¿Cómo nace la jirafa?

Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.



Mostrando entradas con la etiqueta Recuerdos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Recuerdos. Mostrar todas las entradas


Traigo en la mente una frase que me da vueltas y me llena de sentimientos varios.
Me dijo: “amiga, me haz hecho mucha falta todo este tiempo” y en ese momento recordé lo que maravilloso que era ser amigas.
Y sí, nos sentábamos juntas. Algo debió haber escrito en mis libretas, porque yo recuerdo su letra. Era bonita y redonda.
En mi mente guardo el recuerdo de su cabello largo. Lo ataba en una coleta, con su flequillo lacio y si no devaneo, listones de colores. Me gustaba mucho como lo usaba y ella orgullosa me decía “es ahuecado”. Su lacio de ahora me hizo entender de qué se trataba.
Durante el desayuno del reencuentro platicamos todas con las atropelladas palabras de las mujeres que hablan de prisa. Teníamos que ponernos al día.
Y entre palabra y palabra, ella me decía alguna cosa que me llevaba al pasado, como dando saltitos hasta el fondo de mi memoria.
Y sí, a la salida de la escuela de monjas, luego de mis primeros meses jarochos, proclamé mi pequeña independencia viajando en camión con mi amiga, quien con total lucidez recuerda la ruta del bus amarillo que ni idea tengo de si todavía existe.
Verla fue tocar el centro de mi corazón por un instante.
Por lo visto, el paso del tiempo ha borrado de mi mente lo que selectivamente asocio con dolor.
Curioso caso: la última vez que nos vimos, fue en el funeral de mi padre, quién en un mes cumplirá 25 años de su partida
Casi había olvidado lo que era ser amigas.
Pero el tiempo así no se pierde, se gana. La espera madura los sentimientos profundos.
Ella tiene razón. Verla me hizo recordar cuánta falta me hizo también a mí en todos estos años.
Por fortuna, lo sé, lo siento, ha sido solo una breve pausa.
Sigamos. ¿qué decías?

