¿Cómo nace la jirafa?

Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.



Los 17 de octubre son el equivalente al 10 de mayo pero en en materia de participación política, pues en lugar de celebrar "a las mamacitas en su día" se recuerda el aniversario del sufragio femenino. Perdón el tono sarcástico con el que inicio este texto refiriéndome a una conmemoración histórica y significativa en México y para las mujeres, sin embargo me parece que - como en muchos otros aspectos - nos falta conocimiento de la historia y de la circunstancia en que tal avance tuvo lugar, razón por la cual, traigo a colación un extracto de uno de los capítulos abordados en mi tesis de Maestría en Comunicación Política titulada "La participación política femenina. Caso Veracruz, en el gobierno estatal de Miguel Alemán Velasco 1998 a 2004".
Y es que precisamente hoy, 64 años después de aquella emblemática ocasión, las mujeres que se (nos) desempeñamos en la esfera política, vivimos un clima adverso, una cerrazón institucional sistemática, padecemos violencia de Estado, necesitamos de cuotas y paridades para hacernos un lugar en la oferta política pero se nos sigue confinando a distritos y localidades con escasa representación ciudadana y presupuestal y se nos manda a la contienda sin el andamiaje necesario para hacer frente dignamente en procesos electorales a los que estamos condenadas a perder, pues esas posiciones fueron "solo para completar la cuota".
No es esa la equidad a la que aspiramos, la que merecemos ni la que deseamos.
Pero ni por un momento daremos marcha atrás.
No podemos. Décadas de lucha de las mujeres que nos antecedieron, no nos lo permiten.
Hacerlo sería traicionarlas y traicionarnos.
Y eso es algo que las mujeres no hacemos, pues nosotras hacemos la diferencia con una política basada en la confianza, en la transparencia, en la ética.
Así es que queridas mujeres, no perdamos el tiempo celebrando fechas que solo ocupan un lugar en el calendario.
Hace 64 años no les quedó de otra que "concedernos" el derecho al voto. Por cierto, mucho más tarde que naciones de África y Asia que no vivían en el "desarrollo" como nosotros.
Vayamos hacia adelante, con la mente en alto, pero con la preparación suficiente para abrir caminos.

A continuación les refiero extractos históricos del suceso, retomados como les decía, en mi tesis de maestría de hace ya varios ayeres. Perdonarán mis amigos y amigas académicos la citación, pero cuando mi la hice APA tenía otros cánones:

...La Ley Orgánica Electoral de la Constitución de 1857 fue la primera que contenía la idea de sufragio supuestamente “universal” y en ella se especificaba que los estafadores y ebrios no tenían derecho al voto y se obviaba mencionar a las mujeres. Esto es, no se les excluía expresamente ni se tocaba en ningún momento el tema, ya que debido a su minusvalía política, no se creyó necesario dejarlas fuera ex profeso. Asimismo, en la Constituyente de 1857 no se especificó ni se discutió tampoco el tema en ningún momento.

La reivindicación del sufragio femenino tiene una larga y vieja historia de negativas, desde que Laureana Write lo demandara a través de la revista “Violetas de Anáhuac”; así como la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, allá por el siglo XIX, entre 1884 y 1887.

Es Justo Sierra quién acuña el término desde 1903 tratando con ello de imponerse a la concepción de inferioridad que rodeaba a las mujeres de su tiempo, intentando impulsar su derecho a estudiar carreras mercantiles y el magisterio, que eran – para la época – las actividades profesionales “propias de su género”.

En el México revolucionario de principios de siglo (1916), el gobernador constitucionalista de Yucatán apellidado Alvarado convocó a la realización de los dos primeros congresos feministas, invitando a profesoras de educación primaria del Estado para divulgar la educación laica y racional entre el magisterio del sexo femenino.

La revolución mexicana, por su parte, alentó la movilización y participación política de las mujeres, quienes encontraron respaldo a algunas de sus demandas en los sectores más “avanzados” de su dirigencia política.

