¿Cómo nace la jirafa?

Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.




Te dije que te vería en lontananza. 

Ese lejano punto en donde el cielo se une con la mar, al que me enseñaste a mirar, para saber que hay un punto en donde poder colocar mis anhelos profundos. Sabías que lejos quería llegar.


Durante todos estos años ese ha sido nuestro lugar. Nuestro punto de encuentro, nuestro refugio seguro, nuestra posibilidad de yo hacerte las preguntas que me quedaron guardadas en el baúl de una vida que ya no pudiste acompañar.


Para sentirte cerca, no necesito ir al mar, pues te encuentro con tan solo mis ojos cerrar. Platico contigo, me río de pensar lo que me podrías contestar, me divierten los rizos de tu escaso cabello y tus travesuras a mis costillas, como aquella marca que nunca fue un balazo revolucionario sino un lunar.


Tú en nosotras estás.

Tu ausencia es presencia, es recuerdo y consuelo, es memoria que no borra el tiempo, y aunque haya detalles que en la memoria no encuentro, mi corazón se asegura de que esos tesoros no se los lleve el viento.


30 años son mucho tiempo.


En este largo trayecto, la vida ha sido dura, pero con eso no te sorprendo. La tuya lo fue y saliste adelante, así que aquí estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo. He cumplido con lo que más te preocupaba y acompaño a mi madre hasta hoy, que casi tengo la edad que tenías, cuando te fuiste. Supongo que sabes que te ha seguido queriendo.  


Mis hermanos son hombres de bien. Tuviste 3 nietos y hasta un bisnieto que intento que sepan que el suyo fue un extraordinario abuelo, que está en el cielo velando su sueño.


Y yo, esta que soy, confieso que me empeñé en ser como tú demasiado tiempo. De pronto me doy cuenta que estaba cargando un peso que hoy suelto.


No prometo dejar de preguntarte y de contarte lo que va sucediendo, porque sé bien que estás junto a mi. Así lo siento.


Te veré en lontananza padre, cada que cierre mis ojos y cuando sea el momento.












