Son estas fechas las que me llevan a reflexionar sobre la vida y lo que me rodea.
Mi padre decía que valorara siempre lo que he hecho, cuando me mirara las manos y viera lo que con ellas había construido.
Alguna vez he plantado árboles. Un día escribí un pequeño libro de poesía que sólo regalé a mis amigos y no he tenido hijos y aún así, siento que he tenido una vida plena.
Vivo a un ritmo vertiginoso, pero he luchado porque la locura no le gane al corazón y pese a todo, sigo disfrutando de las cosas más sencillas, para no perderme nunca de la ruta que tracé, ni dejar de sorprenderme por las maravillas que en verdad valen la pena.
Atesoro algunas cosas, dependiendo del momento de la vida en que me encuentre. A veces tengo mis largos episodios de enamoramiento con los libros y otras veces, los traiciono un poco para refugiarme en las películas que me hacen volar.
Estas aficiones que han sido mis grandes maestras en la vida, me han regalado a ciertos personajes que me robé de las portadas o de las páginas o de las pantallas, para traerlos a mi vida diaria, como es el caso que precisamente motiva hoy mis palabras.
He leído casi todo lo de él y sobre él. Ya saben que en su honor me robé las jirafas, la primera de las cuales precisamente se llamaba Gaba.
Sus letras, pero sobretodo su vida, me han motivado a seguir el encanto del placer de la vida y a encontrar en ello una inspiración natural.
Me encantaría poder dedicarme a las letras y olvidarme de las otras tareas que ocupan mis días.
Como no puedo hacerlo, admiro mucho más el valor de quienes encontraron el camino de las letras como él.
Seguidora que soy de sus andanzas, he estado atenta a su estado de salud y por ello es que esta carta – su carta de despedida – me ha sobrecogido tanto.
Con lágrimas en cada una de las palabras que plasma en ese breve texto, decido compartírselos, para que, di ya lo conocen, lo relean y si no, se den un momentito para comprender la forma en que un genio se despide.
Yo? Dios mío, me falta aún tanto y tan poco, que me quedo con las palabras del Gabo y disfrutaré aún más de cada segundo.
Besos de viernes.
M.
"Se despide un genio"
Gabriel García Márquez se ha retirado de la vida pública por razones de salud: cáncer linfático. Ahora, parece, que es cada vez más grave. Ha enviado una carta de despedida a sus amigos, y gracias a Internet está siendo difundida.
Les recomiendo su lectura porque es verdaderamente conmovedor este corto texto escrito por uno de los Latinoamericanos más brillantes de los últimos tiempos.
"Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan.
Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen. Escucharía cuando los demás hablan y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate!
Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo, sino mi alma.
Dios mío si yo tuviera un corazón, escribiría mi odio sobre el hielo, y esperaría a que saliera el sol. Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti, y una canción de Serrat sería la serenata que le ofrecería a la luna. Regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos...
Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida... No dejaría pasar un sólo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer u hombre que son mis favoritos y viviría enamorado del amor.
A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse! A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo aprendiese a volar. A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido. Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres... He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada. He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre.
He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse. Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo.
Siempre di lo que sientes y haz lo que piensas. Si supiera que hoy fuera la última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría al Señor para poder ser el guardián de tu alma. Si supiera que esta fuera la última vez que te vea salir por la puerta, te daría un abrazo, un0 beso y te llamaría de nuevo para darte más. Si supiera que esta fuera la última vez que voy a oír tu voz, grabaría cada una de tus palabras para poder oírlas una y otra vez indefinidamente. Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo diría "te quiero" y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes.
Siempre hay un mañana y la vida nos da otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuanto te quiero, que nunca te olvidaré.
El mañana no le está asegurado a nadie, joven o viejo. Hoy puede ser la última vez que veas a los que amas. Por eso no esperes más, hazlo hoy, ya que si el mañana nunca llega, seguramente lamentarás el día que no tomaste tiempo para una sonrisa, un abrazo, un beso y que estuviste muy ocupado para concederles un último deseo. Mantén a los que amas cerca de ti, diles al oído lo mucho que los necesitas, quiérelos y trátalos bien, toma tiempo para decirles "lo siento", "perdóname", "por favor", "gracias" y todas las palabras de amor que conoces.
Nadie te recordará por tus pensamientos secretos. Pide al Señor la fuerza y sabiduría para expresarlos. Demuestra a tus amigos cuanto te importan."
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
¿Cómo nace la jirafa?