Esta medida estaba siendo considerada por el gobernador debido a que planeaba presentar a propuesta una iniciativa que sólo obtendría con la aprobación de las mujeres, sin embargo con sorpresa conoció que eran muy pocas las yucatecas que querían participar en la votación, como lo refiere Tine Davids (Davids, 1992, p. 86).

El antecedente que explica esta reacción fue que en aquellos años la política era presa de líderes y las causas feministas se circunscribían únicamente al sector educativo, por lo que a pesar de la participación congresista el trasfondo político no prosperó.

Más tarde, en tiempos en que se discutía la Constitución los delegados Queretanos decidieron ampliar la facultad del voto a los hombres analfabetos y no a las mujeres (ni siquiera sólo a aquellas que fuesen letradas), y aunque la Constitución de 1917 no las excluía de la ciudadanía, la ley electoral de 1918 si limitó el voto únicamente a los varones.
El argumento era simple – según Ana María Fernández Poncela en Las Mujeres en México -, para ella “la política corrompería y mancharía a las mujeres, además de que interferiría en las labores del hogar y ocasionaría conflictos familiares innecesarios”. (84)

Aunque el verdadero temor era que el voto femenino difiriera del masculino.

Otro factor sustantivo era la relación intrínseca que se mantenía entre la Iglesia y las mujeres, y en aquellos tiempos en que los intereses del clero estaban altamente politizados – lo que hacía justificable el temor - ya que por ejemplo el papel activo de las mujeres católicas cuando la Iglesia era atacada por anticlericales en tiempos de la Revolución, así lo confirmó.

Sin embargo y a pesar de las circunstancias que rodearon ese momento, ésta Constitución logró sustituir la palabra hombre por la de individuo o persona, además de que las mujeres acudieron a votar a las casillas y pudieron ser candidatas, pero finalmente se anularon los votos y ninguna mujer llegó a las cámaras, por lo que se concedió la igualdad de la mujer en cuanto a derechos individuales y laborales, pero no políticos.

Sería en 1923, tras un decreto del gobernador de San Luis Potosí, en el cual las mujeres de éste estado tenían derecho a votar y ser votadas en las elecciones municipales, que algunas entidades federativas seguirían su ejemplo, con regidoras y diputadas locales, Yucatán y Chiapas.

En 1946 una adición al artículo 115 de la Constitución recogió dicha iniciativa y se lograron los derechos ciudadanos de las mujeres a nivel municipal, y fue esta la primera conquista de los derechos políticos de la mujer, la primera ciudadanía femenina: su representación legal para elegir y ser electa en los comicios municipales.

El presidente Lázaro Cárdenas en 1937 presentó una iniciativa de reforma al artículo 34 de la Constitución para otorgar la ciudadanía a la mujer. El Senado emitió un dictamen adverso al considerar que la mujer no estaba capacitada. Se desató una amplia campaña de protesta y se levantó una petición formal a Cárdenas. Más tarde, en 1938 fue aprobada dicha iniciativa, sin embargo, el Congreso no hizo el cómputo ni la comunicación y jamás se publicó. Al parecer, Cárdenas, temeroso y bajo el cálculo del voto conservador de las mujeres se volvió atrás, y las reformas constitucionales fueron finalmente rechazadas.

Y es que de acuerdo a lo señalado por Tine Davis (Davis, 1992, p.234) en “Identidad femenina y representación política: algunas consideraciones teóricas”, fue el temor de que “las mujeres” votaran por Almazán y no por el elegido del presidente para sucederlo (Manuel Ávila Camacho) lo que hizo que finalmente la propuesta no prosperara, siendo hasta el histórico año de 1953 en que durante la presidencia de Miguel Alemán Valdés, se otorgó legalmente el derecho al voto de las mujeres, siendo que en 2003 se celebró el cincuentenario del Derecho al Voto femenino en México...

Así es como fue.