Category: | 0 Comments


En realidad yo nací dos veces.
La primera, aquella tarde de noviembre en que luego de 8 horas de trabajo de parto, por fin decidí dejar de dormir y salir a conocer el mundo.
Desde entonces, dormir ha sido una de mis actividades predilectas.
La otra fue un 6 de abril, de hace 40 años.
La historia, me la sé de memoria: eran las seis de la tarde de un miércoles santo. Íbamos a un velorio al pueblo en donde nació mi mamá y donde hasta el día de hoy, muchos Madrigales aún viven sin que nos hayamos visto en demasiado tiempo.
Todos en un pequeño coche, que iba veloz por esa carretera vieja, con solo dos carriles y un acantilado.
Llovía.
Y fue entonces cuando mi mamá me entregó en las manos de mi abuelita, para que ella distrajera al pequeño ser que yo era, mostrándome las vacas en la ventana izquierda mientras Yolita me hacía mi mamila.
Entonces se detuvo el tiempo para siempre.
Seis adultos y una niña contra un autobús de pasajeros.
El impacto del golpe acabó al instante con la joven vida de quién siempre he sabido que era torero.
El mismo impacto se posó con fuerza en mi cabecita y luego con la de ella, quién murió al instante, como mueren las personas buenas, sin dolor.
Y nunca nada volvió a ser igual para nadie. Ni para quienes íbamos en ese coche, ni para quienes no fueron.
Primero inconsciente, luego en terapia intensiva, luego años y años de rehabilitación para volver a hablar, volver a caminar y tratar de superar las consecuencias que quedaron plasmadas en mi cara de aquel amargo día.
Seré honesta, en realidad no recuerdo absolutamente nada y sin embargo, crecí escuchando esa historia tantas veces, que terminé recreándola en mi mente.
Yo solo me acuerdo de que mi mamá no me soltaba nunca y que incluso apretaba tanto mi mano, que yo protestaba.
Y me acuerdo claro, de que mi juego favorito era ser la doctora – desde luego -, y con la ayuda de mi maletín Mi Alegría, implacablemente sometía a sendas inyecciones a mis hermanos a quienes perseguía para aplicarles tal tormento.
Recuerdo también que siempre siempre me caía. No había manera de empezar a correr, sin terminar en el piso y cuando un buen día mi papá me trajo aquellos padrísimos patines, el kit venía acompañado de casco, coderas y rodilleras.
Pues claro, mi pérdida del oído se llevó parte de mi equilibrio pero no la valentía y aunque se suponía que por ejemplo, yo no podría andar en bicicleta, ese sigue siendo uno de mis transportes favoritos hasta el día de hoy.
Se suponía que “tal vez” tendría algunos problemas académicos, prueba también superada.
El mérito jamás fue mío.
Dice mi mamá que la única causa por la que ella no perdió la razón cuando en la carretera quedó extendido el cuerpo de su madre muerta, esperando la ayuda de alguien que se condoliera al clamor de mis tías para darnos auxilio, fue porque yo aún estaba viva.
Gracias a que mi abuelo era médico, me aceptaron en el Centro Nacional de Neurología, un lugar que fue como mi casa y en el que volví a nacer.
Ahí no aceptaban a niños pequeños, pero era tal mi estado, que hicieron una excepción.
Primero – como decía – estuve internada durante varios meses, luego mis consultas eran diarias, luego semanales, quincenales, mensuales y así, hasta que llegaron a ser dos veces al año.
Neurología está infinitamente lejos de donde vivíamos.
Y mi mamá, siempre me llevaba.