Por las mujeres que fuí, la que soy y que las que seré. He tenido una tarde tan especial y significativa, que la única forma de saciar mi corazón agitado con estas emociones es escribiéndolas para compartirlas. La vida me sentó a comer con una mujer de estas muchas que uno conoce del trabajo y con la que una suele compartir ciertos intereses y saludos cordiales de pasillo. Siempre ha habido con ella un respeto y una solidaridad de género – por los temas en común -, pero hoy hubo mucho más que eso. Es estas tardes otoñales de un Xalapa que cuando quiere llueve y cuando quiere hace frío, comimos en la terraza, con la vista de la montaña y hasta unos rayitos de sol acariciaron a dos mujeres que tienen en común, ser en exceso friolentas. Y comenzamos a charlar de todo. Desde luego de trabajo, de los retos, de la misoginia pululante, de los bloqueos “mujeres como nosotras” y de los muchos miedos que hay que vencer para “dedicarse a esto”. De pronto, la mujer de casi cincuenta con la mujer de casi cuarenta, nos encontramos en un momento único. Ambas, casi sin sentirlo, comenzamos a llorar al recordar lo que nos duele. Ella me contó de la reciente muerte de su padre y de cómo – por su trabajo – no pudo despedirse de él el día que cerró los ojos. Me contó también cómo – un día antes de morir – su papá le dijo que ella “era una mujer que debió nacer en el futuro” porque el mundo no estaba preparado para sus ideas de igualdad y porque era una “soñadora”. Es curioso. Mi papá pensaba lo mismo de mí. Él me preparó para vivir la vida de una manera tal, que a lo largo de mis años – los que viví con él y los que le han seguido - he tenido que aprender a luchar con ese escudo protector, para no perderme. Fue la plática de dos mujeres que tienen un trabajo particular y que luchamos por tener una vida singular. Ella, luchando por acompañar a sus hijos en una etapa de su vida en donde uno casi es hombre y la otra, una profesionista; y la otra, por equilibrar sus pasiones sin dejar su propia vida en ello. Lloramos ambas por saber que por lo que hacemos, nos perdemos muchos momentos cotidianos de los nuestros. Es un tema que me es especialmente sensible ahora, que mi madre ha estado enferma y que quién ha estado ahí para acompañarla al doctor, ha sido la señora del servicio o alguna amiga que la apoya. Siempre cuando pasa eso, me pregunto ¿vale la pena pagar el precio? Quizá lo que me pone reflexiva es la llegada de Octubre. Sus lunas me ponen sensible. O quizá es que el mes que viene casi me despido de esta década. O tal vez sea – quizá sí – que pronto, muy pronto, cumpliré tres años viviendo en esta tierra de montaña y neblina. Jamás pensé acostumbrarme a vivir en otra tierra. Apreciar otros amaneceres. Disfrutar otros paisajes. Hace tiempo comprendí que la vida me había llevado a vivir en el mar que me heredó mi padre. A él me aferré cuando él se fue, y cuando perdí lo que en el camino he ido dejando y que me ha hecho aprender a ser desprendida. Desde entonces trato de no tener apegos, para que me duela menos. El miedo es traicionero, por eso lo miro de lejos. Charlando y llorando se nos fue la tarde. Pero la lluvia esperó a que este par de mujeres concluyeran su charla. Al final, ambas coincidimos en que en nuestros caminos, han aparecido ángeles. Personas solidarias cuya mano extendida no esperábamos y que se han hecho sentir en momentos claves. Cierto es que en este camino, uno espera la solidaridad de otros, de quienes a veces lo que recibimos son puñaladas, pero lo importante no es cuantas máscaras se caen; sino cuantas personas verdaderas vamos teniendo la oportunidad de conocer. No quisiera ser parcial en mi humilde reconocimiento, pero sí escribo para evidenciar que muchos de los seres solidarios que rodean mi vida son mujeres. Comenzando por mi madre, que es mi amiga, confidente, compañera, consejera y luchadora de a de veras. Tengo en mi mente casi escrito el libro que algún día plasmaré en letras, que será sin duda, la historia donde su vida y la mía se juntan y aún antes de conocernos. También está la vida de mi sobrina mayor que amo. Aún hoy – que ella es una mujer – recuerdo cómo me enamoré de su primera sonrisa, que todavía me tiene cautiva; y la vida de mi sobrina menor, que es mi primera y única ahijada. Mi falta de hijos se ve compensada por hermosos sobrinos. Está además, la vida de mis tías y primas, a quienes la geografía mantiene lejos, pero que no hubiera podido crecer sin ellas y claro, la vida de mis amigas. No crean que voy a ventilar sus vidas, solo he querido hacer mención de la forma en que su presencia me es significativa. Tengo diferentes grupos de amigas: las de la escuela, las de la vida, las que fueron mis maestras, las que fueron mis alumnas. Con las que he conocido del trabajo – de este y de los anteriores – y de las otras que aunque he conocido brevemente, me une a ellas un vínculo profundo y estrecho. Amigas que frecuento y amigas que ya no tanto. Amigas que están y amigas que se fueron. Amigas con las que he llorado y amigas con las que he reído. A todas, gracias infinitas por su particular manera de ser solidarias. Creo sinceramente que las mujeres tenemos una particular manera de hacer causa común entre todas y eso es algo, de lo que más valoro en la vida. La mujer con la que me reuní hoy, es la mujer con la que “competí” hace años por un puesto en donde ni ella ni yo decidimos. Decidió la vida. Hoy – como siempre hago – me rehúso a aferrarme a nada. Será lo que deba ser. Lo que la vida tenga para mí y para ella y para todas. De los hombres de mi vida, les platico luego. Por lo que venga.