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Traigo en la mente una frase que me da vueltas y me llena de sentimientos varios.
Me dijo: “amiga, me haz hecho mucha falta todo este tiempo” y en ese momento recordé lo que maravilloso que era ser amigas.
Y sí, nos sentábamos juntas. Algo debió haber escrito en mis libretas, porque yo recuerdo su letra. Era bonita y redonda.
En mi mente guardo el recuerdo de su cabello largo. Lo ataba en una coleta, con su flequillo lacio y si no devaneo, listones de colores. Me gustaba mucho como lo usaba y ella orgullosa me decía “es ahuecado”. Su lacio de ahora me hizo entender de qué se trataba.
Durante el desayuno del reencuentro platicamos todas con las atropelladas palabras de las mujeres que hablan de prisa. Teníamos que ponernos al día.
Y entre palabra y palabra, ella me decía alguna cosa que me llevaba al pasado, como dando saltitos hasta el fondo de mi memoria.
Y sí, a la salida de la escuela de monjas, luego de mis primeros meses jarochos, proclamé mi pequeña independencia viajando en camión con mi amiga, quien con total lucidez recuerda la ruta del bus amarillo que ni idea tengo de si todavía existe.
Verla fue tocar el centro de mi corazón por un instante.
Por lo visto, el paso del tiempo ha borrado de mi mente lo que selectivamente asocio con dolor.
Curioso caso: la última vez que nos vimos, fue en el funeral de mi padre, quién en un mes cumplirá 25 años de su partida
Casi había olvidado lo que era ser amigas.
Pero el tiempo así no se pierde, se gana. La espera madura los sentimientos profundos.
Ella tiene razón. Verla me hizo recordar cuánta falta me hizo también a mí en todos estos años.
Por fortuna, lo sé, lo siento, ha sido solo una breve pausa.
Sigamos. ¿qué decías?

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Si cierro los ojos, vienen a mi mente agolpados toda clase de momentos. Pasos recorridos, lugares en donde he estado, personas con quienes he compartido.
Una sucesión de días, de hechos, de fugaces recuerdos.
Los más felices de ellos, siempre han sido en domingo.
A mi papá le gustaba manejar, así que cuando llegaba el fin de semana subíamos al carro muy felices mis hermanos, mi mamá y yo, y emprendíamos la aventura.
Jamás podré recordar cosas como la marca del cauto o el color que tenía, pero lo que sí recuerdo era la ventana trasera, porque desesperada que soy, solía ir de rodillas volteada, viendo el camino asomada en esa ventana, preguntando mil preguntas si ya íbamos a llegar.
Para las familias chilangas era común hacer el paseo dominical a Chapultepec, La Marquesa, Oaxtepec o Cocoyoc, Reino Aventura.
Asomada en la ventana que nos separaba infinitamente del destino al que acudíamos, conocí las vacas, los burros y los caballos que solíamos ver alguna vez en los campos que rodeaban a la ciudad galaxia, animales que por cierto – y en especial las vacas - nada tenían que ver con los que años más tarde conocí en tierras jarochas.
No siempre salíamos de la ciudad. Por fortuna mis padres tenían visualizado un muy amplio repertorio de restaurantes con áreas para niños, en donde pasábamos domingos de ensueño.
Luego, cuando venimos al puerto, la aventura se multiplicó: tanto por ver, tanto en donde estar, tanto que disfrutar.
De todos esos lugares inevitablemente siempre nuestro preferido fue el mar: una hielera, nuestra mesita plegable con sillas de playa y sombrilla y la magia se hacía: Miguelito Mendoza con sus bermudas en las que asomaban sus piernas muy blancas, Yoli con sus trajes de baño de una pieza y sus lentes de sol, Carlitos con su bigotito pizpireto de adolescente en ciernes y yo, tumbada al sol inevitablemente.
Cuando mi papá murió, decidimos juntos continuar siempre siempre con nuestras salidas dominicales, por que aunque solo éramos tres, el ritual del domingo era algo que nos reafirmaba como familia.
Hubo un tiempo de vacas muy flacas, pero eso no importaba. Jamás ha tenido importancia el restaurante al cual ir a comer los domingos, pues lo importante era siempre hacerlo juntos y fuera de casa, pues ese día Yoli jamás cocina.
A nosotros nos enseñaron que el domingo es sagrado. Podíamos irnos a la disco el sábado o con los amigos a cualquier sitio, pero la comida del domingo se hacía en familia, fuera de casa, tradición que permanece inalterable hasta hoy.
Hace ya varios años que somos solo Yoli y yo quienes damos rienda suelta a la búsqueda del lugar en donde comer nuestros platillos favoritos y entonces recorremos lugares, elegimos nuestros favoritos, probamos nuevos, a veces nos gustan o a veces no, pero lo que jamás cambia es el maravilloso momento de estar en familia comiendo fuera, como un domingo cualquiera.
Hoy Yoli no está. Fue a visitar su tierra, pero no comí sola. Comí con el recuerdo de mi familia que se fue haciendo pequeña y de los muchos domingos llenos de bellos momentos que me quedan.