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Llegamos después de la media noche y llovía. 
Bajamos del corcel blanco de mi papá cansados, pero con esa emoción tan particular que se siente cuando tu vida cambia. 
 No era tan solo una nueva geografía.
Era transformar todo lo que hasta entonces habíamos conocido. 
Iniciábamos de nuevo, partiendo de cero. Sin otra familia que nosotros, sin amistades, sin arraigo. 
De los cuatro que llegamos, el único veracruzano era él y quería volver a casa. Enseñarnos ese – su verde paraíso – a nosotros, dos adolescentes y una mujer recién jubilada. 
Éramos novatos también en el ejercicio de estar juntos, luego de una vida que se contaba por los fines de semana. 
 Los primeros siete meses fueron como ir al túnel del tiempo. A ese lugar sin nombre en los mapas, donde él trabajaba y nosotros fuimos descubriendo un mundo nuevo, lleno de insectos grandes, caminos rurales y mucha vegetación. 
 Algunas veces aún percibo ese particular olor a leña, de cuando en las tardes quemaban el pasto y de ello salía un humo que espantaba mosquitos. 
Es increíble lo que la mente es capaz de hacer. La mía por ejemplo, borró casi todo lo de ese tiempo.
Luego iniciamos la sagrada aventura de una casa en la ciudad. 
Cuando me dijeron que iríamos a vivir a Veracruz, yo me imaginaba viviendo en la playa, debajo de una palmera y nada más alejado de esa fantasía, porque la nuestra estaba suficientemente lejos de todo eso y aún así, era nuestra versión del paraíso. 
Cada habitación revelaba la personalidad de su habitante. Jaja, la mía tenía los muebles color rojo encendido, con un ecléctico diseño propio con alas de ángel y picos demoniacos. Ya saben, los dulces 16. 
 Una casa a gusto personal, con cocina grande, espacio para que los hijos hicieran tareas y fiestas, todo en medio de muchos respiraderos con plantas. 
 Años después, lejos de ese lugar y de ese momento, cuando el huracán se llevó todas nuestras fotos, de entre lo que se perdió lamenté especialmente una foto: aquella donde mi papá estaba acostado en el piso de la casa, abrazando el suelo de su hogar recién remodelado con su particular sentido estético, muy a su gusto. 
 Poco después de que la remodelación de nuestra casa terminó, el intempestivo – maldito - cáncer se lo llevó. 
Solo 4 años tuvo para llevarnos a recorrer el verdor de su tierra veracruzana y enseñarnos una vida alejada de los riesgos que para dos muchachos estudiantes podría representar seguir en la gran ciudad.
Perdidos, sin rumbo, juntos, decidimos quedarnos. Él nos llevó ahí para ponernos a salvo y ese se convirtió en nuestro hogar. 
Terminamos la escuela y cada uno fue armando su vida como las hojas en blanco que la adultez nos permitían. 
 Mi hermano se fue y aunque no ha regresado, en la Casita Verde sigue estando su cuarto, con sus gárgolas de la infancia y alguno que otro recuerdo de quién ya no le tocó vivir en esa casa. 
¿Yo? He ido y venido en incontables ocasiones. 
Me empeñé tanto por partir, que acababa volviendo. Me he ido a México no sé ya cuántas veces y a Xalapa esta es la segunda y más prolongada. 
 Aunque hoy he construido un hogar y una familia de dos, siempre vuelvo al puerto para el fin de semana. 
 Ahí a donde mi papá nos llevó es en donde está mi madre, cuya vejez acompañaré habitando juntas nuestros recuerdos. 
Cuando las turbias noches inquietan mi espíritu, ver el mar es lo que me pone en calma. 
De esa noche del 11 de agosto, al día de hoy, han pasado 34 años. 
 Tenía 13 entonces y estaba enojada – aún lo recuerdo -. Me fui de la vida que conocía a una aventura que se ha prolongado mucho más allá del doble de mi vida de entonces. 
 Hoy esta tierra pródiga nos ha dado amigos que son familia, lugares que nos dan identidad, nuevos olores y sabores que nos generan arraigo y nos dan sentido de pertenencia. 
Gracias Veracruz, por ser tierra fértil y pródiga para esta pequeña gran familia que fuimos y que seguimos siendo.