Ella trabajaba su turno, a veces guardias y horas extras, pero siempre siempre, llevaba a su pequeña a las mil valoraciones que había que hacerle con el neurólogo, el oculista y el doctor del oído.
Hace no demasiado tiempo – visitando un CRIT en donde trabajaba mi hermano Carlitos – nos llevó a la sala en donde está el puente ese, en cuyos pasamanos los niños se sostienen para dar sus pasitos. Al verlo, me trasladé años atrás y recordé que ahí fue en donde volví a caminar.
Ese día me volteé y llorando les pregunté a mis dos hermanos porqué ellos no iban conmigo al hospital. Y ellos, enternecidos por el recuerdo de un pasado que a todos nos duele, me dijeron que claro que iban, pero que como no los dejaban pasar, se quedaban por horas en el carro, esperando a que saliera.
En fin. Un buen día, cuando tenía 13 años, le pedí a mi mamá que hiciera una cita con mis doctores. Yo quería verlos a todos. Así que me programaron una visita y ahí, frente a las máximas eminencias científicas y médicas que dirigían ese lugar mágico, yo – una pre adolescente insolente – les dije que…ya no quería volver a verlos. Que yo era una chica normal y que estaba curada. Que quería vivir mi vida sin citas médicas ni visitas al hospital.
Y ellos – perplejos – respetaron mi decisión.
Yo jamás me he sentido diferente, porque siempre he sido así.
No recuerdo mi carita antes del accidente.
Lo que recuerdo, son los otros estragos que ese día sí nos dejó.
No conocí a mi abuelita, aunque sé que fue ella la que evitó que muriera.
No tengo recuerdos de ella, aunque casi podría dibujarla en mi mente por lo mucho que me han platicado: cocinaba delicioso, jamás decía groserías. Era muy bonita y tenía su piel blanca. Era nada alta y media gordita. Y sus manos, eras suaves y chiquitas.
Me perdí de sus caricias, como todos mis primos que llegaron luego.
Para nosotros siempre la abuelita Mari es como el hada buena del cuento. La que hacía magia, aún sin estar, y cuyo nombre está presente en muchas de nosotras.
María Madrigal tuvo cuatro hijas y un hijo: María Yolanda, Miguel Ángel, María Rosalba, Carolina y Silvia.
De ninguno pudo despedirse, porque la sorprendió la muerte, pero en cada una de ellos está: en mi Madre, a través de su generosidad infinita; en Miguel, en sus travesuras de único varón entre tantas mujeres; en Rosa con su dedicación y entrega para velar por sus hijos y sus nietos; en Carolina con su enorme nobleza de carácter y en Silvia, en el valor de mujer guerrera que sabe salir adelante.
Cuarenta años han pasado y apenas hace unos meses platicamos casi todas y todos de en donde estaba cada uno ese día y cómo supieron que ella había muerto, pues solo tres de sus hijas estaban ahí al momento del accidente, pero el golpe de su partida fue el más devastador impacto que su familia toda pudo haber recibido.
Es increíble como una persona puede seguir velando por su familia, a pesar de que hace tantos años que ya no está.
Hasta el día de hoy, mi madre y yo caminamos tomadas de la mano. Ahora yo soy la que teme que a ella le ocurra algo cuando yo no esté, así que la aprieto fuerte para que nuestras manos no se suelten.
Tampoco viajamos nunca durante los días santos.
Pensándolo bien, tengo un recuerdo vívido y claro de aquel día: le temo a las curvas y aborrezco la velocidad.
Y de esos misterios que tiene la vida, también el 6 de abril era el cumpleaños de mi papá, mi ariano favorito quién hoy tendría 74 años, quién por cierto, fue presentado con mi mamá precisamente por mi abuelita Mari.