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En realidad yo nací dos veces.
La primera, aquella tarde de noviembre en que luego de 8 horas de trabajo de parto, por fin decidí dejar de dormir y salir a conocer el mundo.
Desde entonces, dormir ha sido una de mis actividades predilectas.
La otra fue un 6 de abril, de hace 40 años.
La historia, me la sé de memoria: eran las seis de la tarde de un miércoles santo. Íbamos a un velorio al pueblo en donde nació mi mamá y donde hasta el día de hoy, muchos Madrigales aún viven sin que nos hayamos visto en demasiado tiempo.
Todos en un pequeño coche, que iba veloz por esa carretera vieja, con solo dos carriles y un acantilado.
Llovía.
Y fue entonces cuando mi mamá me entregó en las manos de mi abuelita, para que ella distrajera al pequeño ser que yo era, mostrándome las vacas en la ventana izquierda mientras Yolita me hacía mi mamila.
Entonces se detuvo el tiempo para siempre.
Seis adultos y una niña contra un autobús de pasajeros.
El impacto del golpe acabó al instante con la joven vida de quién siempre he sabido que era torero.
El mismo impacto se posó con fuerza en mi cabecita y luego con la de ella, quién murió al instante, como mueren las personas buenas, sin dolor.
Y nunca nada volvió a ser igual para nadie. Ni para quienes íbamos en ese coche, ni para quienes no fueron.
Primero inconsciente, luego en terapia intensiva, luego años y años de rehabilitación para volver a hablar, volver a caminar y tratar de superar las consecuencias que quedaron plasmadas en mi cara de aquel amargo día.
Seré honesta, en realidad no recuerdo absolutamente nada y sin embargo, crecí escuchando esa historia tantas veces, que terminé recreándola en mi mente.
Yo solo me acuerdo de que mi mamá no me soltaba nunca y que incluso apretaba tanto mi mano, que yo protestaba.
Y me acuerdo claro, de que mi juego favorito era ser la doctora – desde luego -, y con la ayuda de mi maletín Mi Alegría, implacablemente sometía a sendas inyecciones a mis hermanos a quienes perseguía para aplicarles tal tormento.
Recuerdo también que siempre siempre me caía. No había manera de empezar a correr, sin terminar en el piso y cuando un buen día mi papá me trajo aquellos padrísimos patines, el kit venía acompañado de casco, coderas y rodilleras.
Pues claro, mi pérdida del oído se llevó parte de mi equilibrio pero no la valentía y aunque se suponía que por ejemplo, yo no podría andar en bicicleta, ese sigue siendo uno de mis transportes favoritos hasta el día de hoy.
Se suponía que “tal vez” tendría algunos problemas académicos, prueba también superada.
El mérito jamás fue mío.
Dice mi mamá que la única causa por la que ella no perdió la razón cuando en la carretera quedó extendido el cuerpo de su madre muerta, esperando la ayuda de alguien que se condoliera al clamor de mis tías para darnos auxilio, fue porque yo aún estaba viva.
Gracias a que mi abuelo era médico, me aceptaron en el Centro Nacional de Neurología, un lugar que fue como mi casa y en el que volví a nacer.
Ahí no aceptaban a niños pequeños, pero era tal mi estado, que hicieron una excepción.
Primero – como decía – estuve internada durante varios meses, luego mis consultas eran diarias, luego semanales, quincenales, mensuales y así, hasta que llegaron a ser dos veces al año.
Neurología está infinitamente lejos de donde vivíamos.
Y mi mamá, siempre me llevaba.
