¿Cómo nace la jirafa?

Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.



                                                                                                                     Para la mamá de las divinas,
                                                                                                       y para quienes hemos estado en duelo
.



Nunca antes había leído un texto de autoayuda.

Mi pensamiento estructurado y el hedonismo intelectual que me acompaña no lo habían permitido jamás: “- eso no es literatura”, me repetía al momento que despreciaba cualquier tipo de documento relacionado.

Necesité perder el rumbo, para buscar la brújula.

Recuerdo con absoluta claridad aquel día en que en medio del frío metropolitano, simplemente amanecí “triste”,

Le mandé un mensajito a mi madre diciéndole eso y cuando ella me preguntó porqué, yo le respondí: “porque no encuentro mi lugar en el mundo”.

Quizá esa tristeza era el preludio de lo que vendría después. Inexplicablemente para mí, la relación que apenas iniciaba, concluyó de manera abrupta, con el trillado argumento de “no eres tú, soy yo” que muchas veces había escuchado y que ahora – por primera vez – me ocurría.

No recuerdo haber llorado tanto como lloré esas noches. Simplemente no encontraba sosiego. Quise volver a casa de inmediato, venir corriendo y no pude hacerlo. Entonces me quedé ahí, en la ciudad galaxia, que fue testigo de las noches más largas de mis últimos tiempos.

Regresé al puerto en cuanto pude y con algunos pretextos logré quedarme acá, sin saber que la próxima vez, iría a recoger el equipaje que cargo conmigo, en el que guardo la parte de mi vida que llevo, cada vez que vuelo del nido.

En aquellos días de frío, la Negra me compartió una canción de Sabina, cuya letra describe el dolor de la pérdida. Se llama “lo peor del amor” y lo que dice es cierto:

Lo peor del amor cuando termina
son las habitaciones ventiladas,
el puré de reproches con sardinas,
las golondrinas muertas en la almohada.
Lo malo del después son los despojos
que embalsaman al humo de los sueños,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole sin dueño.
Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a la hoguera los archivos.
Lo peor del amor es cuando pasa,
cuando al punto final de los finales
no le quedan dos puntos suspensivos…


A pesar de que la verdad de la que Sabina habla, omite contar que lo peor del amor, es la ilusión perdida.

Cuando él se fue, dijo que quería tiempo. ¿Cuánto es tiempo?, le pregunté. “-Tres meses” dijo, y respondí “-si hay algo que esperar, espero”.

Desde ese día, adquirí el hábito de encender una vela, esperando que en el túnel de la duda la luz de mi vela y el olor a pera, iluminaran su camino de regreso.

Fueron días de fuego.

En medio de mi mar de dudas, casualmente un libro llegó a mis manos. Estaba en el Sanborn´s de la esquina del departamento en México, cuando tomé un libro del aparador y sin leer el título, lo volteé para observar el epígrafe. Decía más o menos así: “Ojalá estas Hojas de Ruta puedan servir a quienes suelen perder el rumbo.”

Justo eso.

El libro me lo compré de regalo de cumpleaños, a unos días de mis 35 noviembres.

Su lectura y las muchas cosas que he hecho cada día desde entonces para retomar mi rumbo, me permiten hoy mirar estos últimos tres meses como una lección de vida. Como un alto necesario en el camino, para tomar aire y seguir adelante.

En este viaje por la obscuridad de la noche encuentro que somos muchos y muchas los que enfrentamos procesos de pérdida de rumbo y que cada vez más habemos personas que necesitamos de una manita para continuar el camino.

Por eso es que me propuse que una vez terminado el enorme texto, compartiría algunas de las cosas que en él encontré escritas y que creo que pueden sernos de cierta utilidad.

Jorge Bucay habla en extenso del duelo y dice de él que “es aprender a soltar lo anterior”.

Desde luego parece fácil decirlo, pero nos aferramos a afectos y a circunstancias a veces sin siquiera darnos cuenta de ello.

Muchas de mis amistades y yo misma, hemos podido enfrentarnos a la tarea de soltar, a través de la terapia.

Recuerdo que muy contenta les platiqué a mis amigos que por primera vez estaba yendo a las sesiones y entre risitas del grupo me dijeron que “no me podía considerar en terapia, hasta que llevara ya varios años en ello”.

Lo cierto es que liberarse es bastante difícil y soltar aquello que nos duele, lo es mucho más.

No hablo sólo del amor que se fue y que nos produce una sensación de vacío. En realidad, son tantas las situaciones del pasado a las que nos aferramos, que soltarlas se vuelve por demás complicado, ya que muchas veces incluso ese “algo” del pasado que traemos cargando se convierte nocivamente en una parte de nosotros mismos.

Al respecto Bucay dice “Cuesta trabajo soltar, porque lo que duele es el miedo a lo que sigue, pues la falsa seguridad que nos da lo conocido, brinda una ilusión de tranquilidad.” Además de que claro, también ese proceso de pérdida está vinculado con algo más dañino que se llama codependencia, que como un fantasma del que está uno demasiado cerca incluso como para concientemente percatarse de su presencia.

Ante ello, encuentro una frase del mismo texto que también resulta avasallante “Cuidado con definir quién soy, a partir de quién me acompaña.”

En mi propio proceso de duelo he encontrado algo mucho más profundo que un amor fracasado. Le temo a las pérdidas, porque antes he vivido el sufrimiento de perder a alguien valioso y la manera de evitar el dolor de su ausencia, fue bloquear el dolor para no sentir y para mantener mis sentimientos en un lugar “seguro” trato de controlar rigurosa y racionalmente todo lo que hago.

Así que al irse él, se detonó mucho de lo que mantuve guardado por mucho tiempo: rigurosidad con todos y conmigo, oculta tras exceso de trabajo; otros fracasos amorosos, quizá un poco de miedo a la soledad y algunas otras cosas más que supongo iré descubriendo y de las que espero irme liberando.

Al escribir este texto, lo hago pensando en mí, pero también pensado en amigas muy cercanas que sé que sufren y que sé que mis palabras no llenan sus vacíos, porque cuando uno sufre la pérdida de alguien querido – por la razón que sea – sólo viviendo nuestro propio duelo, es que aprenderemos a dejarlo partir.

Pero sí hay una parte que es muy importante no confundir. La que tiene que ver con el amor propio. La que hace confundir la tristeza con la pérdida de dignidad, pues por nada del mundo podemos obligar a otro a querernos, ni a valorarnos, pues ese otro u otra tiene todo el derecho de amar con libertad, a quién su propio corazón les dicte.

Cuando leí la siguiente frase, su crudeza me dejó fría “No quiero que te quedes conmigo, sólo porque no te dejo ir”. Ese día, ya no encendí mi vela para que él regresara. La encendí, para que me iluminara a mí.

Quiero contarles que tengo una princesa de 20 años, que con su sonrisa hermosa ha iluminado mi vida, a pesar de que vive lejos. Mi sobrina amada vino a casa de su abuela en diciembre a poner distancia, pues su corazón estaba roto.

