Por un año he guardado silencio.
Me tomé todo este tiempo para reacomodar lo que la fuerza del agua movió en mí, en los míos, en nosotros, ese día en que todo cambió.
Nosotras sabíamos que el agua nos llegaría. Eso dijeron las noticias, eso dijeron los vecinos.
Pero nunca lo había visto, así que preparamos lo básico y un poco atropelladas, levantamos algunos de los muebles de la casa.
Por fortuna Carlos estaba de descanso y él ayudó a levantar las cosas y a llevarse mi carro.
Nosotras decidimos quedarnos.
Llevamos provisiones con la vecina de junto y subimos a la parte alta lo indispensable para pasar la noche y luego volver a casa.
Sin la prisa de todos los que huían, nos sentamos a ver como el agua poco a poco fue tiñendo el pavimento de mojado y como fue subiendo su nivel.
Luego de un par de horas, subimos al lugar en que nos resguardaríamos e iniciamos la espera, yo pegadísima a las redes sociales y escuchando la radio.
Era la una de la mañana cuando cortaron la luz y fue ahí cuando asumimos que estábamos en problemas.
Los teléfonos poco a poco se fueron descargando.
Yo apagué el mío antes de que la última rayita de batería se consumiera, conservándola por si llegaba el momento de pedir ayuda.
Fue una noche larga.
Será difícil olvidar el aullido lastimoso de los perros en las azoteas.
Y el silencio.
Durante la madrugada fueron sumándose vecinos a nuestro improvisado albergue. Una familia de la esquina – a quienes ni siquiera había visto antes – llegaron a acompañarnos, junto con sus dos perritas, una ya muy vieja y ciega y la otra pequeñita.
Éramos doce personas.
Para la mañana, ya la comida que teníamos casi de había terminado, pues con las nuevas bocas, lo previsto era insuficiente y el agua estaba mucho más arriba del nivel que imaginamos tendría.
Así que llegó la hora de pedir ayuda.
Lo escribí en Facebook.
Pasaron varias horas cuando de pronto, de la nada, una lanchita jalada por dos hombres pasó cerca y le gritamos para que se aproximara.
De los momentos más duros fue justamente ese.
Bajar a mi mamá de la azotea a la lancha fue muy doloroso y triste, pues ella camina con dificultad.
Luego, hubo que dejar a una de las perritas. La ciega.
Recuerdo como si fuera ayer el momento en que por el avance de la lancha, pasamos justo frente a mi casita verde y entonces la ví, inundaba, enlodada, con esa imagen que de verdad lastima. Hacía muy poco que por fín me la había entregado terminada de la remodelación que me costó mis ahorros de mucho tiempo y de pronto, todo estaba hecho un caos.
La lancha nos sacó a la carretera. Ahí una patrulla nos llevó hacia la central de abastos y ahí una familia nos acercó más hacia el rumbo de la casa en donde se había quedado mi hermano con su familia.
Creo que era como medio día cuando pudimos reunirnos.
Después de esa noche larga.
Carlos nos abrazaba con vehemencia, con desesperación.
Mi madre se recargaba en él, llorando de tristeza por la angustia, por el miedo.
Yo seguía un poco en shock, pero por fín comencé a llorar.
Justo quince días antes, acababa de perder mi trabajo, en una acción injusta y vil que lo único que me permitía pensar en ese momento era cómo iba a poder levantar mi casa de nuevo, si no tenía trabajo.
Recuerdo y recordaré siempre esos días.
Aquellos hombres – sin nombre – que nos rescataron. Eran voluntarios. Fueron a ayudar y gracias a ellos, pudimos salir y unirnos con nuestra familia y estar a salvo.
Comenzaron a llegar amigos a casa de la familia con la que nos hospedamos.
Estuvimos unos días con Pepe, el amigo de mi hermano y luego con Elvi.
Como cuatro o cinco días después pudimos ya entrar a casa.
Carlos tuvo que regresar a Tampico y nos quedamos mi madre y yo a sacar nuestra casa adelante.
Me acuerdo muy bien como mis chicas Nancy, Fa, Haydeé y Luce hicieron sus turnos, para ayudarme a limpiar, y cómo la tía de Fátima me obsequió líquidos para el piso y como Rubén me metió a la casa aún con el agua estancada y cómo Mara me regaló ropa, para poderme vestir esos días, y cómo Magali y la pequeña Ana Luisa fueron a ayudarnos a limpiar cajones – con sus botitas de hule, para no mojarse - y cómo Ketty me mandó a alguien para ayudarme a pintar y cómo cada uno se hizo presente de la manera más especial.
Los meses siguientes fueron como un paréntesis en mi vida.
Yo – que he sido la eterna ausente – pude estar ahí, para ser el soporte necesario para enfrentar lo ocurrido y gracias a que por primera vez en mi vida de enferma laboral, no tenía empleo, pude dedicar cada minuto y toda mi fuerza, para secar el agua y limpiar lo que ella provocó.
Las cosas materiales no importan.
Triste, las muchas fotos que se perdieron y claro! Las recetas de mi madre, que dice que sin ellas ha olvidado cómo cocinar.
Lo demás, es un regalo que la vida nos dio.
Un tiempo que no olvidaré, porque me brindó la posibilidad de saber cuán afortunada soy por tener los amigos que tengo, la familia que tengo, para que cuando el agua suba, puedan ayudarme a limpiar los estragos.
Cuatro meses y medio no trabajé.
Es muy fuerte decirlo.
Al día de hoy, todavía no logro reponerme por completo del desajuste económico que los dos huracanes que me sacudieron en septiembre, provocaron.
Y no me refiero a Karl y a Mathew.
Debo confesar que soy sumamente desesperada.
Aprendí a esperar.
Templanza, se llama.
Yo no soy de esta tierra. No nací aquí.
Llegamos después del terremoto.
Son muchas las razones que me retienen aquí.
Mi padre al traernos, nos dijo que aquí encontraríamos nuestro hogar y así ha sido.
He de confesar que lo valoro aún más, después de ese septiembre.
Irme de aquí ha sido duro.
Pero necesito el mar para vivir, así que cada que puedo vengo, a ver el mar y disfrutar la brisa y desde luego, a habitar mi hogar. Mi casita verde que de nuevo está de pié.
Muchas gracias a cada uno, por lo que hicieron en ese septiembre.
Aquí están mis manos para ayudarles a bajar las aguas turbias de sus vidas y mi corazón enorme para volver a pedir ayuda y saber agradecerla.
¿Cómo nace la jirafa?
Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.
Category:
Recuerdos
| 0 Comments