Ella trabajaba su turno, a veces guardias y horas extras, pero siempre siempre, llevaba a su pequeña a las mil valoraciones que había que hacerle con el neurólogo, el oculista y el doctor del oído.
Hace no demasiado tiempo – visitando un CRIT en donde trabajaba mi hermano Carlitos – nos llevó a la sala en donde está el puente ese, en cuyos pasamanos los niños se sostienen para dar sus pasitos. Al verlo, me trasladé años atrás y recordé que ahí fue en donde volví a caminar.
Ese día me volteé y llorando les pregunté a mis dos hermanos porqué ellos no iban conmigo al hospital. Y ellos, enternecidos por el recuerdo de un pasado que a todos nos duele, me dijeron que claro que iban, pero que como no los dejaban pasar, se quedaban por horas en el carro, esperando a que saliera.
En fin. Un buen día, cuando tenía 13 años, le pedí a mi mamá que hiciera una cita con mis doctores. Yo quería verlos a todos. Así que me programaron una visita y ahí, frente a las máximas eminencias científicas y médicas que dirigían ese lugar mágico, yo – una pre adolescente insolente – les dije que…ya no quería volver a verlos. Que yo era una chica normal y que estaba curada. Que quería vivir mi vida sin citas médicas ni visitas al hospital.
Y ellos – perplejos – respetaron mi decisión.
Yo jamás me he sentido diferente, porque siempre he sido así.
No recuerdo mi carita antes del accidente.
Lo que recuerdo, son los otros estragos que ese día sí nos dejó.
No conocí a mi abuelita, aunque sé que fue ella la que evitó que muriera.
No tengo recuerdos de ella, aunque casi podría dibujarla en mi mente por lo mucho que me han platicado: cocinaba delicioso, jamás decía groserías. Era muy bonita y tenía su piel blanca. Era nada alta y media gordita. Y sus manos, eras suaves y chiquitas.
Me perdí de sus caricias, como todos mis primos que llegaron luego.
Para nosotros siempre la abuelita Mari es como el hada buena del cuento. La que hacía magia, aún sin estar, y cuyo nombre está presente en muchas de nosotras.
María Madrigal tuvo cuatro hijas y un hijo: María Yolanda, Miguel Ángel, María Rosalba, Carolina y Silvia.
De ninguno pudo despedirse, porque la sorprendió la muerte, pero en cada una de ellos está: en mi Madre, a través de su generosidad infinita; en Miguel, en sus travesuras de único varón entre tantas mujeres; en Rosa con su dedicación y entrega para velar por sus hijos y sus nietos; en Carolina con su enorme nobleza de carácter y en Silvia, en el valor de mujer guerrera que sabe salir adelante.
Cuarenta años han pasado y apenas hace unos meses platicamos casi todas y todos de en donde estaba cada uno ese día y cómo supieron que ella había muerto, pues solo tres de sus hijas estaban ahí al momento del accidente, pero el golpe de su partida fue el más devastador impacto que su familia toda pudo haber recibido.
Es increíble como una persona puede seguir velando por su familia, a pesar de que hace tantos años que ya no está.
Hasta el día de hoy, mi madre y yo caminamos tomadas de la mano. Ahora yo soy la que teme que a ella le ocurra algo cuando yo no esté, así que la aprieto fuerte para que nuestras manos no se suelten.
Tampoco viajamos nunca durante los días santos.
Pensándolo bien, tengo un recuerdo vívido y claro de aquel día: le temo a las curvas y aborrezco la velocidad.
Y de esos misterios que tiene la vida, también el 6 de abril era el cumpleaños de mi papá, mi ariano favorito quién hoy tendría 74 años, quién por cierto, fue presentado con mi mamá precisamente por mi abuelita Mari.