Category: | 0 Comments

Dije que escribiría de Xalapa, pero diciembre se me fue en un suspiro.
Así que lo haré hoy, aprovechando que temprano tuve que ir hacia el centro y en el camino ocurrió algo tan coloquial, que podría ser intrascendente: saludé y fui saludada, así como lo hace uno, cuando vive ya por algún tiempo en un lugar y acaba conociendo a las personas y entonces, así de pronto encontramos y con un pitido del claxon, saludamos a ese otro, que muy horondo, devuelve el saludo con una seña aireada.
Sí, el tiempo que tengo viviendo aquí me permite ya conocer las calles y conocer personas, y saludarlas con la familiaridad de quién – finalmente – se arraiga.
Pero eso no lo sabía la primera vez que conocí la ciudad.
Era verano y yo recién había terminado la universidad.
Desde más o menos la mitad de la carrera, descubrí la maravilla de participar en convocatorias juveniles. Yo siempre tan competitiva, que un plus fue encontrar en ello también una vía para obtener dinero en los tiempos aciagos en que me apoyaba con becas.
Así que, como cosa perdida en las páginas del periódico, encontré la convocatoria al concurso estatal de debate político.
Nunca antes lo había hecho y aunque siempre he sido una fuerte crítica de esos estilos retóricos tan acartonados, me entusiasmé con participar.
Y el concurso fue en Xalapa.
Llegué con el resto de los jóvenes del estado, solo que sin conocer a nadie, al hotel Salmones que en ese tiempo lucía aún muy gallardo.
Había cierto revuelo por el arribo del gran ganador del concurso durante los últimos años, lo que motivó mi deseo por medirme con tan experimentado contrincante, que por cierto, era ese su último año para poder participar, pues inevitablemente había “crecido” y ya no pertenecería a la categoría juvenil.
Decidí afinar mi estrategia. Si ellos – todos – eran herederos de las tradicionales escuelas de oratoria, yo competería con contenido y una vasta cultura general y no solo con un estilo que mí me sigue pareciendo más bien anacrónico.
Mi experimento me llevó a la final, misma que se celebraría en otro recinto que es justo el lugar al cual quiero llevarles en mi narración.
Caminamos todos los jovencitos desde la calle Zaragoza en donde se encuentra el hotel, hasta Juárez, en donde sería el enfrentamiento esperado.
Y entonces entré y al hacerlo, automáticamente me quedé paralizada, lo que me separó del resto del grupo, quienes avanzaron hacia el interior.
Desde la entrada directa al vestíbulo, hay una puerta que estaba abierta de par en par y desde la cual ocurría la magia: los pasillos en forma de escuadra de los tres niveles del edificio hacia abajo estaban pletóricos de personas que gozaban admirando los libros que en cada stand se ofrecían. Aquel paraíso totalmente iluminado, lleno del júbilo de tantas voces, de pronto pareció silenciarse. Y entonces comencé a escuchar a la orquesta interpretar My way.
De eso hace veinte años en que la piel sigue erizándome, pues al recordarlo, me veo de nuevo, parada y perpleja, ante lo que los místicos llaman “momento cumbre” y que son esos instantes en que el espacio y el tiempo se paralizan y nos llenan el alma de un caudal que rebasa las emociones.
Nada más fascinante para mí, que los libros.
Los libros son, mi romance primero, mi bálsamo de vida, mi refugio perfecto y también, mi pasaporte al lado de mi padre, quién para explicarme la vida, abría las páginas de ellos y me leía sus sabias letras, así que una Feria del Libro era para mí, el festín de los festines.
Él murió siendo muy joven, devorado por una enfermedad que le cobró caro sus excesos, pero siempre siempre decía que no se arrepentía de nada, que había vivido cada día como si fuera el último y que lo había hecho…a su manera.
Por eso cuando la Orquesta Sinfónica de Xalapa comenzó a interpretar esa canción por mí tan querida, no pude sino conservar ese recuerdo para siempre en mi corazón.
Y desde entonces, aquel día en el Colegio Preparatorio lo guardo como un tesoro invaluable.
No sabía que años más tarde, esa vida que a veces nos juega extrañas partidas, me traería aquí, a la montaña, para hacer ceder mis resistencias, yo que solo venía por unos cuantos meses, he terminado quedándome hasta ahora seis años.
Y sí, circulo por calles que ya conozco y saludo a personas que son mis amigos.