Pd: Fotografía de @HugoGarrido



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Perdone lector por escribir en primera persona, pero para darle forma a este texto, me es necesario hacerlo. De cualquier manera, existe un viejo lema feminista que señala que “lo personal es público” y bajo la luz de esa frase reveladora, es que les comparto… El sólo escuchar su nombre, estremece. Aún para quienes le hemos conocido a través de otros a quienes queremos, suele ocurrir que lo más común es que le veamos desde lejos. Como algo que les pasa a otros. No fue mi caso. Yo, mujer en plenitud de vida, soltera, profesionista, de pronto me encontré con él y, confieso, sentí miedo. Era septiembre y acudí a una visita de rutina al ginecólogo. Tenía tiempo de no hacerlo y aunque siempre es incómoda la revisión del doctor, esperaba que el proceso transcurriera sin novedades y que al final el médico me dijera: “nos vemos el año que viene”. En lugar de eso, observé su inquietud por lo que en pantalla veía y ante la ingenua pregunta de “¿está todo bien doctor?”, él – con toda frialdad – me dijo: “No. Es cáncer”. Así, de pronto, sin más ni más, me encontré de frente con él y me sentí totalmente vulnerada por el sólo hecho de escuchar su nombre. Nada me había preparado para vivir este momento, ni la madurez de mis recientes treinta años, ni mis convicciones feministas, ni el dolor de ver cómo mi padre murió por su causa años atrás. En ese instante comenzó a correr la cinta de una película que me pareció de terror y de la cual, yo no había pagado boleto de entrada. O quizá sí. El recorrido de los muchos doctores que pasaron por mi caso, comenzaba apenas. El doctor 1 dijo que había que actuar con rapidez: de inmediato, un tratamiento previo a la intervención. Había que conizar. ¿coniqué? Bueno, lo que sea. Había que hacerlo rápido y como nadie me preguntó, pues comencé con el tratamiento. Esos días previos fueron suficientes para entrar en shock. La parálisis que no sufrí en el momento inmediato, la sentí conforme los días transcurrían. Hice lo que – a decir de la opinión médica – es lo peor que uno puede hacer: comencé a informarme en internet y en la medida en que iba haciéndolo, se apoderaba de mí un tremendo miedo que partía de la boca del estómago e invadía todo mi cuerpo. La información decía que el cáncer cervicouterino es más propicio en mujeres que han tenido más de una pareja sexual, que fuman y que tienen antecedentes familiares de cáncer. De pronto, no tan sólo me convertí en la víctima perfecta, sino que automáticamente pasé a “tener la culpa” de lo que me estaba ocurriendo. Me rebelé entonces con toda mi fuerza a vivir lo que me sucedía con culpa y haciendo a un lado el dolor, me dije a mí y a los míos que esto me pasaba – como a miles de mujeres – no como un castigo sino como una prueba. Pero no tan sólo eso. Decidí no ocultar ese mal que me aquejaba. Hacerlo público no asumiéndome como víctima, sino como una vocera. Me negué a hablar de ello como si fuera un secreto o peor aún, como si fuera un pecado. Decidí no hacerlo por congruencia conmigo, con mis creencias, con mis principios. Todos los que me rodean sabía lo que me pasaba y el punto final de ese proceso de vivir abiertamente lo ocurrido culmina hoy con este escrito, que será leído no tan sólo por quienes me rodean, sino por quienes no saben quién soy, pues estoy convencida que sólo así puedo evitar que lo que viví, le pase a alguien más, aunque sé que con esto no basta. Fue con aquel miedo profundo de saberme proclive al cáncer y luego de haber leído los riesgos del procedimiento indicado, que decidí no hacerme la intervención y solicitar una nueva opinión con otro médico. Así llegué al doctor Número 2. Este, no tan sólo me dijo que todo lo dicho por el médico 1 era mentira, sino que opinó que estaba completamente sana a excepción de una pequeña úlcera que podía ser fácilmente retirada practicando un novedoso procedimiento llamado “crío”, con la que a través del congelamiento, se desprendería la úlcera sin ningún