M.
Un buen día de hace varios años, le pregunté a una querida amiga ¿en donde está mi hogar? Con relación a mis constantes cambios de ciudad por motivos de trabajo y a esa extraña sensación que de pronto me invadía por las noches, de no pertenecer realmente a ningún lado.
La historia es larga, pero se resume fácil: nací y viví mis primeros años en el DF y llegué – por azares de la vida – a vivir al puerto en el inicio de una adolescencia en donde “ni dejaba de ser chilanga” “ni era por completo jarocha”. Resolví mi dilema, acostumbrándome al sol y al son y viajando por estancias largas al DF que siempre me trajeron de ida y vuelta, recorriendo mil veces el camino de regreso.
Sin embargo, mis ires y venires cambiaron de giro. Un día, decidí trasladar mi espacio laboral de lo académico a lo político electoral, espacio que por varios años ya – muchos más de los que pensé en un inicio – me han traído viajando y viviendo de ciudad en ciudad, con todo lo que esto implica.
Mi primera época en Xalapa no fue muy trascendente. La ciudad y yo no nos encontramos y aunque – como siempre – elegí un lugar para vivir durante mi estancia, acabé viajando casi a diario entre el mar y la montaña, conociendo únicamente esa ruta del camino.
Tiempo después llegué al DF de nuevo, siendo – lo que en ese tiempo llamaba “población flotante”. Una especie de “ocupa” fresona (no puedo negar la cruz de mi parroquia) que a veces estaba y otras no. Gracias a la hospitalidad de la Negra, compartí su bello y amplio espacio en la Roma, que pese a su gran calidez y sus ricas ensaladas, nos demostró a quienes ahí vivimos, que era un departamento bañado en lágrimas.
No la política sino el desamor me trajo de vuelta, cuando mis planes eran quedarme, demostrándome que mi camino es más bien estar abierta a los cambios que en él se suceden.
Luego de una larga temporada en el puerto, hace poco más de dos años y medio, regresé a vivir a Xalapa en lo que llamé mi propio exilio. Una tarde de invierno llegué con mi pequeña maleta, lloviendo en la ciudad y lloviendo en mis adentros.
He compartido en más de una ocasión esta historia. Cuando llegué a Xalapa, tenía tres meses de no trabajar. Dos huracanes pasaron por mi vida: El Karl que inundó nuestra Casita Verde, y el “otro”, que me dejó sin empleo, sabiendo además que al menos por un tiempo, eso a lo que yo me dedico, no podría hacerlo en esta ciudad que es mi casa.
Entendí que había que poner distancia y así lo hice. Sin dinero, en una situación complicada, llegué a vivir a una ciudad, en la que me he tomado mi tiempo, para aprenderla a querer.
En estos 31 meses puedo contar mi estancia xalapeña…desde el punto de vista inmobiliario.
Desde el cobijo inicial de mi querida Lily, hasta la recomendación de Kike para ser su vecina y luego, la llegada de Wera como mi rommie de vida, con quien prácticamente salimos de escape de aquel departamento lindo, por el gas que evidenció lo malas domésticas que ambas somos, para llegar a compartir casa y vida en La Azucena, gracias a la generosidad de mi querida Mariana y su mami.