Category: | 0 Comments

Por un año he guardado silencio.
Me tomé todo este tiempo para reacomodar lo que la fuerza del agua movió en mí, en los míos, en nosotros, ese día en que todo cambió.
Nosotras sabíamos que el agua nos llegaría. Eso dijeron las noticias, eso dijeron los vecinos.
Pero nunca lo había visto, así que preparamos lo básico y un poco atropelladas, levantamos algunos de los muebles de la casa.
Por fortuna Carlos estaba de descanso y él ayudó a levantar las cosas y a llevarse mi carro.
Nosotras decidimos quedarnos.
Llevamos provisiones con la vecina de junto y subimos a la parte alta lo indispensable para pasar la noche y luego volver a casa.
Sin la prisa de todos los que huían, nos sentamos a ver como el agua poco a poco fue tiñendo el pavimento de mojado y como fue subiendo su nivel.
Luego de un par de horas, subimos al lugar en que nos resguardaríamos e iniciamos la espera, yo pegadísima a las redes sociales y escuchando la radio.
Era la una de la mañana cuando cortaron la luz y fue ahí cuando asumimos que estábamos en problemas.
Los teléfonos poco a poco se fueron descargando.
Yo apagué el mío antes de que la última rayita de batería se consumiera, conservándola por si llegaba el momento de pedir ayuda.
Fue una noche larga.
Será difícil olvidar el aullido lastimoso de los perros en las azoteas.
Y el silencio.
Durante la madrugada fueron sumándose vecinos a nuestro improvisado albergue. Una familia de la esquina – a quienes ni siquiera había visto antes – llegaron a acompañarnos, junto con sus dos perritas, una ya muy vieja y ciega y la otra pequeñita.
Éramos doce personas.
Para la mañana, ya la comida que teníamos casi de había terminado, pues con las nuevas bocas, lo previsto era insuficiente y el agua estaba mucho más arriba del nivel que imaginamos tendría.
Así que llegó la hora de pedir ayuda.
Lo escribí en Facebook.
Pasaron varias horas cuando de pronto, de la nada, una lanchita jalada por dos hombres pasó cerca y le gritamos para que se aproximara.
De los momentos más duros fue justamente ese.
Bajar a mi mamá de la azotea a la lancha fue muy doloroso y triste, pues ella camina con dificultad.
Luego, hubo que dejar a una de las perritas. La ciega.
Recuerdo como si fuera ayer el momento en que por el avance de la lancha, pasamos justo frente a mi casita verde y entonces la ví, inundaba, enlodada, con esa imagen que de verdad lastima. Hacía muy poco que por fín me la había entregado terminada de la remodelación que me costó mis ahorros de mucho tiempo y de pronto, todo estaba hecho un caos.
La lancha nos sacó a la carretera. Ahí una patrulla nos llevó hacia la central de abastos y ahí una familia nos acercó más hacia el rumbo de la casa en donde se había quedado mi hermano con su familia.
Creo que era como medio día cuando pudimos reunirnos.
Después de esa noche larga.
Carlos nos abrazaba con vehemencia, con desesperación.
Mi madre se recargaba en él, llorando de tristeza por la angustia, por el miedo.
Yo seguía un poco en shock, pero por fín comencé a llorar.
Justo quince días antes, acababa de perder mi trabajo, en una acción injusta y vil que lo único que me permitía pensar en ese momento era cómo iba a poder levantar mi casa de nuevo, si no tenía trabajo.
Recuerdo y recordaré siempre esos días.
Aquellos hombres – sin nombre – que nos rescataron. Eran voluntarios. Fueron a ayudar y gracias a ellos, pudimos salir y unirnos con nuestra familia y estar a salvo.
Comenzaron a llegar amigos a casa de la familia con la que nos hospedamos.
Estuvimos unos días con Pepe, el amigo de mi hermano y luego con Elvi.
Como cuatro o cinco días después pudimos ya entrar a casa.
Carlos tuvo que regresar a Tampico y nos quedamos mi madre y yo a sacar nuestra casa adelante.
Me acuerdo muy bien como mis chicas Nancy, Fa, Haydeé y Luce hicieron sus turnos, para ayudarme a limpiar, y cómo la tía de Fátima me obsequió líquidos para el piso y como Rubén me metió a la casa aún con el agua estancada y cómo Mara me regaló ropa, para poderme vestir esos días, y cómo Magali y la pequeña Ana Luisa fueron a ayudarnos a limpiar cajones – con sus botitas de hule, para no mojarse - y cómo Ketty me mandó a alguien para ayudarme a pintar y cómo cada uno se hizo presente de la manera más especial.
Los meses siguientes fueron como un paréntesis en mi vida.
Yo – que he sido la eterna ausente – pude estar ahí, para ser el soporte necesario para enfrentar lo ocurrido y gracias a que por primera vez en mi vida de enferma laboral, no tenía empleo, pude dedicar cada minuto y toda mi fuerza, para secar el agua y limpiar lo que ella provocó.
Las cosas materiales no importan.
Triste, las muchas fotos que se perdieron y claro! Las recetas de mi madre, que dice que sin ellas ha olvidado cómo cocinar.
Lo demás, es un regalo que la vida nos dio.
Un tiempo que no olvidaré, porque me brindó la posibilidad de saber cuán afortunada soy por tener los amigos que tengo, la familia que tengo, para que cuando el agua suba, puedan ayudarme a limpiar los estragos.
Cuatro meses y medio no trabajé.
Es muy fuerte decirlo.
Al día de hoy, todavía no logro reponerme por completo del desajuste económico que los dos huracanes que me sacudieron en septiembre, provocaron.
Y no me refiero a Karl y a Mathew.
Debo confesar que soy sumamente desesperada.
Aprendí a esperar.
Templanza, se llama.
Yo no soy de esta tierra. No nací aquí.
Llegamos después del terremoto.
Son muchas las razones que me retienen aquí.
Mi padre al traernos, nos dijo que aquí encontraríamos nuestro hogar y así ha sido.
He de confesar que lo valoro aún más, después de ese septiembre.
Irme de aquí ha sido duro.
Pero necesito el mar para vivir, así que cada que puedo vengo, a ver el mar y disfrutar la brisa y desde luego, a habitar mi hogar. Mi casita verde que de nuevo está de pié.
Muchas gracias a cada uno, por lo que hicieron en ese septiembre.
Aquí están mis manos para ayudarles a bajar las aguas turbias de sus vidas y mi corazón enorme para volver a pedir ayuda y saber agradecerla.

Category: | 0 Comments

Esta es una historia, contada en dos tiempos.

El primero comienza la tarde de un día de otoño.

Mi madre, mi hermano y yo subimos al autobús con el pasaje de mano. El resto – las cajas en que guardaba la vida – viajaban aparte, en una mudanza.

Mientras que por la ventana miraba alejarse el árido campo del altiplano, recuerdo haber dicho “la historia comienza de nuevo para nosotros, pero en otra parte”.