problema. Y así lo hicimos. Sin embargo, pasados los días, la incomodidad continuaba. Nunca dejé de trabajar. Ese “yo puedo” de las mujeres empoderadas me mantenía de pié, aunque por dentro algo no marchaba. Subir las muchas escaleras, manejar y otras actividades cotidianas me resultaban complicadas, así que entonces dejé de probar con médicos a quienes no conocía, considerando que ya era hora de consultar al especialista de las mujeres de mi familia y así fue como llegué con el médico 3. Él, señaló como una completa falta de seriedad los diagnósticos anteriores, ya que ninguno estuvo precedido por una biopsia, por lo que había que iniciar haciendo una clase de estudios cuyo dolor es difícilmente descriptible. Debo comentar que cada visita médica era precedida por un papanicolau, por lo que ya para estas alturas llevaba al menos cuatro, lo que comenzó a complicarse con la nueva realización de estudios tan dolorosos como lo fue la práctica de una biopsia para la cual se hicieron 7 tomas de muestra sin anestesia o bien, la realización de una histerosalpingografía que hoy sé que se realiza sólo para las mujeres que quieren embarazarse y que tienen tapadas las trompas de Falopio y que no está indicada en problemas de displasia como los que yo presentaba. Así pues, me sometí a esa ronda de análisis y estudios para los cuales debía viajar a la ciudad de México y regresar a casa, con todo y las molestias de cada viaje. No importaba. El dolor era lo menos que podía yo soportar, si de disipar mis dudas y recuperar la confianza en los doctores se trataba. Pasé ese cumpleaños esperando los resultados médicos que me dijeran si tenía cáncer o no. Los estudios revelaron displasia y celebré el fin de año en el quirófano, con una cauterización total del cuello del cérvix. Tres meses después, vino la revisión respectiva y en ella el problema seguía existiendo. Triste, cansada, llegué a lo que el médico planteó como “mi última oportunidad”. 8 meses después de haber iniciado este camino, me conizaron. El problema – me decían – es que no había sido madre y entonces, estaban luchando por salvar mi matriz. Construí un proyecto de vida congruente con mis principios: una mujer, intelectual, dedicada a su profesión, con una vida familiar y social nutrida, donde lo prioritario nunca fue tener bebés pues no lo considero un requisito para la realización personal, sino la consecuencia de un acto de amor. Pero una cosa es decidir racionalmente no tener un hijo sólo por tenerlo y otra muy distinta es que alguien más decida retirar mi matriz porque podría tener cáncer. Yo no podía permitir que me cercenaran, si no estaban seguros de ello, y ya para esas alturas, mi confianza en los médicos escaseaba. Pasado el tiempo indicado, nuevamente me correspondió hacer el análisis para – ahora sí – confirmar que el problema estaba resuelto. Viajé a la ciudad convencida de que el médico me iba a decir “¡lo logramos!”. Recuerdo su cara de angustia al decirme “se está expandiendo” Y entonces ahí, con el más profundo de los dolores por haber hecho absolutamente todo lo indicado y estar perdiendo una batalla iniciada, que decidí nuevamente cambiar de médico. En realidad no consulté a uno. Consulté tres más. Y los tres me confirmaron lo que hoy sé. No tengo nada. Acudí incluso a una institución oficial en donde me practicaron un análisis comparativo de todos los resultados arrojados en ese año y la respuesta fue contundente. El médico – al ver mi rostro de incredulidad – me dijo: “si se pregunta si una vez tuvo algo, le diré que no podemos estar seguros, pues es tal el grado en que usted está lastimada por todo lo que le han hecho, que no podemos darnos cuenta de ello, pero sí le comento que la enfermedad no desaparece, si es que la tuvo y si hoy no aparece nada es que lo más seguro es que nunca haya habido nada”. “Pero – agregó – le recomiendo algo: no se pregunte porqué le pasó esto a usted. Mejor vívalo como una oportunidad”. Y así lo he hecho. Pero tengo algo que decir sobre lo que pasó. Una vez mi amiga Adela me