A ella le prometí que cuando recuperara las fuerzas, escribiría un texto con las palabras que no le pude decir, para tratar de que su herida le doliera menos.

Ojalá y ahora que el tiempo ha pasado ella sepa que sus lágrimas valieron el que pueda sonreir de nuevo y que – como dice Bucay - las “pérdidas conducen a encuentros”.

Claro que hay otro tipo de pérdidas en donde la persona que se va, lo hace a causa de la muerte. Y es que, como señala el texto “La persona que murió no se pierde, pues queda el recuerdo. Lo que queda vacante es el rol que ocupaba” y es cuando uno se complica reasumiendo o reordenando el juego de roles al que nos aferramos.

Ese es un tema complicado y difícil de superar y es que “ante la muerte, el dolor atraviesa el tiempo: duele el pasado, duele el presente y duele el futuro” y un día, simplemente llega el momento en que ya no sé si ese recuerdo que tengo de la persona realmente ocurrió o es sólo el deseo que he construido, de que eso hubiera pasado.

Hace exactamente la mita de mi vida que mi padre no está conmigo.

A la mañana siguiente de que él murió, yo salí con mi hermano Enrique a buscar al padre que oficiara la misa y recuerdo haberme enojado porque salió el sol.

Hoy, recuerdo nítidamente sus cejas finas, su nariz gruesa, sus manos fuertes. Pero he olvidado su voz.

A veces me asalta el pensamiento de que me hubiera gustado que estuviera en tal o cual momento, pero lo que siempre pienso es que él está. Así lo siento, así lo vivo.

Yo espero profundamente que mi muy querida ex vecina encuentre un ángel que le permita dar todo ese enorme amor del que ella es capaz y que le ofreció en forma tan noble al otro Ángel que se fue. Y espero también que la mamá de las divinas no tan sólo cruce el atlántico conmigo para liberarse de aquel domingo, sino que termine de cruzar el pantano y emerja con sus alas hermosas, como la guerrera que es y pueda por fin dejar de tener miedo.

Para calmar aunque sea un poco el dolor de esas pérdidas, Bucay dice que “el verdadero antídoto del anhelo es la aceptación y no la posesión”. Dejar ir, para poder seguir.

Terminé de leer mi largo texto justo cuando se cumplió el plazo de los tres meses. Me tardé en leer, porque la terapia me requirió no beber demasiado a prisa los textos, pues mi racionalidad extrema bloqueó mi parte emocional y entonces – aunque suene raro – debo dejar de pensar tanto.

No llamó, como durante un tiempo tanto esperé que hiciera. Pero estos tres meses han sido un plazo muy valioso. Han permitido que yo sane mis heridas y siga mi camino con la hoja de ruta que guía mi sendero.

Allá voy. Al rato llego.


“Ya no soy el que era ayer,
ni volveré a serlo”.

J.B.

Hace minutos que ha comenzado a correr el último de los días del año y elijo que sea este el momento de reencontrarme con las letras, que durante meses, que durante días, que por muchas horas me han sido negadas.

Suelo compartir con los míos mensajes personales que ilustran mi sentir y que aspiro que sean el equivalente del abrazo o el beso, que llegue a cada uno en el momento preciso.

Por un momento pensé que se me terminaría el año, sin el esperado reencuentro con las letras, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de escribir y con ello, de cerrar un ciclo.

Trataré de explicarme mejor…

Me defino como “un animal de costumbres”: cuando encuentro un restaurant, voy a él hasta tres veces en un mismo día; veo el mismo tipo de películas y en mi auto puede sonar el mismo disco que es siempre de los mismos cantantes, durante incontables ocasiones.

Me gusta comprar ropa y maquillaje, aunque sea común que vista los mismos jeans con tennis y ande con la cara lavada.

Soy profundamente desesperada, nerviosa hasta decir basta, me muerdo las uñas y fumo como loca. No como carne de cerdo, ni tomo refresco de cola, pero es común verme con mi lechero a cualquier hora.

No me gustan las explicaciones fáciles, las respuestas sin sentido, lo no razonado. Le doy vueltas, hasta a la cosa más simple, pues me preocupa la congruencia, aunque con frecuencia no lo parezca.

2009 estuvo lleno de eso: con más cine que lecturas, cumplí mi propósito de ver más a mis amigos y sobretodo en tiempo de calidad; conservé mi recién adquirido hábito del deporte y pude cambiar mi coche.

Confieso que no cumplí mejorar la puntualidad. Trataré de no llegar tarde cuando vuelva a prometer lo mismo.

Pero particularmente recordaré este año por tres cosas:

Este año cumplí 35 años y eso me emociona. Me siento plena, tengo la vida que he querido y con todo y las muchas muchas caídas, el esfuerzo ha valido la pena.

En segundo término, el camino de las pasiones políticas me llevó a dejar Xalapa, ir a campaña por tercera vez y cumplir el objetivo de irme a México, aunque fuera en calidad de “población flotante”. Ahí inicia – o al menos creo – la causa de mi paréntesis epistolar,

La tercera cosa por la que 2009 será para mí un año para recordar se relaciona con el amor.

Me lo encontré a la vuelta de la esquina, o para ser más precisos, en una estación de autobús.

Suelo escribirles cuando en mi vida ocurren toda clase de situaciones. A veces lo hago en prosa o en verso. Por lo general lo hago, como parte de un proceso de catarsis, que me ha permitido sortear mis demonios, exorcizándolos literariamente y así, es que les he narrado otros desamores (incluso cibernéticos), pero les he contado también de situaciones familiares e incluso he tratado temas tan coloquiales, como aquel ladrón que visitó mi casa.

Pero esta vez no pude escribir.
No supe hacerlo.
No quise hacerlo.

Se llama tristeza profunda cuando uno no alcanza a comprender que se ha llegado tarde a la historia de amor que hubiera querido escribir. Esa tristeza, me recordó el dolor de la pérdida de lo que se aspira a amar.

No importa cuánto tiempo duró, pues ¿cuánto dura una ilusión?

Por eso no pude escribir, pero tampoco quise hacerlo, porque como el acto de cerrar un episodio y este episodio no lo quería cerrar.

No quería ni pronunciar mediante la escritura alguna palabra que a mí me revelara el reconocimiento de lo que para otros es obvio: el “amor” terminó.

En el clímax, él se fue. Me pidió tiempo y yo decidí que valía la pena esperar.

¿Cuánto?

Lo que sea. Esperaría.

Hoy – al escribir esta carta a ustedes – libero y me libero, porque solo así entiendo el amor.

Luego de mis lecturas de Sabines a lo largo de la vida, ahora entiendo perfecto el sentido de sus Amorosos cuando dice “el amor es la prórroga perpetua”.

Sus versos se convirtieron en las oraciones que han acompañado mis mil noches de desvelo, hasta reencontrarme – junto con las palabras – al sueño.

¿Qué como sé que me enamoré? Sólo lo sé.

