¿Cómo nace la jirafa?

Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.



Sí, soy feminista. Lo cual no es una novedad.
No sé en qué minuto de qué segundo me percaté de esta presencia en mí.
Yo creía que lo mío era una absoluta novedad. Que era ese extraño ser en la familia, pero en una reflexión sensata, soy más bien como el efecto a la causa, nacida en un matriarcado en donde una pléyade de amazonas cabalgaron por la vida, en generaciones antes que la mía y yo solo bebí el néctar del valor y el coraje, de la convicción y la pasión, de la rebeldía insensata de quién vive como ha querido hacerlo.
Fui niña de muñecas, desde la Pretty Cut hasta mis muchas barbies, pero paseé por la infancia con mi botiquín de primeros auxilios de juguete, inyectando a cuanta víctima encontrara en mi recorrido. En una infancia rodeada de hermanos mayores y muchos muchos primos, no había demasiados condicionamientos genéricos. Jugábamos a lo que se nos pegaba la gana, lo mismo policías y ladrones, que al salón de belleza.
De chiquita, siempre en escuelas de monjas y de puras mujeres, eso no permitió que aprendiera ni cocina ni bordados, ni ninguna otra manualidad diezmayina.
Aún recuerdo al vozarrón de mi padre decir con toda energía, cuando un buen día me encontró haciendo pininos con mi mamá en la cocina: “mi hija no nació para pelar cebollas. Que agarre un libro”.
En realidad, los libros son los que me tomaron a mí y me enseñaron a usar las alas para volar.
Es curioso que afirme lo siguiente, pero mi largo camino con monjas y padres lejos de atar mi pensamiento inquieto a rigideces mentales, me enseñó a pensar, con criticidad y agudeza, con libertad y autonomía. Con fe, sí, pero una fe que llevo en privado, sin fanatismos, sin iglesias, sin sacerdotes y guiada por una profunda convicción que me lleva a abrazar la defensa de la laicidad, no tan solo en la educación, sino en el ejercicio de la vida pública.
Podría pensar que me encontré con el feminismo más tarde, ya en la parte final de la universidad, cuando todos esos saberes se agolparon en mi mente y transformaron mi propia forma de pensar, pero no es así, pues ya para entonces incluso había ganado premios nacionales con textos que defendían el derecho de las mujeres a superar los clichés.
Mis primeros años como egresada fueron también los años de comenzar con esfuerzos de construir proyectos desde la sociedad civil. Aunque de mis queridas mujeres insumisas con quienes construimos ese gran proyecto no todas son feministas, no necesitaban serlos, para tener esa pasión y ese coraje necesario para emprender nuestros pequeños grandes proyectos.
Quizá fue cuando comencé a trabajar ya en el servicio público, cuando empecé a incursionar en política y sentí – por primera vez – que no concretaría mis aspiraciones en ese lugar y con esas personas, así que renuncie...por razones de género.
Y entonces nos encontramos de frente: las personas mágicas que trajeron a mí esta nueva manera de ser. Mis hermanas mayores en la cadena de generaciones de mujeres convencidas de la lucha por la igualdad y la sororidad.
En aquellos años, participé en muchísimos foros, emprendimos juntas la conformación de lo que llamamos el Movimiento Amplio de Mujeres que en Veracruz era inexistente, hicimos proyectos, bajamos recursos, sumamos voluntades.
Viajé por el país hablando de participación política y de violencia de género en foros de hasta varios cientos de personas, pero también lo hice capacitando a mujeres en contra de ese fantasma en sillas improvisadas y debajo de un árbol. Firmé cartas, fui a marchas, hice carteles, sumé voluntades.
Luché como varias por crear la instancia que en la entidad defendiera la causa de las mujeres, y cuando tres años más tarde sumé mi temor al de otras mujeres por la posibilidad de que tal espacio ganado, desapareciera, me ofrecí para postularme, en una candidatura que no era de valentía sino de voluntad política.
Pagué mi precio y por primera vez, en muchos años, me caí del tren que avanzaba.
Y ni así pensé que la mía era una causa equivocada.
Pensé y pienso que valió la pena.
Los años recientes me he ocupado de hacerme un espacio propio en el ejercicio de mi profesión en el espacio público y aunque ya no doy más charlas ni debajo de un árbol ni en ningún auditorio, ni encabezo marchas, ni declaro nada, mi convicción y mi voluntad siguen firmes.
Y sigo estando presente. Siempre encuentro la manera de hacerlo.
Soy feminista, como ya lo saben.
Vivo además, siendo consecuente con mis convicciones.
Cuando me tocó el turno de pasar la estafeta generacional a una nueva integrante de tan orgulloso grupo, ella me preguntó que porqué yo lo era. Mi respuesta fue simple: porque lo siento dentro de mí. Solo así se viven las convicciones profundas, con las entrañas.
No puedo permanecer impávida ante las injusticias, ante la violencia, ante la discriminación. Y alzo la voz a veces solo en redes, para expresar mis opiniones privadas que también son públicas.
Nunca en mis años recientes he recibido la recomendación de mis jefes, para tener un ciberactivismo más mesurado, lo cual sin duda lo agradezco, porque me sería incómodo tener que pensar en explicaciones que en realidad no daría, lo reconozco.
Supongo además que algunas de mis posturas quizá incomoden a algunos y otros tan solo las ignoren.
La vida se trata de pensar diferente, y ante la diferencia, argumentar y cuando ya no haya argumentos, entonces solo el respeto debería tener lugar.
Hoy quise escribir de mi feminismo porque por un extraño momento caí en la cuenta de que quizá haya perdido algunas amistades por esta razón, en el camino.
No sé no decir lo que pienso.
No está en mi naturaleza.
A cambio, ofrezco estar de pie para enfrentar tempestades.