comentó “esto nos ocurre porque se nos ha enseñado que todo es más importante que nosotras mismas y entonces, la gripa es importante, el estómago es importante y más, si le ocurre a otros, no a nosotras”. Pero jamás tiene la menor importancia lo que nos ocurre ginecológicamente, porque eso es privado y ¿saben qué? no puede ser privado si mata a miles de mujeres cada día en todo el mundo. Cuando me practiqué la biopsia, la química que me tomó las muestras me dijo algo que me impresionó realmente. Ella comentó que como conocía el procedimiento y sabía lo que dolía, ella nunca se había dejado que se lo hicieran. Y es que trató de hacerme plática, porque siendo mujer, percibió mi miedo, que era tan grande, que ni siquiera me dolió eso que me hicieron. Pensé que así dolía siempre y no, lo que me dolía era el miedo, porque sí, el miedo duele, duele mucho. La química me apretó fuerte la mano y me dijo: “aguanta, esta es la cruz que nos toca cargar, por ser mujeres” En esas salas de espera de los muchos lugares a los que fui, vi mujeres de todas las edades, de todas las condiciones socioeconómicas, seguramente de todas las religiones, razas y creencias. Mujeres distintas, que – todas – tenían esa mirada de miedo que yo conozco. Nosotras – todas las mujeres – conocemos ese miedo. Hoy por ejemplo, encuentro que de mis amigas, varias, muchas, están ahora librando la batalla de operarse quistes en los senos o en la matriz, que les recuerda cuán vulnerables somos. ¿Porqué de pronto hay tantas enfermedades relacionadas con las hormonas? Tiene mucho que ver lo que comemos. Los pollos y las reses engordados a base de inyecciones hormonales que aceleran su proceso de maduración para la venta y que son ingeridos por todas los que pertenecemos a una generación para quienes ya no tan sólo el síndrome pre menstrual es una realidad, sino para quienes el cáncer es un mal cada vez más cercano. Y el miedo mata. Claro que mata. Porque si al mal le agregamos todo eso que hace tanto daño como un corazón ennegrecido y un miedo alucinante, entonces ese cáncer crece y hace más daño. Pero si bien la nuestra es una generación vulnerada por la deformación ambiental, también es una generación afortunada en cuanto al esquema de libertades que posee y la libertad sexual es uno de esos terrenos ganados. Mujeres que somos libres de nuestro cuerpo y que tenemos derecho a vivir sin miedo. Para hacerlo, necesitamos asumir nuestras libertades con responsabilidad. Hoy, ese año vivido ha quedado atrás. Sé que debo revisarme cada seis meses y aunque aún no tengo hijos, sé que puedo tenerlos si quiero pues soy una mujer sana. Pero el fantasma nunca se va por completo. Regresa su recuerdo cada que sé de alguien que está recorriendo ese camino que yo viví. A ellas, a las que conozco y a las que no, les recomiendo no conformarse con un diagnóstico médico, pues estos a veces se equivocan. A mí me costó mucho trabajo recuperar la confianza, pues estaba segura de que ellos “saben” pero lo cierto es que no podemos depositar en otros la responsabilidad exclusiva de nuestra salud. Quienes en primera instancia debemos luchar por nuestra vida, somos nosotras. No claudiquemos al miedo, pues el miedo – en realidad – nos hace más fuertes. Ví al fantasma de cerca y aunque por ahora se fue, sé que siendo mujer el riesgo persiste. Tenía razón la química, ser mujer implica altos riesgos y lamentablemente en nosotras esa es siempre una posibilidad latente. Pero hubo algo más que aprendí. Algo que está por encima de haber enfrentado el fantasma. Lo más importante en verdad, es que no lo enfrenté sola. La solidaridad no tan sólo de los míos, de los cercanos, de los que ya estaban. Sino la solidaridad de aquellos otros, a los que a pesar de conocerles fugazmente, me regalaron vida con sus sonrisas y sus deseos. A ellos y a ellas, a todos. Gracias. La vida siempre vale el riesgo de vivirla plenamente. Nota de la redacción: Escribì y publiquè este texto en 2008. Un año despuès de los hechos que relata. Lo recupero ahora, para mi blog.