La Azucena fue – desde un inicio – una casa demasiado grande para mí e incluso para las dos. Tres plantas de una hermosa casa, decorada por un gran árbol, nos hacían conocer sus muchos sonidos, que por las noches nos despertaban.
Decidimos ambas tener el mínimo mobiliario, para una casa que fundamentalmente era “para dormir”. Nosotras “no vivimos aquí.
Solo trabajamos aquí” y “no necesitamos más”. Les comparto que, ni siquiera una foto coloqué en ninguna de las muchas paredes de la casa.
Desapego lo llamé. Yo “solo estaba en Xalapa de paso” y he desmontado mis viviendas en tantas ocasiones, que esta vez preferí la austeridad como decoración.
En La Azucena, Wera y yo no estuvimos solas. Así como decidimos juntas que tendríamos pocos muebles, también coincidimos que nos gustaba compartir la casa con nuestros amigos. Tener una “casa de puertas abiertas” es algo de lo mucho que nuestra amistad comparte, así que vivieron con nosotras – al menos por un tiempo – Maga, Gigi, Negra, desde luego Poe – al que mis alergias ahuyentaron – y los amores suyos y los amores míos que harán siempre los momentos vividos en esa hermosa casa, parte de esos recuerdos que jamás se olvidan.
Llegamos de paso – por el incendio de la estufa en el otro departamento – y nos quedamos dos años. Muchas historias que contar en ese tiempo: alegrías, sorpresas, disgustos, complicidades. Una parte de la vida compartida con alguien, en un lugar.
Bueno, hasta el extremo de aparecerme en sus sueños, es parte de que tendremos en común por siempre.
El ciclo concluyó y fue hora de partir a buscar cada quién su camino. Ya el tiempo nos dirá qué pasa.
Pese a que por lo general estoy abrumada de trabajo, le doy mucho tiempo a la reflexión. Me conozco perfectamente y sé que de todos mis demonios, hay uno que en particular me ronda: no sé estar sola.
Por eso, cuando terminó la campaña y Negra que estuvo poco tiempo y Wera se fueron, entendí que era el momento.
Tomé dos decisiones importantes para mi vida. La primera, tiene que ver con “darle chance a Xalapa” como tantas veces me lo dijo Maga. En realidad, ya no es para mí un lugar de paso. Mi camino – al menos por ahora – sigue estando laboralmente asociado a la montaña y la neblina y es tiempo que yo me dé más a involucrarme con esta ciudad, que me abrió sus puertas y que me ha dejado crecer.
La segunda decisión tiene que ver con que es tiempo de vivir sola, en mi propio espacio, con muebles y cuadros en la pared que me hagan sentir a gusto en mi casa.
Justo ayer terminé de acondicionarlo poniéndole mi sello personal y cerré ya las puertas de La Azucena.
Es un pequeño departamento, ideal para alguien que vivirá sola, pero que siempre estará encantada de recibir visitas.
Desde mañana, mi nuevo domicilio está allá, por donde las calles tienen nombres europeos, pero mi hogar es y seguirá siendo mi casita verde de Veracruz.
M.
Agosto 4, 2013



Todo el que me conoce, sabe que no me gusta el frío. Y no por falta de abrigos, sino fundamentalmente, porque el frío me recuerda un sentimiento triste. Lo traigo a la mente en plena primavera, por un hecho tan simple, que me hace recordarlo y querer escribirlo, para rescatar este – mi blogg de Jirafa – y con unas líneas, ir a la batalla de las emociones y de las pasiones, haciendo lo que siempre hago: con mis amigos del alma disculparme por las ausencias que vienen. Resulta que hace unos años, cuando este destino laboral que rige mis días, me llevó a regresar a la ciudad galaxia, encontré mucho más que calles y lugares que conozco. La historia la saben: solo bajé del bus y me subí al tren del amor que más ha marcado mi camino en los últimos tiempos. En su departamento del último piso de aquel otoño el viento soplaba fuerte, y yo – que por aquel tiempo podía dejar de comer y de dormir contemplando el sueño del hombre que amaba-, moría de frío en esas madrugadas largas, así que él me regaló un frasquito de vaselina, para untar en mis labios y evitar que se cuartearan. Cuando ese brinco al precipicio que significó amar a alguien como él, terminó, el invierno comenzaba y el frío arreció. Supe – con los mares de lágrimas vertidos y ese vacío desesperante que me impedía dormir – que el tránsito del abandono no es lo mío. Eso es lo que me recuerda el frío. Regresé de la ciudad galaxia, con los ojos hinchados y mi tarrito de vaselina, para sanar mis alas