Si cierro los ojos, vienen a mi mente agolpados toda clase de momentos. Pasos recorridos, lugares en donde he estado, personas con quienes he compartido.
Una sucesión de días, de hechos, de fugaces recuerdos.
Los más felices de ellos, siempre han sido en domingo.
A mi papá le gustaba manejar, así que cuando llegaba el fin de semana subíamos al carro muy felices mis hermanos, mi mamá y yo, y emprendíamos la aventura.
Jamás podré recordar cosas como la marca del cauto o el color que tenía, pero lo que sí recuerdo era la ventana trasera, porque desesperada que soy, solía ir de rodillas volteada, viendo el camino asomada en esa ventana, preguntando mil preguntas si ya íbamos a llegar.
Para las familias chilangas era común hacer el paseo dominical a Chapultepec, La Marquesa, Oaxtepec o Cocoyoc, Reino Aventura.
Asomada en la ventana que nos separaba infinitamente del destino al que acudíamos, conocí las vacas, los burros y los caballos que solíamos ver alguna vez en los campos que rodeaban a la ciudad galaxia, animales que por cierto – y en especial las vacas - nada tenían que ver con los que años más tarde conocí en tierras jarochas.
No siempre salíamos de la ciudad. Por fortuna mis padres tenían visualizado un muy amplio repertorio de restaurantes con áreas para niños, en donde pasábamos domingos de ensueño.
Luego, cuando venimos al puerto, la aventura se multiplicó: tanto por ver, tanto en donde estar, tanto que disfrutar.
De todos esos lugares inevitablemente siempre nuestro preferido fue el mar: una hielera, nuestra mesita plegable con sillas de playa y sombrilla y la magia se hacía: Miguelito Mendoza con sus bermudas en las que asomaban sus piernas muy blancas, Yoli con sus trajes de baño de una pieza y sus lentes de sol, Carlitos con su bigotito pizpireto de adolescente en ciernes y yo, tumbada al sol inevitablemente.
Cuando mi papá murió, decidimos juntos continuar siempre siempre con nuestras salidas dominicales, por que aunque solo éramos tres, el ritual del domingo era algo que nos reafirmaba como familia.
Hubo un tiempo de vacas muy flacas, pero eso no importaba. Jamás ha tenido importancia el restaurante al cual ir a comer los domingos, pues lo importante era siempre hacerlo juntos y fuera de casa, pues ese día Yoli jamás cocina.
A nosotros nos enseñaron que el domingo es sagrado. Podíamos irnos a la disco el sábado o con los amigos a cualquier sitio, pero la comida del domingo se hacía en familia, fuera de casa, tradición que permanece inalterable hasta hoy.
Hace ya varios años que somos solo Yoli y yo quienes damos rienda suelta a la búsqueda del lugar en donde comer nuestros platillos favoritos y entonces recorremos lugares, elegimos nuestros favoritos, probamos nuevos, a veces nos gustan o a veces no, pero lo que jamás cambia es el maravilloso momento de estar en familia comiendo fuera, como un domingo cualquiera.
Hoy Yoli no está. Fue a visitar su tierra, pero no comí sola. Comí con el recuerdo de mi familia que se fue haciendo pequeña y de los muchos domingos llenos de bellos momentos que me quedan.
¿Cómo nace la jirafa?
Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.
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