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Se debió llamar Eréndira Zepeda, pero la vida tenía para ella otros planes. A la mayor de las hijas de María Madrigal le pusieron María como nombre de pila que también llevan la mayoría de las mujeres de una larga estirpe de personas fuertes y de carácter recio, nombre que se seguiría colocando para acompañar a sus hermanas, sobrinas y nietas. A ella la apellidaron como si fuera hermana de su madre, en un acto de rebeldía que fue más bien como el sello que marcaría su futura vida. Siempre rompiendo el esquema, siempre imponiéndose a lo que quizá la vida pudo haberle deparado, pero que ella con su voluntad y su temple, transformó. Nació en Uruapan y a los 9 años llegó al de-efe de los años 50, convirtiendo al monstruo de ciudad en su hogar, hasta que cambió el smog por el mar, siguiendo la voluntad de mantener a su propia familia unida. De origen humilde, pienso que la mayor de las lecciones que aprendió se las enseñó de su mamá, siendo sin duda la más importante la de trabajar como única forma de sobrevivencia, por lo que a los 14 años, con calcetas y coletas comenzó su vida laboral como oficinista, trabajo del que se jubiló con más años de los requeridos para una retiro que la alcanzó sumamente joven. Aunque toda su vida trabajó, hasta dos y tres turnos, a sus hijos jamás nos descuidó y en casa todo funcionaba como un reloj cuya sincronía era definida por ella. Quique me recogía en la escuela, Carlos llegaba solo yy a los tres en casa nos dividíamos las tareas encargadas con un democrático “piedra, papel y tijera” que hasta nos daba tiempo de ver las películas de la “época de oro del cine mexicano” hasta que escuchábamos en las escaleras su taconeo de subida y su inconfundible toz de fumadora, señal con la que corríamos a dar los últimos toques al arreglo de nuestro departamento. Me encantaba verla arreglarse. Ella tan guapa, tan distinguida, tan cosmopolita. Y nosotros siempre tan planchaditos, tan bien portados, tan observados por su mirada profunda a la que no se le iba ni medio detalle. Al menor intento de desobediencia, pum. la mirada matadora que nos caía como centella y de nuevo, todo en orden. Aún siento cómo me tomaba de la mano y me apretaba con fuerza, para que ni por un segundo algo pudiera pasarme lejos de su cuidado. Si tuviera que describir cuál era mi sensación de aquel tiempo, diría simplemente que estando con ella me sentía segura. Y entonces decidió dejar la vida que hasta entonces conocíamos, para transformar nuestros destinos por completo y cambiar de ciudad, lejos de la familia, para mantener la suya y lo hicimos. Ella era la capitana de nuestro barco y tomó el timón para girar el rumbo y venir a Veracruz y empezar de cero. Nuestro maravilloso sueño de al fin estar juntos con mi papá fue un paraíso que duró muy poco. Y entonces, de pronto, él se enfermó y antes de poder asimilarlo realmente, murió. Ella perdió a su compañero luego de 21 años, quedándose viuda, en una ciudad en la que no tenía a su familia ni a sus amistades para poder soportar más fácil el dolor y sin apoyos para poder sacar adelante a sus dos hijos aún a su cuidado. De eso han pasado tres largas décadas. Para ella todo ha sido difícil: crecer en condición de pobreza, tener que trabajar desde muy joven para salir adelante, ayudar a su mamá para cuidar a sus hermanas y hermano, luchar por tener una familia unida y cuando la tuvo, perderla por una muerte repentina y luego, una vida de nuevo difícil para sobrevivir en una ciudad sin familia para ir construyendo una elegida con amistades y enfrentar una vida solitaria, donde la distancia media siempre entre los afectos. Ella es la mujer más valiente que yo conozco, la más trabajadora, la más guerrera. Sobreviviente de tantas guerras, obtuvo de ellas los aprendizajes que la hacen sabia. Tiene siempre una perspectiva desde la cual mirar la realidad en forma distinta. Cuando llego a verla con el mundo de cabeza, tiene la palabra precisa para cambiar la ecuación. Es siempre generosa, es siempre cálida. Ella hace magia y entonces, cuando podría pensar que los caminos se acotan y que las dificultades se acrecientan, ella acaricia mi alma y me devuelve la fuerza y me da la confianza de creer de que todo estará bien, igualito a como lo hacía cuando tenía 5 años y encontraba en su mano el sitio más seguro del mundo. Yoli es madura, Yoli es sensata, pero sobretodo, Yoli es resiliente. Con esa particular manera de mirar la vida para alguien que ha vivido intensamente 8 décadas, gozar de su compañía, disfrutar su conversación, acompañar su paso que ahora ya es lento, es para mí una total bendición y un privilegio. Yoli es un personaje en sí misma y la protagonista de esa historia que es a su vez el caudal donde confluyen las historias de todos nosotros. Ella es hoy la matriarca de una gran familia y a la que acudimos todos como un manantial lleno de palabras certeras y de cariños profundos. Ella es mi madre y hoy que cumple 80 años me siento tan profundamente feliz por que me haya elegido como su hija y porque pueda acompañar la plenitud de su adultez, lo que es sin duda alguna la mayor de las bendiciones que he podido recibir. Yoli celebro tu vida, deseo para tì felicidad, salud, bienestar. Estate tranquila y cierta pues formaste en tus hijos y en mi a personas trabajadoras y justas. Siéntete orgullosa pues el trabajo que haz hecho ha sido bueno y los frutos inundan un bosque. Celebro tu vida Yoli. ¡!!!!Felices 80!!!!!!

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