Entre el barco sin capitán y sin timón en el que me he sentido en el ámbito laboral y la lucha de mis caídas amorosas, me perdí.

Un buen día me encontré a mí misma preguntándome ¿en donde es mi hogar?

He estado un rato en el silencio de mis pensamientos, un poco ausente de algunos y muy incisiva con otros, buscando mis propias respuestas.

Hoy – unas horas antes de que termine el año – escribo para decir, que mis aguas están tranquilas.

Seguro el año que comienza me traerá nuevas preguntas, que ya encontraré la forma de ir buscando resolverlas.

No creo que los años sean fáciles o difíciles.
No creo en la suerte.
No creo en los horóscopos, aunque soy sagitario y en buena medida eso me define.
No creo que el tiempo de los unos, sea el tiempo para todos.

Creo que cada quién escribe su libro, como puede y como quiere, aunque a veces ambas alternativas sean autoexcluyentes.

Prometo que la próxima vez que escriba, no sólo hablaré de mí.
Pero sí prometo que volveré a la narrativa, como uno de mis mayores propósitos para el 2010 y para el resto de mi vida.
Como también volveré al feminismo que me rescata y a la academia que alimenta mi pensamiento.
En mi proyecto, más que nunca está el tomar a cada uno de ustedes de la mano, para no perderme.

Gracias por estar, por escuchar, por ser.

Yo aquí estoy también.

Feliz año nuevo.

Me gusta la aventura y me voy a ella.
A seguirla, a ir a donde vaya.
Soy una buscadora de experiencias, una leona a la que no le gusta la jaula, una atrevida.
Regreso pronto.
Dejo mi cama tendida, mi ropa del caluroso infierno jarocho, mi jirafa con la que duermo todas las noches como el secreto que de mí nadie sabe.
Me llevo lo que cabe en mis maletas y en mi corazón.
Ese alberga la curiosidad que llevó a Colón a un mundo nuevo y el hambre de aprender de todo de mi sobrina Majo.
Me llevo el ruido que va conmigo a todas partes.
Las veintemil palabras que por minuto pronuncio.
Haré de nuevo al trayecto de un lugar a otro, mi domicilio.
El ir y venir que a lo largo de mis años ha sido constante.
Espero me esperen.
Pronto volveré a mi hogar.
A mi casa verde, a comer la sopita de Yolanda, a mis desvelos nocturnos.
Por ahora, "tomaré el tren de las 12" para partir al destino sin fin de las pasiones políticas estas que me mueven desde hace tiempo y que han ocupado mi ser, devorándolo intensamente.
Mando ciber besos, siempre como la forma de decir: "los quiero".
Luego nos vemos.
M.

Septiembre, 2009

Yo que en cuestión de amores, conozco la obscuridad de la noche y el dorado brillo del oropel.

Que me he topado con los fantasmas que acompañan el insomnio donde mis noches púrpura a veces se prolongan, pero que he podido vibrar tan sólo de pensar en quién la respiración me corta; me atrevería a afirmar que - en materia del amor - he sido afortunada.

Nos hemos encontrado en la mocedad de los amores tempranos, en la intensidad de las pasiones furtivas y también, en el equívoco abrazo de las soledades que se comparten.

Un largo camino de encuentros y desencuentros deteniéndome a beber el néctar divino de los besos, de las bocas, de los seres que han estado a mi lado.

Noches dulces y lunas amargas son el sabor que el amor me ha dejado al llegar la mañana.

Pero el sentimiento efímero a nadie engaña: al más breve parpadeo, se esfuma bullicioso y efervescente, dejando tras de sí la enseñanza de que siendo el bien más preciado, con facilidad confunde: se esconde hasta hacernos creer que lo hemos hallado, aunque en el fondo la lección que enseña es que no era el amor ese que ahí estaba.

Cada nuevo intento del amor es una ilusión y cada partida un desengaño y las ilusiones y los desengaños cansan al corazón y llegan a hacernos pensar que un día - quizá - ya no quiera amar tan sólo por no volverse a ilusionar ni a ser desengañado.

Sí, las rupturas son fracasos que duelen.

Por eso quizá, sea mucho más fácil sostener encuentros que no comprometen, que no obligan a amar y que irremediablemente terminarán, siendo este su inevitable desenlace.

Me confieso cómoda en esa parte.

Pero temerosa.

Sí, miedo de que la comodidad haga que simplemente no vea cuando la oportunidad del amor verdadero se presente a mi puerta.

Porque soñadora soy. Y creo que la razón por la que me he reservado a ese amor verdadero ha sido porque mi corazón ha sabido que la persona aún no llega.

Esa persona cuyos atributos he descubierto en cada uno de los hombres con los que he tratado de construir algo y que finalmente, el sentimiento no ha sido suficiente como para dar el siguiente paso.

Cada uno me ha enseñado lo que claramente quiero: un hombre seguro de sí mismo, a quién yo admire por lo es y que esté satisfecho con lo que hace. Que sea inteligente y deseoso de seguir creciendo. Que tenga claros valores familiares, que me respete y se respete y claro! que crea en la equidad para formar un vínculo de dos que tal vez sean diferentes, pero cuyo amor los complementa.

Mi experiencia de observadora del amor de los otros me revela que hay quienes sucumben al intento de lograrlo y se conforman con lo que encuentran.

Yo prefiero el precio de la soledad, a conformarme con lo que no quiero y no siento.

En el oleaje de ese mar me encontraba navegando, cuando un buen día, recibí un mail perdido de un desconocido que ha sido mi escucha constante durante los últimos tiempos.

Simplicidad que se transformó en la costumbre de leernos y que de pronto nos llevó a la posibilidad de un encuentro real, luego de meses de tan sólo escribirle a alguien a quién tal vez no conocería jamás.

El día llegó.

El caballero de París y yo nos vimos, con nuestra mutua curiosidad de descubrirnos, de saber quién es ese que está al otro lado del teclado y que día a día durante largo tiempo, ha dejado entrever mucho más de sí, que lo que cualquiera que se conoce en otros términos.

Viajamos a conocernos en una travesía que nos llevó al interior de nosotos mismos.

Serán por siempre, los más maravillosos días al lado de una persona a quién sentí conocer de siempre.

Esta carta es para compartirles que me siento muy afortunada de saber que la persona que soñé, existe.

Al final, no quedamos en nada.

Nos encontraremos en mitad del mar o en lo profundo de sus ojos de río.

Si es para mí, volverá.



Agosto, 2009

Esta es una historia, contada en dos tiempos.

El primero comienza la tarde de un día de otoño.

Mi madre, mi hermano y yo subimos al autobús con el pasaje de mano. El resto – las cajas en que guardaba la vida – viajaban aparte, en una mudanza.

Mientras que por la ventana miraba alejarse el árido campo del altiplano, recuerdo haber dicho “la historia comienza de nuevo para nosotros, pero en otra parte”.