Tenía entonces 13 años y no estaba de acuerdo con venir aquí pues todo lo que hasta entonces era mi vida se quedaba atrás.

Mi colegio, al que entré desde el kínder y que me trajo esas primeras amigas con las que anhelaba llegar hasta la universidad; mi familia, y esas reuniones sabatinas en las que pasaba horas convirtiendo mi cuarto en la habitación del terror o el salón de belleza en que jugábamos todos los primos mientras nuestros padres vivían la bohemia citadina; mis amigos, esos que me eran profundamente entrañables y con los que comencé a crecer y a aprender de la vida; todo eso quedaba atrás.

La mía era la vida de una clásica niña chilanga interrumpida el día que una propuesta laboral trajo a mi padre de regreso a su tierra, luego de haber emigrado apenas terminó la escuela.

Esa historia – la de Miguel Mendoza Malpica – la conocía perfecto, porque solía contarla mil veces, pero yo la escuchaba como quién escucha un cuento…desde la distancia, desde la fantasía.

Yo sabía de su niñez en los patios de vecindad del centro, del mérito de haber pertenecido a la Superación Ciudadana; del orgullo de haber formado parte de la primer generación de ingeniería del tecnológico, pero mi padre vivía su veracruzaneidad desde lejos. Se había hecho en la ciudad y para él Veracruz era nostalgia a destiempo.

Volver hasta para él era raro. Había que comenzar de cero.

Al bajar de aquel autobús, la nueva realidad se presentó como una ráfaga de viento.

Los primeros siete meses vivimos en Purga, donde él trabajaba al frente de lo que fue su pasión.

Curioso destino. El hijo de un obrero de la “Pepsi” se convirtió en gerente de una fábrica de refrescos.

Guardo muy pocos recuerdos de ese tiempo. Supongo que quise olvidarlos y casi lo logro.

El voraz encuentro con la naturaleza del trópico se convierte en pesadilla, sobretodo cuando se ha llegado de un lugar donde el insecto más grande es una mosca, cosa que desde luego no fue menor, en su momento.

Las prácticas cotidianas de un pueblo que se quedó sumergido 50 y tantos años atrás, de pronto contrastan dramáticamente con el ritmo de la vida de la ciudad, por lo que esos primeros tiempos fueron la rara combinación de vivir en el pueblo, estudiar en el puerto y viajar a la capital para comprar hasta para lo más trivial.

Por fin llegó el momento cambiar de casa y fue hasta entonces que realmente nos percatamos que éste sería nuestro hogar.

El proceso de construir la vida es sorprendente. Se va armando con pequeños momentos, con componentes que a veces, ni siquiera son trascendentes pero que a la larga, pasan a formar parte de la persona que eres.

En aquella casa tuve a mi primer perro; mi papá sembró su primer árbol; mi mamá tuvo su cocina grande y mi hermano manejaba como loco su volare azul.

Las resistencias chilangas comenzaron a ceder en la medida en que comencé a construir mi propia vida en el puerto: mi nueva escuela, mis amigas todas quinceañeras, las primeras tardeadas y discotecas, mis vestidos de fiesta con tacones; los interminables paseos en Plaza Mocambo que acababan por marearme de tanta vuelta.

Y aunque en efecto, las visitas a la ciudad seguían siendo frecuentes - ¿cómo olvidar esos memorables viajes a bordo del Jarocho? – la sensación de la brisa del mar claramente significaba ya estar en casa.

Recuerdo mucho que cuando era pequeña y salíamos a carretera, mi papá bajaba el vidrio del auto y me señalaba el campo, preguntándome: “¿cuántos tonos de verde ves?”. Yo ingenua, enloquecía queriendo contarlos y entonces él interrumpía mi agonía diciéndome: “El verde y todos sus verdes, eso es Veracruz”.

Ese romance de ensueño duró muy poco. Es decir, el romance de una familia que vino a vivir a Veracruz.


Me gusta pensar que él quiso traernos aquí para regalarnos otra forma de vivir; para enseñarnos su mar y lo difícil que es vivir sin sus olas. Concluí que él quiso venir a su tierra a morir.

