando laboralmente asociado a la montaña y la neblina y es tiempo que yo me dé más a involucrarme con esta ciudad, que me abrió sus puertas y que me ha dejado crecer. La segunda decisión tiene que ver con que es tiempo de vivir sola, en mi propio espacio, con muebles y cuadros en la pared que me hagan sentir a gusto en mi casa. Justo ayer terminé de acondicionarlo poniéndole mi sello personal y cerré ya las puertas de La Azucena. Es un pequeño departamento, ideal para alguien que vivirá sola, pero que siempre estará encantada de recibir visitas. Desde mañana, mi nuevo domicilio está allá, por donde las calles tienen nombres europeos, pero mi hogar es y seguirá siendo mi casita verde de Veracruz. M. Agosto 4, 2013