Tenía entonces 13 años y no estaba de acuerdo con venir aquí pues todo lo que hasta entonces era mi vida se quedaba atrás.

Mi colegio, al que entré desde el kínder y que me trajo esas primeras amigas con las que anhelaba llegar hasta la universidad; mi familia, y esas reuniones sabatinas en las que pasaba horas convirtiendo mi cuarto en la habitación del terror o el salón de belleza en que jugábamos todos los primos mientras nuestros padres vivían la bohemia citadina; mis amigos, esos que me eran profundamente entrañables y con los que comencé a crecer y a aprender de la vida; todo eso quedaba atrás.

La mía era la vida de una clásica niña chilanga interrumpida el día que una propuesta laboral trajo a mi padre de regreso a su tierra, luego de haber emigrado apenas terminó la escuela.

Esa historia – la de Miguel Mendoza Malpica – la conocía perfecto, porque solía contarla mil veces, pero yo la escuchaba como quién escucha un cuento…desde la distancia, desde la fantasía.

Yo sabía de su niñez en los patios de vecindad del centro, del mérito de haber pertenecido a la Superación Ciudadana; del orgullo de haber formado parte de la primer generación de ingeniería del tecnológico, pero mi padre vivía su veracruzaneidad desde lejos. Se había hecho en la ciudad y para él Veracruz era nostalgia a destiempo.

Volver hasta para él era raro. Había que comenzar de cero.

Al bajar de aquel autobús, la nueva realidad se presentó como una ráfaga de viento.

Los primeros siete meses vivimos en Purga, donde él trabajaba al frente de lo que fue su pasión.

Curioso destino. El hijo de un obrero de la “Pepsi” se convirtió en gerente de una fábrica de refrescos.

Guardo muy pocos recuerdos de ese tiempo. Supongo que quise olvidarlos y casi lo logro.

El voraz encuentro con la naturaleza del trópico se convierte en pesadilla, sobretodo cuando se ha llegado de un lugar donde el insecto más grande es una mosca, cosa que desde luego no fue menor, en su momento.

Las prácticas cotidianas de un pueblo que se quedó sumergido 50 y tantos años atrás, de pronto contrastan dramáticamente con el ritmo de la vida de la ciudad, por lo que esos primeros tiempos fueron la rara combinación de vivir en el pueblo, estudiar en el puerto y viajar a la capital para comprar hasta para lo más trivial.

Por fin llegó el momento cambiar de casa y fue hasta entonces que realmente nos percatamos que éste sería nuestro hogar.

El proceso de construir la vida es sorprendente. Se va armando con pequeños momentos, con componentes que a veces, ni siquiera son trascendentes pero que a la larga, pasan a formar parte de la persona que eres.

En aquella casa tuve a mi primer perro; mi papá sembró su primer árbol; mi mamá tuvo su cocina grande y mi hermano manejaba como loco su volare azul.

Las resistencias chilangas comenzaron a ceder en la medida en que comencé a construir mi propia vida en el puerto: mi nueva escuela, mis amigas todas quinceañeras, las primeras tardeadas y discotecas, mis vestidos de fiesta con tacones; los interminables paseos en Plaza Mocambo que acababan por marearme de tanta vuelta.

Y aunque en efecto, las visitas a la ciudad seguían siendo frecuentes - ¿cómo olvidar esos memorables viajes a bordo del Jarocho? – la sensación de la brisa del mar claramente significaba ya estar en casa.

Recuerdo mucho que cuando era pequeña y salíamos a carretera, mi papá bajaba el vidrio del auto y me señalaba el campo, preguntándome: “¿cuántos tonos de verde ves?”. Yo ingenua, enloquecía queriendo contarlos y entonces él interrumpía mi agonía diciéndome: “El verde y todos sus verdes, eso es Veracruz”.

Ese romance de ensueño duró muy poco. Es decir, el romance de una familia que vino a vivir a Veracruz.


Me gusta pensar que él quiso traernos aquí para regalarnos otra forma de vivir; para enseñarnos su mar y lo difícil que es vivir sin sus olas. Concluí que él quiso venir a su tierra a morir.

Recuerdo aún que antes de que lo lleváramos al hospital, él quiso despedirse del mar y entonces le pedimos a la ambulancia que pasara por Martí.

Hasta mucho después comprendí lo que despedirse de algo que te es tan valioso, significa.

Mi papá murió un día después de su santo. Tenía sólo 49 años.

Es aquí en donde comienza el segundo tiempo de esta historia.

Mi historia en Veracruz, la que yo escribo.

A la muerte de mi papá un hombre mayor, delgado, alto. Jarocho todo él. Con su guayabera blanca y su sombrero claro, se acercó a mí y me dijo: “hija, ya no tienes papá, pero tienes abuelo”.

Don Miguel Mendoza Rascón llegó caminando a mi casa en el Floresta puntualmente cada viernes durante muchos años, desde su casa en el Hípico. Tenía casi 80 años y llegaba a revisar los trabajos que en casa podían hacer falta. Luego – invariablemente – se sentaba en la mecedora de la sala a leer su periódico y se quedaba dormido.

Fue un hombre que sólo cursó la primaria allá en su Tlacotalpan del alma. Su vida fue trabajar sin parar tres turnos durante todos los días.

Sus más grandes pasiones lo fueron Agustín Lara y el Béisbol.

Era un hombre que todo lo que sabía – fechas, datos exactos, acontecimientos – los había aprendido leyendo El Dictamen puntualmente por lo menos durante las últimas 6 décadas.

Memorizaba todo y guardaba los periódicos de las fechas importantes.

Hasta que él murió comprendí hasta qué punto influyen ciertas personas, en nosotros.

Mi relación con el abuelo comenzó el día que mi padre murió; pero ya para ese entonces, yo guardaba y guardo los periódicos con las noticias más relevantes, testimonio claro de mis intereses.

Pero sobretodo a él es a quién me parezco: era un ingeniero que escribía poesía. Enseñó a su hija a recitar aún antes de escribir de corrido. Leí por kilos y no faltaba su Excélsior, el domingo.

Su pasión por las letras y su callada afición por la política fueron para mí como el destino manifiesto.

Soy – luego de eso y más - una joven amante de la bohemia, del buen cine, que valoro por encima de cualquier cosa la magia de leer un libro, pero que busco el mar con el ansia de encontrar mi equilibrio.

Así es que conozco Veracruz. El Veracruz de mi padre y de mi abuelo, y luego, mi Veracruz propio.

Andariega y herrante, mis años aquí han sido de descubrir lo que estaba oculto: las callejuelas, los personajes, las miradas ocultas, las muchas amistades.

Pero a pesar de mi romance con el puerto, yo anhelaba irme de aquí.

Y me fui, no una, sino varias veces.

Me fui a estudiar, me fui a intentar trabajar, me fui a buscar lo que creía que era mi hogar.

Y cuantas veces me fui, regresé.

Mis pasos han recorrido infinitamente el camino de regreso.

