¿Cómo nace la jirafa?

Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.



Ya les he contado esa historia: cuando murió Ringo, yo tardé un año en procesar el dolor de su pérdida y la tremenda sensación de culpa por algo que entiendo, fue imposible predecir y evitar. El cachorrito se comió dos bolsas de chocolates que estaban guardados en una maleta y que él hábilmente abrió y que le provocaron la muerte, a sus apenas cuatro meses.
Fue hasta que Yoli, con su infinita generosidad, me ofreció que ella podía encargarse de la crianza de un nuevo cachorro, porque según nos dijeron, mis viajes semanales no le sientan bien a los pequeñitos.
Así fue como llegó el tiempo de buscarlo, como lo he contado, con el mismo criador que el snauzzer anterior. Lamentablemente ese tipo resultó un vivales y me engañó con la fecha del nacimiento del perrito, por lo que cuando me lo llevó para su entrega, solo con verlo pude darme cuenta que era más pequeñito que lo adecuado para la separación de su madre y hermanos.
Cuando lo vi ahí, en su canastita, tan pequeño e indefenso, inicialmente pensé en no aceptarlo. Pero en ese segundo comprendí que si yo no lo aceptaba, él no lo devolvería con su madre sino que se lo daría a alguien más. Así que fue en ese segundo cuando le prometí a mi pequeño que yo lo cuidaría y lo querría muchísimo.
De nuevo Aure eligió nombre para el chiquito: Jagger.
Le tomó un tiempo despabilarse, pues era muy chiquitito y no podía ni caminar derechito, así que con mucha paciencia fue abriéndose al mundo.
Ustedes han sido testigos de cómo fue creciendo. De su descubrimiento de lo divertido que son las pelotas y luego, de lo maravilloso que le resultó comerse las plantas del jardín de Yoli, quién tuvo que mandar poner unas rejitas para evitar que “fierecilla” terminara con todas ellas.
De la mordededera de zapatos, Jagger pasó a descubrir lo que durante largos meses fue su delirio: mis jirafas. Era una cosa increíble: sólo con abrir la puerta de mi cuarto jarocho o del xalapeño, él salía volado para robárselas y huir para mordisquearla.
De todo intentamos: alzarlas, ponerle rejita a las habitaciones, regañarlo. Y nada. Hasta que comencé a comprarle sus propias jirafas, dejó a las mayores en santa paz.
Cuando al fin cumplió 6 meses vino por primera vez a casa en Xalapa. Imposible olvidar que apenas llegamos, ya estaba Yoli al teléfono para averiguar cómo había llegado su chiquito. Entonces entendí que en su corazón ya habitaba el amor hacia mi perrito, por lo que desde entonces decidimos juntas que estaría una semana con ella en el puerto y una semana conmigo y así ninguna lo extrañaría demasiado.
Con Yeyo la historia fue distinta. Él es menos afecto a la convivencia con perros y desde el principio estableció sus reglas: Jagger no dormiría en nuestro cuarto ni se subía a la cama.
Sin duda el ganón fue el perritín, porque desde ese momento la habitación de visitas pasó a ser su aposento personal y claro! El sofá de las visitas pasó a ser su cama mega gigante.
Sobre lo de no subirse a las camas – restricción que también Yoli estableció – Jagger siempre tuvo muy claro que en mí tenía a la más aliada de todas las cómplices y a la más barco de todas las madres, así que él solía asomar sus cejas coquetas por encima del colchón para averiguar si no había moros en la costa, y entonces poderse subir conmigo.
Fue precisamente Yeyo quién un día me dijo en su tono serio de quién acostumbra decir verdades, que para Jagger, yo era su mamá. Y él era mi hijo.
Y fue también él, quién más me sorprendió en la forma como cedió a la expresión de ternura y amor que el perrito le prodigaba. Por las mañanas, iba a despertarlo en la cama, poniendo su cabecita en la almohada y lanzando lamidas que Yeyo eludía pero que yo bien observaba que lo enternecían tremendamente.
Y fue Yeyo también, quién infinidad de tardes – sobre todo en los últimos tiempos – se encargaba de cuidarlo, darle de comer y llevarlo a pasear, porque mis ausencias se han hecho mayores.
Verlos jugar era un acto de ternura total: el perrito barburo y el grandote barbado.
Jagger conmigo a todos lados, se subía encima de mí, me miraba con sus profundos ojos para decirme sus necesidades, a veces revelarme que tenía miedo o a veces mostrarme su expresión de absoluta travesura.
