Dije que escribiría de Xalapa, pero diciembre se me fue en un suspiro.
Así que lo haré hoy, aprovechando que temprano tuve que ir hacia el centro y en el camino ocurrió algo tan coloquial, que podría ser intrascendente: saludé y fui saludada, así como lo hace uno, cuando vive ya por algún tiempo en un lugar y acaba conociendo a las personas y entonces, así de pronto encontramos y con un pitido del claxon, saludamos a ese otro, que muy horondo, devuelve el saludo con una seña aireada.
Sí, el tiempo que tengo viviendo aquí me permite ya conocer las calles y conocer personas, y saludarlas con la familiaridad de quién – finalmente – se arraiga.
Pero eso no lo sabía la primera vez que conocí la ciudad.
Era verano y yo recién había terminado la universidad.
Desde más o menos la mitad de la carrera, descubrí la maravilla de participar en convocatorias juveniles. Yo siempre tan competitiva, que un plus fue encontrar en ello también una vía para obtener dinero en los tiempos aciagos en que me apoyaba con becas.
Así que, como cosa perdida en las páginas del periódico, encontré la convocatoria al concurso estatal de debate político.
Nunca antes lo había hecho y aunque siempre he sido una fuerte crítica de esos estilos retóricos tan acartonados, me entusiasmé con participar.
Y el concurso fue en Xalapa.
Llegué con el resto de los jóvenes del estado, solo que sin conocer a nadie, al hotel Salmones que en ese tiempo lucía aún muy gallardo.
Había cierto revuelo por el arribo del gran ganador del concurso durante los últimos años, lo que motivó mi deseo por medirme con tan experimentado contrincante, que por cierto, era ese su último año para poder participar, pues inevitablemente había “crecido” y ya no pertenecería a la categoría juvenil.
Decidí afinar mi estrategia. Si ellos – todos – eran herederos de las tradicionales escuelas de oratoria, yo competería con contenido y una vasta cultura general y no solo con un estilo que mí me sigue pareciendo más bien anacrónico.
Mi experimento me llevó a la final, misma que se celebraría en otro recinto que es justo el lugar al cual quiero llevarles en mi narración.
Caminamos todos los jovencitos desde la calle Zaragoza en donde se encuentra el hotel, hasta Juárez, en donde sería el enfrentamiento esperado.
Y entonces entré y al hacerlo, automáticamente me quedé paralizada, lo que me separó del resto del grupo, quienes avanzaron hacia el interior.
Desde la entrada directa al vestíbulo, hay una puerta que estaba abierta de par en par y desde la cual ocurría la magia: los pasillos en forma de escuadra de los tres niveles del edificio hacia abajo estaban pletóricos de personas que gozaban admirando los libros que en cada stand se ofrecían. Aquel paraíso totalmente iluminado, lleno del júbilo de tantas voces, de pronto pareció silenciarse. Y entonces comencé a escuchar a la orquesta interpretar My way.
De eso hace veinte años en que la piel sigue erizándome, pues al recordarlo, me veo de nuevo, parada y perpleja, ante lo que los místicos llaman “momento cumbre” y que son esos instantes en que el espacio y el tiempo se paralizan y nos llenan el alma de un caudal que rebasa las emociones.
Nada más fascinante para mí, que los libros.
Los libros son, mi romance primero, mi bálsamo de vida, mi refugio perfecto y también, mi pasaporte al lado de mi padre, quién para explicarme la vida, abría las páginas de ellos y me leía sus sabias letras, así que una Feria del Libro era para mí, el festín de los festines.
Él murió siendo muy joven, devorado por una enfermedad que le cobró caro sus excesos, pero siempre siempre decía que no se arrepentía de nada, que había vivido cada día como si fuera el último y que lo había hecho…a su manera.
Por eso cuando la Orquesta Sinfónica de Xalapa comenzó a interpretar esa canción por mí tan querida, no pude sino conservar ese recuerdo para siempre en mi corazón.
Y desde entonces, aquel día en el Colegio Preparatorio lo guardo como un tesoro invaluable.
No sabía que años más tarde, esa vida que a veces nos juega extrañas partidas, me traería aquí, a la montaña, para hacer ceder mis resistencias, yo que solo venía por unos cuantos meses, he terminado quedándome hasta ahora seis años.
Y sí, circulo por calles que ya conozco y saludo a personas que son mis amigos.
¿Cómo nace la jirafa?
Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.
Category:
Recuerdos
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