Cada que vuelvo, siento nostalgia al mirar por la ventana el árido campo aquel del cual ya una vez me despedí.

No he podido quedarme allá, a pesar de lo cautivante que me resulta la ciudad y de lo mucho que anhelo una actividad intelectual mayor, porque extraño el mar.

Comprendí pues, que de aquí soy. Que he caminado este camino y he arado esta tierra y que los frutos que recoja, sin duda tendrán que ver con la siembra que aquí realicé.

Aquí tengo a mis amigos, a mis colegas, a mi pequeña familia que crece con los amigos que hoy son parientes y que jamás nos han dejado solas.

Aquí he amado y me han amado y aquí he llorado de tristeza.

Aquí tengo los momentos compartidos que hacen que cuando con alguien me siento a la mesa, tenga una anécdota que compartir, porque seguramente la vivimos juntos.

No tuve miedo a empezar de cero. Me confieso rebelde y la rebeldía me da fuerza. No es eso.

Es que uno debe ser agradecido y si en Veracruz me hice, entonces en Veracruz me quedo.

Aquella tarde de otoño era 11 de agosto de 1988.

Hoy, mucho más de la mitad de mi vida, la he pasado en Veracruz.


Agosto, 2008.

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Escribo en los momentos tristes y también en algunos otros.

Las letras que hoy les comparto rondan mi cabeza desde hace algunos días sin poder siquiera hilarlas en palabras que rimen, porque he querido – a propósito de mí – escribir poesía.

Sin embargo y aunque el tema de mi escrito tantas veces pensado lo tengo muy claro, el cierre de este día se me presenta como el escenario perfecto para tratar de enlazar dos sucesos de mi vida actual.

Cuando un delincuente te asalta, no roba tan sólo las cosas materiales que él cree que tienen valor.

Desde luego, cuando un ladrón te asalta, se lleva consigo lo que de entrada cree que puede significarle algunos pesos, aunque tú sepas que en realidad, lo que se llevó es una baratija que bien pudo haber sido canjeada, de haber existido la oportunidad de razonar con él. Escribo en los momentos tristes y también en algunos otros.

Las letras que hoy les comparto rondan mi cabeza desde hace algunos días sin poder siquiera hilarlas en palabras que rimen, porque he querido – a propósito de mí – escribir poesía.

Sin embargo y aunque el tema de mi escrito tantas veces pensado lo tengo muy claro, el cierre de este día se me presenta como el escenario perfecto para tratar de enlazar dos sucesos de mi vida actual.

Cuando un delincuente te asalta, no roba tan sólo las cosas materiales que él cree que tienen valor.

Desde luego, cuando un ladrón te asalta, se lleva consigo lo que de entrada cree que puede significarle algunos pesos, aunque tú sepas que en realidad, lo que se llevó es una baratija que bien pudo haber sido canjeada, de haber existido la oportunidad de razonar con él.

Sin embargo y a pesar de su estrategia delictiva, de su modus operandi y de su – quizá – justificada razón para delinquir, lo que el ladrón se llevó en su paso por mi casa, fueron básicamente dos cosas: mis recuerdos y la tranquilidad de que dormiremos seguras. (véase la hora de mi envío para constatar lo anterior).

Suelo guardar no tan sólo aquello que casi todo el mundo considera valioso. En realidad yo guardo objetos tan “invaluables” como los papelitos que me escriben mis alumnos diciendo que quizá la clase les gustó. Guardo también las cartas de los amores pasados, y los barquitos de origami y los restos de rosas amarillas, a pesar de que dicen que significan desprecio, pues para mí son del color de la felicidad.

Me gusta conservar con los objetos, momentos.

Hace tiempo que trabajo en los apegos. Lo hago desde que la vida me quitó lo que más quería y entonces debí comenzar con las lecciones al revés, comprendiendo que al irse no sólo debo recordar lo perdido sino lo ganado, y desde entonces comencé con mi pequeña batalla por no darle valor a las cosas materiales, teniendo muy claro que las personas no están en las cosas.

A pesar de ello debo reconocer que seguí y sigo guardando cosas. Soy cosista.

En el libro de mis metas cumplidas está sin duda aquel día en que tiré a la basura mis cientos de periódicos viejos, o el día que regalé mis pantalones rotos y mucho más reciente el día en que me deshice de los libros de ingeniería de mi padre, mismos que – me quedó claro – ya no usaría mi nena en su paso por la universidad.

Así pues, me he ido deshaciendo de algunos objetos y conservo otros, para soltarlos cuando sea el tiempo de levar anclas.

En el largo camino de los desapegos, hoy se fueron de pronto cositas del baúl de los tesoros: mi delfín verde, recuerdo de la amistad de mi querido Cacho; mi pulsera y mi cadena de los quince años; mi ámbar de estrella; mi anillo morado; mi alma y mi pena.

A la pepena de recuerdos se unión además el retiro de mi instrumento de trabajo, objeto cuya carencia sí complica mi vida, pero no me impide demostrar que quién trabaja soy yo y no una gala de tecnología. Total, si ahora leen faltas de ortografía, todo sea como disculparme diciendo “no entiendo el teclado de la no-lap”.

El ladrón se llevó además la estirpe de guerrera. El ladrón vulnera.

El ladrón hizo que el ritualístico acto de llegar “por fín a casa” se convirtiera en una hazaña.

El ladrón entró por atrás, como lo hacen los vulgares seres que en la noche esconden sus negros placeres.

Y a pesar de que enfada lo que se llevó, muestra siempre el valor de lo que deja: afectos y defectos que no se pueden ocultar.

La cobarde huida del vulgar ladrón dejó también claro que el tesoro más privilegiado se mantuvo intacto de sus uñas feroces: ni un solo rasguño dañó la faz de mi compañera de vida, integridad que vale las bolsas cargadas en la agreste huida.

Ya sé que piensas que éste no era tema que tanto traía en mente los últimos días. ¿Cómo iba a saber que un ladrón me visitaría?

De hecho es cierto, el tema es otro.

Comencé a escribir algo que se llama Duelo.

Soy una mujer afortunada. Sin buscar, me he encontrado en la vida con distintas formas de amar.

Cada amor ha sido el más sólido, el más fuerte, el más definitivo.

Y al partir, cada uno ha sido una pérdida, un motivo de dolor, un sufrimiento inmenso.

Sin embargo, hasta hoy, no me había tomado mi propio tiempo. Tiempo para mí, para estar sola, para escucharme, para vivir.

A lo mejor es que este amor, era distinto.

Duele.

He tenido tiempo de llorar. No tan sólo es alguien que se va. Son ilusiones que se pierden, sueños compartidos juntos. Momentos, muchos momentos que se agolpan como balas y hacen que los lugares griten, las personas griten, los recuerdos griten.

Esta vez no quise evadir ese dolor. He querido vivirlo, para sentir cómo duele equivocarse.

Con mucha frecuencia me pregunto ¿cómo se sabe que esta persona con quién compartes es la persona?