rotas y seguir cazando tempestades. Después de México, muchas cosas han pasado. Laboralmente, la cúspide y la estrepitosa caída que me llevó a mi casi destierro. Jamás cambiaría ninguna de las páginas escritas, ni las de las horas de angustia, ni las de las enseñanzas difíciles. Templanza le pedía a Dios en mis rezos de los tiempos aciagos y con eso logré levantarme. No hay palabras para decir lo agradecida que estoy por las oportunidades que la vida me brinda. Mi papá solía decirme que “el día que él mirara sus manos y las viera vacías, era porque no había logrado construir nada” y yo miro las mías y agradezco lo que con ellas he podido forjar. Los huracanes de hace tres años - Karl y el otro – me ayudaron a dar un brinco que sin ellos, jamás habría dado. Pero también ahí – cuando el agua lo cubrió todo – decidí que mi trabajo – que me apasiona – no me separaría de quienes quiero. Gracias a todos por comprender mis tiempos. Por permitirme estar cerca cuando se puede hacerlo, y por respetar la distancia, cuando es necesario. Siempre busco la manera de hacerme presente en sus vidas, llevándolos como amuleto para las duras batallas. Cuando alguien me pregunta que porqué tengo un tatuaje, la respuesta es muy simple: decidí llevar en mi piel el recuerdo de la adolescente impetuosa, revolucionaria e irreverente que fui, y que sigo siendo. Dice esa musiquita que nos ha acompañado tantas noches “si no creyera en lo que creo, ¿qué cosa fuera?”. Mi frasquito de vaselina evitó que se me resecaran los labios en los fríos futuros del corazón. Siempre he dicho que soy una mujer afortunada. He podido compartir momentos de vida invaluables con parejas valiosas con quienes por alguna razón, “estaba escrito” que no continuaría a su lado amorosamente, pero – en casi todos los casos – he logrado tener una amistad sólida, que me alimenta el alma. Su estancia en mi vida como parejas no ha sido tan larga como quizá yo lo hubiera querido, pero a cambio, tengo cada vez más buenos amigos. Cada ruptura duele, porque es un pequeño fracaso de la esperanza del amor con esa persona. Es una pérdida y duelo que hay que vivir. Pienso mucho en el porqué las relaciones fracasan y no solo las mías, sino las relaciones de las personas en general. Lamento que el amor termine entre dos seres. Esa siempre será una catástrofe más grande que la pérdida de cosas tan simples y triviales como un negocio, un partido o una elección. Pero yo que como dije, soy cazadora de tempestades, sigo creyendo que es posible y estoy de pie una y mil veces, para volver a sentir esa emoción de estar junto a quién uno ama. El amor es como una fuente inagotable cuya agua yo he bebido y que como lo decía Sabines, seguiré en el intento rescatar al amor. Me resisto a pensar que las mujeres independientes, trabajadoras, con ciertos logros individuales-laborales, estamos destinadas a estar solas. Nosotras – todas – somos simplemente mujeres, con todo un mundo por compartir. Voy ahora a otra batalla de estas que me gustan y que me tienen aquí – después de no sé cuánto tiempo – dispuesta a llevar la resistencia al límite y capaz de crear, innovar, luchar, “ponerme la camiseta” y ganar o perder, con la pasión que por esto siento. En los últimos tiempos con mucha frecuencia digo que quisiera tan solo irme a la playa a andar en bicicleta y alejarme de todo, pero ustedes y yo sabemos que esto es lo que sé hacer, lo que me mueve y – al menos por los próximos 43 días – es lo que haré. Decido escribir – como les decía – para revivir mi blogg abandonado y por dos razones particulares: la primera, que esta semana se terminó ya la vaselina que había en el frasquito. Es increíble lo que dura esa cremita espesa. Duró más, que mis días y mis noches con ese personaje y mis días y mis noches sin él, pero todo acaba, inevitablemente. Escribo también porque hoy llega a “la Azucena” mi negra querida. Viene en mi auxilio ante la inminencia de mi locura que espero sea pasajera y solo atribuible a un proceso electoral que será un verdadero manicomio. Pero viene también a sanar su corazón. Lo que me recuerda que hace unos años fue ella la que me escuchó llorar y la que me ayudó a dejar de hacerlo. Así es la amistad que yo tengo con los míos. Incondicional, profunda y entregada. Mi casa está abierta a cada uno y mi corazón aún más. Sigamos leyéndonos pese a la distancia y la locura.