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La vida nos tomó por asalto.
Ni te esperaba, ni me esperabas y sin embargo estar juntos estaba escrito.
Era el tiempo correcto.
Ya nos esperábamos.
Me tomó una vida entera escapar de todo lo que oliera a compromiso y tú estabas en la parte más divertida de la soltería, cuando un buen día tocaste, y te abrí la puerta.
Y henos aquí, tú un bohemio que a veces se duerme temprano, para cuidar los sueños de la friolenta que duerme en pijama hasta en el más cálido verano; y yo, la workohólica que frena motores, para inventar platillos que no están en el menú de nadie.
No cabe duda, juntos, somos mejores personas.
Suelo decirte que eres la música de mi vida. Le has dado un ritmo a todo aquello que antes hacía en silencio. Pero eres una música muy versátil: a veces es el rock de tu temperamento encendido que viertes a diario en cada letra que escribes, pero también eres el jazz de tu ser compasivo, o el blues de tus silencios profundos.
Suelo decirte de mí, que soy como el viento nuevo: ruidoso, alocado, volátil y fresco, impetuoso, llorón y carcajiento, maníaco y depresivo, racional e irracional, cuerdo y loco.
En realidad somos solos dos seres imperfectos, que son uno desde que estamos juntos.
Hace tres años, 36 meses, muchas semanas con muchos días en los que hemos podido escribir el ensayo de lo que soñamos sea el resto de nuestras vidas, porque lo que hemos construido juntos, es el cimiento de nuestros años futuros, los años de Aurelio y los años de Mónica, los años de quienes nos quieren y los años de quienes nos ignoran.
En este tiempo me has tomado de la mano para sentir tu apoyo en tiempos de guerra y te he tomado de la mano, para darte paz.
En este tiempo hemos formado una familia justo como nos gusta: una familia que se une por el alma, cuyo lazo es el más profundo deseo de compartir la vida, que tiene un hogar en el que caben quienes queremos y en donde existe aquello que los dos amamos.
Eres mi marido y soy tu mujer, te respeto y me respetas, te admiro y me admiras, te amo y me amas. Es ese el sentimiento más profundo. El que es correspondido.
Claro, tus manías me desquician al igual que a ti las mías. Debo respirar profundo para no estallar como volcán algunas veces, como lo haces tú, con esa paciencia infinita que me tienes.
Ambos hemos cometido errores y hemos aprendido la maravillosa magia de pedir perdón y perdonar.
Nos falta el resto de la vida.
¿Te parece si enfrentamos los molinos de viento tomados de la mano?

La mente tiene extraños recovecos.
Es como si fuera un baúl, con muchos cajones.
De pronto el recuerdo – cual mariposa – detiene su vuelo sobre uno de ellos y con su llave mágica, activa la memoria.
Sorpresivamente me he dado cuenta que de las muchas maneras que tengo para registrar la presencia de las personas en mi vida, es a través de sus manos y en especial, de sus uñas.
Sí, las uñas. Esa película que cubre la parte frontal del extremo de los dedos y que al igual que su reverso, es por completo irrepetible.
No es que vaya por la vida mirando en lugar de los rostros, las uñas de las personas.
- Oiga usted, no necesito saber su nombre, pero muéstreme sus uñas por favor.
Nada de eso.
Como buena maníaca que soy, claro que tengo mis rituales, pero dentro de ellos no destaca el deliberadamente observar las manos y mucho menos las uñas.
Es algo que descubrí casi por casualidad, cuando me hallaba en un momento de nostalgia y pensé: -podría hasta describir de memoria cada parte de su ser y recorrer mis dedos por su cuerpo figurado, percibir el espacio que ocupa. Recrear la sensación que tengo cuando acaricio su cara con la palma de mi mano derecha, cuando con mi dedo índice trazo sus cejas de una en una, cuando deslizo mi dedo por la resbaladilla de su nariz, cuando jugueteo mis dedos todos sobre su cabello ralo. Cuando mis pequeñas manos se entrelazan con sus dedos grandes y sus manos firmes. Cuando escondo la punta de mis dedos, para ocultar mi infantil costumbre de morder las uñas y en cambio, toco con mis yemas las suyas que son tan lisas y brillantes, en sus dedos largos y bien definidos.
Y fue así, como activando el botón de la memoria, de pronto comencé a ver desfilar ante mí, a muchas de las personas que han formado parte de mi vida. Pero no visualizaba sus rostros, sino que con toda claridad recreé sus manos y sus uñas.
Sus particulares formas, sus estilos tan por lo general acorde a la personalidad de quién las posee, con sus claras excepciones en donde sus manos y sus uñas sorprenden o decepcionan.
Un desfile de formas y estilos.
Desde las más hermosas manos que conozco, esas pequeñas y súper suaves de Yoli con uñas naturales – jamás pintadas –, crecidas tan solo un poco y que hoy, lucen esas manchas que revelan que el tiempo pasa y deja huella; hasta las robustas manos de uñas cuadradas de mi padre; pasando por las manos de tantas y tantas personas que han estado presentes en el camino del ser.
Claro que no todas las recuerdo. Alguna misteriosa magia hace que de pronto piense en algunas personas y pueda recordar sus manos y sus uñas.
Pero hay de quienes ya no recuerdo sus nombres ni sus uñas.
Son solo un recuerdo pasajero.
Parte de esos otros cajones del baúl de la memoria, que se quedaron vacíos.