Y es que mi gran dilema ha sido saber si he dejado ir a esa persona, o si no está, porque no lo era.

He escuchado toda clase de explicaciones: desde que soy demasiado exigente, hasta que soy bipolar o que no sé apreciar a la gente.

Cositas, ladrones y otros sin sabores…

Sólo sé que quizá era el tiempo, que no fue nuestro tiempo.
No lo sé.

Lo cierto es que me gusta amar. Creo en el amor y que por él, muchas cosas valen la pena.

No espero al amor que sigue, porque sé que llegará; sólo sé que he cerrado un ciclo.

Casi lo olvido con tantos ladrones y duelos: el asunto está en que el ladrón entró a casa porque no estuvimos el fin de semana. Fui a Tampico por mi convivencia infantil del mes y a visitar al médico, dado que se cumplieron 6 meses de aquel diagnóstico “raro”. Pues bueno, total que parece que siempre sí no pasa nada. Cosillas. Nada importante.

Ah! A todos gracias. Siempre están conmigo, pero hoy, se volaron la barda. Con decirles que hasta mi septuagenario vecino – que además es sordo – nos vino a decir que la próxima vez que salgamos de vacaciones, él se viene a quedar a la casa, con todo y su “fuzca”.

Por cierto, esta es mi manera de decir “los quiero”.

Mayo, 2008.

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A mis nuevos amigos.

"Si me preguntan qué es mi poesía
debo decirles: no sé;
pero si le preguntan a mi poesía,
ella les dirá quién soy yo".
(Pablo Neruda)




¿Cuál es el momento en que un viaje inicia?
¿Es desde que por primera vez se planean las ruta y los tiempos para llegar a ese lugar que todavía se antoja lejano?; o ¿es en los días antes de partir, con los nervios y las últimas compras?; o ¿en los cafés, cuando con amigos comentamos cómo será ese lugar, al que aún no llegamos?
Para mí este viaje inicio en el avión, después del trayecto por tierra al D.F. y una muy larga espera en el aereopuerto metropolitano, donde por horas deambulamos, intercambiando las primeras pláticas, entre 25 personas que aunque nos conocíamos de vista, poco habíamos intimado…hasta ese momento.
Diez horas de vuelo para llegar a Santiago, cruzando el continente de noche hasta llegar al Sur con el alba, en una mañana lluviosa del invierno andino.
Luego, el azar para distribuirnos en dos lugares de hospedaje, lugares que se convirtieron en mucho más que el sitio donde pasar la noche, pues el sistema de hostales – tan común para los europeos – nos obligó a dormir colectivamente, compartir el baño y los espacios y en general, a sintonizarnos con una forma distinta de viajar y de vivir.
Después de instalarnos…a desnudar Santiago.
Una ciudad ordenada, con una perfecta traza urbana, semaforización sincronizada que incluye cámaras en las principales paradas – lo que la convierten en la ciudad más segura de América del Sur - con calles y plazas limpias y un sistema de metro hermoso y eficiente.
Las ciudades se conocen por su comida y para comer rico, nada mejor que los mercados, sitio en el cual comenzó la experiencia se ser mexicano en Chile, pues a los dos minutos de comenzar a comer, todo el restaurant sabía nuestro origen y cantaba nuestras canciones, haciendo un colectivo variado de Brasileños, Peruanos y Chilenos que con suma calidez demostraban su afecto.
De ahí, a conocer su universidad.
La experiencia de estar en la Católica de Chile fue muy singular. Un enorme edificio perfectamente conservado, que al interior y al exterior muestra su majestuosidad y que enmarca lo que contiene: el más elevado nivel intelectual de un país pensante, lo que sin duda les coloca como una de las cinco mejores universidades sudamericanas y que en materia de comunicación, también se destaca.
La estancia de tres días en Chile incluyó – evidentemente – el recorrido por el orgullo chileno.
El vino de Chile – dicen los ahí nacidos – es mejor que el francés y el español, pues sus viñedos tienen las condiciones perfectas de altura y humedad como el de Concha y Toro, en cuyo viñedo nos introdujimos para conocer el fascinante mundo de la uva, la catación de los blancos y tintos y las cavas con sus barricas, donde nace la leyenda del Casillero del Diablo, que no es el más importante de la firma.
Los días en Chile nos permitieron también conocer la conurbación de Valparaíso y Viña del Mar, con el eclecticismo de la mezcla que para nuestros referentes podría ser lo popular de un La Habana y lo moderno de Acapulco.
Viña es hermoso, sí; pero Valparaíso hace honor a su nombre. Sus callecitas empinadas, sus muchos miradores, sus pintorescas casas pobres y sobretodo La Sebastiana.
El idealismo de la generación en que nací, soñaba con llevarme en aquellas tierras a la mítica Isla Negra, ese lugar en donde Neruda se refugió tantos años, pero el escaso tiempo del que disponíamos nos llevó a ésta, la más extraña de las construcciones en que el poeta vivió y desde donde es imposible no sentirse admirado.
Cinco pisos entre los que se distribuyen escaleras y habitaciones sin sentido, espacios todos llenos de objetos materiales – desde obras de arte valiosísimas, hasta piedras del río – que le dan a Neruda el mote de “cosista”, por su inefable hábito de coleccionar las cosas del mundo en que vivió y que le acompañaron.
Tiempo faltó para recorrer Santiago y disfrutar aún más del cobijo que nos brindó y del que gozamos a manos llenas, con los recorridos de día y el esplendor de su noche – tan majestuosa – que hasta el amor floreció.
De ahí a Buenos Aires, el destino principal y el enigma más grande.
De los argentinos todos suponemos mucho, pero sabemos muy poco.
El itinerario contemplaba un par de días iniciales en la capital bonaerense, antes de hacer otro viaje cercano, días que se convirtieron en el ajuste del hospedaje, de este estilo tan distinto de viajar.
Esos primeros días fueron el inicio de caminatas muy largas, recorriendo las calles de una ciudad impresionante, pero de esos primeros días lo que más recordaré siempre, fue el cementerio de La Recoleta, uno de los tres camposantos de la capital, el destinado a la oligarquía, el que enterró a sus muertos con todo el lujo del que tuvo acceso y en el que se guardan las más interesantes leyendas de una ciudad que vive en pasado.
Ahí, en el barrio más elegante de Buenos Aires, debió estar enterrado el gran Jorge Luis Borges – junto a todos los suyos – pero que en esas inconsistencias de la vida, fue a morir a Ginebra, amando tanto a su tierra.
Ahí también está enterrada Evita – esa mujer tan aclamada por unos y odiada por otros – que trasciende a lo terreno para convertirse en mito y cuyos restos descansan en el único sitio donde no le hubiera gustado estar y al que ingresó – después de años de rodar su cadáver por el mundo – para descansar junto a sus detractores.
También en esos días estuvo el encuentro con el tango, ese ritmo de melancolía tan enigmático y profundo, que en ningún otro sitio se siente y se baila como en la tierra del propio Gardel.
La siguiente parada era Uruguay y en plena mañana con la bruma hasta el suelo, partimos de Puerto Madero para atravesar el Río de la Plata y llegar a Colonia, el puerto del vecino país.
Las palabras faltan para explicar la profunda sensación de estar ahí, quizá sólo la poesía – si es que a los sentimientos en palabras así se les llama – lo pueden permitir:

Encontré mi lugar
que es el centro del mundo.
El punto exacto
entre el norte y el sur.