No había alegría mayor para mí llegar a casa y saber que él saldría corriendo a brincarme encima y darme cien mil lamidas. Y no había alegría mayor para él, que escucharme llegar, porque sabía que el momento de la diversión, había llegado.
El mío era un pequeño maleducadito. Y eso que lo llevé a entrenamiento. Pero yo me negué a los castigos severos. Se lo dije a todos y me lo dije a mí misma: yo lo invité a mi vida para quererlo y para consentirlo. Le prometí que lo haría feliz y lo cumplí.
Jagger fue el más noble de los perritos, el más cariñoso y el más mimado. Era un niño travieso que con todo y sus remilgos, se ponía los atavíos que su madre le compraba.
Tenía una gran cantidad de juguetes que le guardaba en una caja y que él se encargaba de ir sacando uno por uno, para hacer su tiradero y mirarlos muy complacido, para no volver a jugar con ellos o para hacernos perseguirlo por toda la casa.
Ayer Trump, el señor azul, la jirafa, el señor chango, Charlie Brown y snoopy durmieron abrazados por mí, mientras me desvanecía de llanto.
Mi Jagger fue padre muy joven. Apenas cumplió un año, me lo pidieron para cruzarlo y lo dí. Y a él eso de la paternidad no le gustó nadita. Lo suyo era ser él el rey del mundo, trono que no compartía con nadie.
Incluso cuando en diciembre estuvo de visita la familia y trajeron al bebecito…Jagger mostró su celo y cada vez que alguien le hablaba mimado al niño, el perrito se acercaba suponiendo que era a él a quién llamaban.
Él era nuestro niño. Lo llevaba al parque, a caminar por los camellones, al bulevard a ver el mar. Él solía caminar todas las noches, pues no hacía del baño jamás en casa. Ese era el único sufrimiento de Yoli, ya que por la tremenda fuerza de mi pequeño, le metía unos jalones tremendos. Así que en el puerto tuvo varios cuidadores y claro! Sus madrinas Lolis y Ale, que lo querían muchísimo y que hoy sufren también su pérdida.
Por cuestiones de trabajo y de estilo de vida, solemos viajar con frecuencia, así que a lo largo de su vida encontramos distintos lugares en donde lo cuidaron mientras estábamos fuera, pero en donde más estuvo, fue con Osorio Kennel, quién tiene un hotel en la playa a donde los perritos conviven en libertad.
Ahí mi chiquito conoció el mar e hizo amigos. Y ahí es en donde murió antier.
No cabe el mí la idea de que no lo veré más.
Lo necesito volando para brincar a mi cama porteña por las mañanas, y jalándome con sus manitas para que lo rascara. Necesito sus lengüetazos de besos cuando lo acariciaba y su escándalo cuando cualquiera pasaba aunque fuera cerquita.
Quiero verlo lloritearle a las aves y a los gatos, para que jugaran con él, pues no le importaba nadita que fueran de otra especie.
Tengo botellas de agua vacías que regalarle para que las mordisquee y las juegue en el piso.
Comer mi manzana mañanera si él mirándome para que le dé unos trocitos, simplemente no me sabe.
Pero hay un dolor que me lastima más.
¿Quién acompañará la soledad de Yoli?, ¿quién irá junto a ella, cuando se sienta en su mecedora, para colocar su lomito para que lo rasque?, ¿quién irá a subirse a sus piernas y con su manita quitarle el dedo del celular para que solo a él le brinde atención? ¿Quién la esperará sentadito cuidándola, mientras ella se despierta por las noches para ir al baño?
Lo dije y lo pienso: él era un angelito con colita y rabo. Dice mi hermano Quique que cuando ellos terminan su labor con nosotros los humanos, se van. Así que mi niño se fue. Fue a jugar, como siempre lo hacía.
Hoy antes de que el sol se pusiera intenso, lo enterramos en el jardín de la casita verde donde Yoli y yo tenemos nuestro cementerio perruno. Puse con él a su Charlie Brown, con quién estaba jugando la mañana que lo vi partir.
Gracias infinitas a él, por hacerme mejor persona.
Esta no es solo mi pérdida. Jagger fue un perrito muy amado por su familia, por Yoli y por Yeyo. En son de broma, cuando quería llamarle la atención, le decía “su nombre completo” Jagger Humberto Contreras Mendoza, fierecilla de cariño, patotas según mi hermano. Gracias infinitas por el amor que le brindaron a todos y todas quienes le conocieron. Hay personas con quienes pude estar en contacto, a través de la magia que los perros brindan. Él supo ganarse el amor de muchos.
Hoy todos tenemos un angelito perruno. Espero verlo, cuando cruce las nubes.