Recuerdo aún que antes de que lo lleváramos al hospital, él quiso despedirse del mar y entonces le pedimos a la ambulancia que pasara por Martí.

Hasta mucho después comprendí lo que despedirse de algo que te es tan valioso, significa.

Mi papá murió un día después de su santo. Tenía sólo 49 años.

Es aquí en donde comienza el segundo tiempo de esta historia.

Mi historia en Veracruz, la que yo escribo.

A la muerte de mi papá un hombre mayor, delgado, alto. Jarocho todo él. Con su guayabera blanca y su sombrero claro, se acercó a mí y me dijo: “hija, ya no tienes papá, pero tienes abuelo”.

Don Miguel Mendoza Rascón llegó caminando a mi casa en el Floresta puntualmente cada viernes durante muchos años, desde su casa en el Hípico. Tenía casi 80 años y llegaba a revisar los trabajos que en casa podían hacer falta. Luego – invariablemente – se sentaba en la mecedora de la sala a leer su periódico y se quedaba dormido.

Fue un hombre que sólo cursó la primaria allá en su Tlacotalpan del alma. Su vida fue trabajar sin parar tres turnos durante todos los días.

Sus más grandes pasiones lo fueron Agustín Lara y el Béisbol.

Era un hombre que todo lo que sabía – fechas, datos exactos, acontecimientos – los había aprendido leyendo El Dictamen puntualmente por lo menos durante las últimas 6 décadas.

Memorizaba todo y guardaba los periódicos de las fechas importantes.

Hasta que él murió comprendí hasta qué punto influyen ciertas personas, en nosotros.

Mi relación con el abuelo comenzó el día que mi padre murió; pero ya para ese entonces, yo guardaba y guardo los periódicos con las noticias más relevantes, testimonio claro de mis intereses.

Pero sobretodo a él es a quién me parezco: era un ingeniero que escribía poesía. Enseñó a su hija a recitar aún antes de escribir de corrido. Leí por kilos y no faltaba su Excélsior, el domingo.

Su pasión por las letras y su callada afición por la política fueron para mí como el destino manifiesto.

Soy – luego de eso y más - una joven amante de la bohemia, del buen cine, que valoro por encima de cualquier cosa la magia de leer un libro, pero que busco el mar con el ansia de encontrar mi equilibrio.

Así es que conozco Veracruz. El Veracruz de mi padre y de mi abuelo, y luego, mi Veracruz propio.

Andariega y herrante, mis años aquí han sido de descubrir lo que estaba oculto: las callejuelas, los personajes, las miradas ocultas, las muchas amistades.

Pero a pesar de mi romance con el puerto, yo anhelaba irme de aquí.

Y me fui, no una, sino varias veces.

Me fui a estudiar, me fui a intentar trabajar, me fui a buscar lo que creía que era mi hogar.

Y cuantas veces me fui, regresé.

Mis pasos han recorrido infinitamente el camino de regreso.

Cada que vuelvo, siento nostalgia al mirar por la ventana el árido campo aquel del cual ya una vez me despedí.

No he podido quedarme allá, a pesar de lo cautivante que me resulta la ciudad y de lo mucho que anhelo una actividad intelectual mayor, porque extraño el mar.

Comprendí pues, que de aquí soy. Que he caminado este camino y he arado esta tierra y que los frutos que recoja, sin duda tendrán que ver con la siembra que aquí realicé.

Aquí tengo a mis amigos, a mis colegas, a mi pequeña familia que crece con los amigos que hoy son parientes y que jamás nos han dejado solas.

Aquí he amado y me han amado y aquí he llorado de tristeza.

Aquí tengo los momentos compartidos que hacen que cuando con alguien me siento a la mesa, tenga una anécdota que compartir, porque seguramente la vivimos juntos.

No tuve miedo a empezar de cero. Me confieso rebelde y la rebeldía me da fuerza. No es eso.

Es que uno debe ser agradecido y si en Veracruz me hice, entonces en Veracruz me quedo.

Aquella tarde de otoño era 11 de agosto de 1988.

Hoy, mucho más de la mitad de mi vida, la he pasado en Veracruz.


Agosto, 2008.

Category: | 0 Comments