La ciudad que es galaxia
y el universo mismo,
El sitio en que quisiera vivir.

Colonia es el nombre
cuyas calles son magia,
y su ritmo es la pausa
del mundanal vivir.

Su antigua belleza
y el mito que encierra
me traerá de vuelta,
aunque deba partir.


De Colonia a Montevideo por tierra, para encontrar ese sitio que tantas veces recreé a través de Benedetti y de Eduardo Galeano, con su hermosa ciudad vieja y su muy larga rampla, en cuya punta se une el Río de la Plata con el océano Atlántico y en cuyas calles abunda la diversidad – que contrasta con el aire homogéneo de los porteños – y que exhibe orgullosa su oferta cultura.
En Montevideo también estuvimos en su Universidad Católica, no tan majestuosa físicamente como la de Chile, pero absolutamente interesante en lo que ofrece y el trabajo académico que realiza.
La recepción de la Universidad contempló algo que en lo personal necesitaba: una amplia explicación de la situación uruguaya y del sur en general, desde su fundación hasta su hoy, pasando por años de las dictaduras hasta lo que el propio Galeano llama las “democraturas”.
El regreso a Buenos Aires significó también la división del grupo, pues desplazarnos siendo tantos, resultaba prácticamente inoperante.
De ahí los días por venir cada uno bebimos a cántaros el esplendor de Buenos Aires, con sus edificaciones impresionantes, sus largos pasajes y su mucho que dar a todas horas.
No sé – cuando el tiempo pase – cuál de las imágenes que ví, será la que más recuerde: si el esplendor de La Recoleta, la tranquilidad de Palermo, el enigma de Santelmo, el delicioso caminar por Corrientes – con los hilos de gente que viene y va – y sus muchos teatros, los cafés de la Avenida de Mayo; las tiendas de Santa Fé; el “shopping” más grande de América Latina (que nos demostró que aún en crisis, hay quienes tienen mayor poder de compra), el fascinante barrio de La Boca con su estadio – del cual trajimos un poco de pasto - o el enloquecedor paso por la 9 de julio, con sus 26 carriles vehiculares y las luces multicolores que lo visten de noche.
Creo que definitivamente guardaré en la memoria el caminar por la calle Florida, pasaje que atraviesa el centro porteño y que refleja perfectamente el ritmo al que late el lastimado corazón de este pueblo, pues a todas horas uno encuentra en su andar, grupos de músicos que magistralmente interpretan todos los ritmos, o cómicos que con un extraño humor hace reir a la clase trabajadora que con muy poco se divierte y distrae, refllejando la necesidad de huir de una realidad que lastima.
Me quedo también con la sensación que me producían los majestuoso s edificios que a cada paso veía, pues si estos son los edificios de la capital de un país en crisis, cómo debieron ser en la época de esplendor y más aún, cómo debió vestir la gente que los habitaba y cómo era su vida entonces.
Hoy todos evocan la “belle epoque” como quién no quiere despertar a un sueño que parece pesadilla y entonces, cómo evitar comprender a los argentinos, que teniéndolo todo – por errores de “otros” – hoy deben volver a aprender a vivir.
Una buena parte del grupo – que en algunos días creció de los que al inicio éramos – emprendió la aventura hacia las cataratas de Iguazú, recorriendo por tierra un largo camino hasta el esplendor Brasileño, lo que trajo a su regreso la impresión provocada por la magnificencia de la naturaleza. Para los que nos quedamos, la ciudad fue nuestra selva, con misterios que no se agotaban.
Un par de semanas después, a lo que venimos.
El III Congreso Panamericano de la Comunicación es uno de los eventos mundiales de la comunicación más importantes y en esta ocasión, la gigante construcción de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires fue la sede para casi 1,200 asistentes y cerca de 400 ponentes de entre quieres destacaba la presencia del maestro Armand Matterlat, el hombre tantas veces leído por quienes tenemos a la comunicación como ciencia de estudio y que se presentó a impartir la conferencia magistral con la humildad de los grandes, en un nivel intelectual digno de toda expectativa.
Los días de Congreso fueron sumamente interesantes. Ponencias simultáneas entre especialistas que disertaban sobre problemáticas diversas y que – muchas veces a pesar de lo estrictamente organizativo – permitían dimensionar nuestra realidad en materia de comunicación.
Un honor ser ponente en un evento de esta magnitud y hablar de comunicación política y hablar de mujeres, siendo ser una de las pocas mexicanas en el programa general; pero sobretodo, un honor el que todo el grupo de Veracruz asistiera a brindar su apoyo.
El evento fue muy elevado para el nivel estudiantil incluso para los estudiantes argentinos, pero para los profesores fue la perfecta oportunidad de ver en donde estamos y hacia a dónde vamos, lo cual le dio sentido a un viaje tan largo y a un destino tan lejano.
Para todos, el mayor aprendizaje no estuvo en los días de Congreso sino en el proceso de ir a conocer cómo viven en otros países, cómo se siente la vida ahí y sobre todo, qué es exactamente eso de ser latinoamericanos.
Hace varios años que imparto clases sobre éste continente y nunca hasta ahora los había entendido mejor.
Cuando uno viaja, efectivamente conoce las diferencias incluso de lenguaje, que nos hacen cometer errores tan simpáticos, como llamar a las cosas por nombres que en otras latitudes no significan lo mismo; pero más allá de eso, se puede comprender la maravilla de parecernos tanto.
Cuando abordamos el avión de regreso - junto con el cansancio, la nostalgia de la partida y la alegría de poner fin a la estancia en la “casa de Big Brother” que significa hospedarse en hostales – sentí que lo que en realidad terminaba era la esfera de cristal que representa el estar de vacaciones, con un esquema de permisividades, donde se vale hacer lo que el cotidiano no permite.
Fue un viaje muy largo de regreso a casa.
A bordo del avión – a plena luz del día – estuvimos sobrevolando el Aconcahua y entonces ahí, con la la imagen de ensueño de la cordillera andina bajo los pies, simplemente dije: Gracias y cerré los ojos.