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Dije que escribiría de Xalapa, pero diciembre se me fue en un suspiro.
Así que lo haré hoy, aprovechando que temprano tuve que ir hacia el centro y en el camino ocurrió algo tan coloquial, que podría ser intrascendente: saludé y fui saludada, así como lo hace uno, cuando vive ya por algún tiempo en un lugar y acaba conociendo a las personas y entonces, así de pronto encontramos y con un pitido del claxon, saludamos a ese otro, que muy horondo, devuelve el saludo con una seña aireada.
Sí, el tiempo que tengo viviendo aquí me permite ya conocer las calles y conocer personas, y saludarlas con la familiaridad de quién – finalmente – se arraiga.
Pero eso no lo sabía la primera vez que conocí la ciudad.
Era verano y yo recién había terminado la universidad.
Desde más o menos la mitad de la carrera, descubrí la maravilla de participar en convocatorias juveniles. Yo siempre tan competitiva, que un plus fue encontrar en ello también una vía para obtener dinero en los tiempos aciagos en que me apoyaba con becas.
Así que, como cosa perdida en las páginas del periódico, encontré la convocatoria al concurso estatal de debate político.
Nunca antes lo había hecho y aunque siempre he sido una fuerte crítica de esos estilos retóricos tan acartonados, me entusiasmé con participar.
Y el concurso fue en Xalapa.
Llegué con el resto de los jóvenes del estado, solo que sin conocer a nadie, al hotel Salmones que en ese tiempo lucía aún muy gallardo.
Había cierto revuelo por el arribo del gran ganador del concurso durante los últimos años, lo que motivó mi deseo por medirme con tan experimentado contrincante, que por cierto, era ese su último año para poder participar, pues inevitablemente había “crecido” y ya no pertenecería a la categoría juvenil.
Decidí afinar mi estrategia. Si ellos – todos – eran herederos de las tradicionales escuelas de oratoria, yo competería con contenido y una vasta cultura general y no solo con un estilo que mí me sigue pareciendo más bien anacrónico.
Mi experimento me llevó a la final, misma que se celebraría en otro recinto que es justo el lugar al cual quiero llevarles en mi narración.
Caminamos todos los jovencitos desde la calle Zaragoza en donde se encuentra el hotel, hasta Juárez, en donde sería el enfrentamiento esperado.
Y entonces entré y al hacerlo, automáticamente me quedé paralizada, lo que me separó del resto del grupo, quienes avanzaron hacia el interior.
Desde la entrada directa al vestíbulo, hay una puerta que estaba abierta de par en par y desde la cual ocurría la magia: los pasillos en forma de escuadra de los tres niveles del edificio hacia abajo estaban pletóricos de personas que gozaban admirando los libros que en cada stand se ofrecían. Aquel paraíso totalmente iluminado, lleno del júbilo de tantas voces, de pronto pareció silenciarse. Y entonces comencé a escuchar a la orquesta interpretar My way.
De eso hace veinte años en que la piel sigue erizándome, pues al recordarlo, me veo de nuevo, parada y perpleja, ante lo que los místicos llaman “momento cumbre” y que son esos instantes en que el espacio y el tiempo se paralizan y nos llenan el alma de un caudal que rebasa las emociones.
Nada más fascinante para mí, que los libros.
Los libros son, mi romance primero, mi bálsamo de vida, mi refugio perfecto y también, mi pasaporte al lado de mi padre, quién para explicarme la vida, abría las páginas de ellos y me leía sus sabias letras, así que una Feria del Libro era para mí, el festín de los festines.
Él murió siendo muy joven, devorado por una enfermedad que le cobró caro sus excesos, pero siempre siempre decía que no se arrepentía de nada, que había vivido cada día como si fuera el último y que lo había hecho…a su manera.
Por eso cuando la Orquesta Sinfónica de Xalapa comenzó a interpretar esa canción por mí tan querida, no pude sino conservar ese recuerdo para siempre en mi corazón.
Y desde entonces, aquel día en el Colegio Preparatorio lo guardo como un tesoro invaluable.
No sabía que años más tarde, esa vida que a veces nos juega extrañas partidas, me traería aquí, a la montaña, para hacer ceder mis resistencias, yo que solo venía por unos cuantos meses, he terminado quedándome hasta ahora seis años.
Y sí, circulo por calles que ya conozco y saludo a personas que son mis amigos.



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