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Este domingo tuve una cita especial. Como saben, los domingos son los “días de Yoli” y solo hago aquello que podemos hacer juntas y desde luego, solo veo, a quién Yoli conoce, para que ella también pueda participar de la reunión.
Así que juntas nos fuimos al encuentro especial. Quedamos de vernos para tomar un café y ponernos al día y pasamos casi 5 horas platicando y no acabamos de ponernos al corriente.
Cuando la fuimos a dejar a su casita y la veía caminar por el pasillo que la lleva a su portón sentí nostalgia por no poder verla tanto como quisiera, pero también sentí alegría. Son tantos años de una amistad verdadera, que podemos hacer el recuento de los miles de momentos profundos en que estar a su lado ha ayudado a que las tempestades amainen.
Siempre que conocemos a alguien nuevo, la molesto diciéndole al interlocutor que “ella fue mi maestra”, porque en realidad nos llevamos solo un par de años de diferencia. La verdad es que miento. Ella no fue, sino que sigue siendo mi maestra.
La vida la ha enseñado a tener mesura y a ser sabia y a compartir su mesura y su sabiduría “con un típico 3, como yo” (chiste derivado del análisis de la numerología de Mel, que dice que yo soy un típico tres: ruidoso, abrumador, extrovertidísimo).
Cuando la conocí, ella vivía plenamente su etapa hippie. Con su cabello rizado y corto, detenido con una especie de cinta que la hacía ver muy simpática y diferente, sobretodo en una escuela “fresa”.
He de reconocer que en mi primer ensayo requerido para una de sus materias, me esforcé más de la cuenta para apantallarla y cuando me calificó con la criticidad que acostumbra, me enojé tanto, que rompí en pedacitos el tal ensayo y me fui con mi orgullo herido a rumiar mi coraje.
Desde que la conozco, no he tenido una pena, en la que no haya llorado en su hombro, ni una alegría que no haya celebrado a su lado.
Sin duda en los tantos años que tenemos de “celebrar la amistad” en varias ocasiones lo hemos hecho en modo pachanga, pero la nuestra no es una amistad de oropel ni de copas.
Entre nosotras por tanto no hay esas cosas que tanto lastiman como: comentar por la espalda, fraguar travesuras que traicionan, mentir, ser cómplice de quienes no reconocen en ti tus virtudes pese a tus muchos defectos. Esas son amistades falaces. Amistades de rato. Amistades vacuas, con las que sí, de pronto uno un día ya simplemente pues no comparte ni coincide.
La amistad verdadera no conoce de eso.
Nosotras no tenemos un chat, de hecho ella lucha por conectarse tecnológicamente pues en el fondo sé, que preferiría no hacerlo.
En un restaurant, ella no toma agua embotellada, yo jamás tomo agua en un vaso. Ella hace su compra en el mercado y yo ya hasta por internet pido la despensa. Ella está completamente dormida a las 10 de la noche y a mí me dan la 1 de la mañana y sigo con el ojo abierto.
No importa como sea ella ni cómo sea yo.
Somos amigas en una amistad profunda y verdadera. Fuimos “extranjeras” en una tierra que no era la nuestra, y nos hermanamos y nos hicimos familia. Hicimos del mar nuestro hogar y ahí fincamos nuestros futuros.
Cargué a sus hijos cuando nacieron y ella con su pequeña y sus botitas de plástico, fueron a ayudarme a secar los estragos del agua, cuando la casita verde se inundó.
Me ha encantado pasar la vida con esta amistad sincera que compartimos.
Encontré esta foto en mis memorias y la edité, para recordarnos a ella y a mí cómo éramos en esos tiempos. Es una foto de los primeros años de nuestra amistad. Éramos sumamente jóvenes ahí. Estábamos en la casita de antes. Ella con sus rizos al aire y yo con mis aretes largos.
No usó más los aretes así, y ya no vivimos en esa casita.
Pese a los cambios que el tiempo ha traído, nosotras seguimos siendo amigas. Y lo seguiremos siendo.
Gracias Maga. Fue un domingo sensacional.