Otoño, 2005

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(Dedicado a mis alumnos)

El avión aterrizó en el aeropuerto internacional José Martí el sábado a las 9:30 a.m. hora local y a pesar del cansancio, la expectación del grupo por conocer la ciudad mítica nos mantenía ávidos de todos los detalles que comenzaban a revelar la realidad del paisaje.
26 almas que por primera vez pisábamos La Habana, llegamos desde el puerto jarocho a la ciudad que más se le parece en el mundo.
Un sábado de aclimatarse, de comer platillos extraños condimentados con salsa de bote, de caminar por la zona del Vedado, de conocer la profundidad del mar desde la noche en el malecón habanero y un domingo nublado en el paradisíaco Varadero, que con su arena blanca y sus olas turquesa, se asemeja al caribe cancunense, pero con la inocencia de un desarrollo turístico menos explotador.
Así llegó el lunes y con él, el inicio de las actividades del V Encuentro Estudiantil de Comunicación México – Cuba.
Nuestro arribo a la Universidad de La Habana representó desde el inicio, romper con muchos de los cánones que nuestra realidad impone.
Una casa habilitada para Facultad, en donde coexisten tres licenciaturas (comunicación, periodismo y biblioteconomía) nos abrió sus puertas para escuchar la primera ponencia magistral sobre las tendencias actuales en cuanto a estudios de las ciencias de la comunicación, charla que resultó estimulante, pues nos permitió confirmar que hablamos el mismo lenguaje en términos teóricos.
De inmediato, la primera ronda de ponencias entre los estudiantes, divididos la mitad el lunes y la mitad el martes, para dar un total de 6 ponencias de estudiantes mexicanos y 5 de estudiantes cubanos, mismas que provocaron inmediatas reacciones entre los asistentes.
Fue muy impresionante para el grupo en general conocer el elevado nivel académico de los estudiantes cubanos, lo que se tradujo en un manejo discursivo y dominio del escenario, que sólo quién conoce a la perfección su disciplina, puede lograr.
Para la hora de la comida, el grupo se separó y emprendimos distintos recorridos para desnudar una ciudad sin duda fascinante, que me llevó a comer delicioso en La Bodeguita de en Medio y a dar un recorrido en carreta por La Habana Vieja, entrando con ello en el túnel del tiempo de una ciudad en cuyas estructuras y andamiajes ha logrado conservar los aires que le dieron origen.
Un centro histórico muy grande, con muchísimo que ver, con un sentido de la historicidad en cada calle, en cada pared que permite disfrutar al máximo el esplendor del ayer y del ahora.
Para el segundo día, la conferencia magistral inicial fue impartida por el Decano de la Facultad, Mtro. Julio García Luis sobre el periodismo, materia en la que sin duda es experto, pues ha sido asesor de prensa del gobierno cubano y catedrático de gran envergadura.
Después de la ronda final de ponencias de los alumnos, vino la conferencia magistral por mí impartida titulada “Comunicación y Género” y de inmediato, la deliberación sobre los lugares a otorgar a los ponentes.
Luego, un segundo día para comer de nuevo en La Bodeguita y – ya habiendo conocido La Habana Vieja de manera general – una visita al Museo Nacional de Arte y sobretodo, al Capitolio, edificio impresionante, por donde quiera vérsele.
De ahí, un muy divertido viaje en convertible del centro hasta El Morro - que son los restos de la muralla que alguna vez rodeó a la Ciudad – nos permitió disfrutar de la más bella vista que haya apreciado jamás, de una Habana que se rinde hermosa a los pies de esta cerranía, desde la cual caminamos lo que inicialmente debieron ser 2 kilómetros que se convirtieron en 5 y que nos llevaron a los pies del Cristo monumental que se yergue sobre la ciudad, y que se distingue de los otros cristos del mundo, por no tener los brazos abiertos, sino cerrados (“buscando su habano” dicen los cubanos).
Simplemente mirar cómo cae el atardecer y cómo paulatinamente la ciudad comenzaba a encender sus luces, hasta teñirse de un vivaz colorido, me permitió saber porqué dicen, que quién visita La Habana una vez, siempre regresa.
El miércoles fue el día de emprender un largo viaje hasta San Antonio de los Baños, sitio en donde se ubica la Escuela Internacional de Cine fundada – entre otros insignes personajes – por Gabriel García Márquez, el buen Gabo que en su faceta de cineasta propuso a Fidel Castro crear una escuela que promoviera el arte fílmico sin ser del Estado, sino que funcionara a través de una ONG que gestionara recursos para la operación del centro, mismo que es considerado el mejor de América Latina y que es referente obligado no sólo para el cine cubano, sino para el séptimo arte mundial.
De regreso a La Habana, la visita dividida a la estación de radio y a la repetidora de televisión, que se encontraba justo en el proceso de convertirse en canal nacional con todo el proceso de incorporación tecnológica que ello implica.
Una noche de baile cubano para despedir La Habana un día antes de partir y un último día de playa – ahora sí soleado – fueron el preludio de la ceremonia final organizada por nuestros amigos, los estudiantes y maestros de la facultad de comunicación de la Universidad de La Habana, en donde por fin se entregaron los diplomas de participación a todos los asistentes y ponentes, así como las premiaciones a los más destacados presentadores de la jornada.
Un primer lugar muy merecido para Ileana Ramírez Domínguez de 8ªB con su proyecto de las Telenovelas, un tercer lugar para Angélica Seshet Conde Maldonado y Miriam López Navarrete con su investigación sobre la Movilidad Estudiantil y una mención especial para Galia Hernández García y Jacqueline González Islas, con su investigación sobre la Violencia hacia Mujeres Indígenas en la Sierra de Zongolica.
Algunas horas después, con el cansancio de una semana muy larga, emprendimos el camino de regreso.
Muchas cosas cambió La Habana y muchas más que espero cambien.
A menudo, mis alumnos me comparten sus inquietudes de insatisfacción por cuestiones cotidianas relativas a la escuela y en general, los encuentro desencantados o quizá sea mejor decir, menos enamorados de la carrera que estudian de lo que yo en su tiempo estuve y de lo que hoy como profesora, quisiera.
Siempre mi respuesta a eso es que “las instituciones no hacen a las personas. Uno es del tamaño que quiera ser”.
En Cuba me encontré estudiantes que no tienen idea de lo que es “bajar” sus tareas de Internet, que sólo tienen un ejemplar de cada libro en su biblioteca y que aún así los devoran no sólo para aprobar sus clases, sino para aprender esa ciencia que estudian.
Me encontré muchachos vitales, que también se divierten y bailan, pero que se ganaron – con mucho esfuerzo - su derecho a asistir a la Universidad.
Digo “se ganaron”, porque en el nivel pregrado ellos trabajan en labores del campo y estudian, ingresando al nivel superior sólo aquellos que tienen mayores capacidades.
No cabe duda que el no contar con todos los satisfactores que brinda la vida universitaria en nuestro contexto, estimula el deseo de superación y permite valorar al máximo cada una de las pequeñas cosas que se poseen.
Ninguno de esos chicos tiene la mita de los recursos con los que cuentan mis estudiantes, pero en sus miradas ví una llama encendida, que me frustra no encontrar cada mañana que llego al salón a dar mis clases.
Esa llama no se aprende, se tiene o no se tiene.
Ojalá alguno la encuentre.
Mientras tanto, ya planeamos varios nuestro regreso a Cuba.

Abril, 2005

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