¿Cómo nace la jirafa?

Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.



Todo el que me conoce, sabe que no me gusta el frío. Y no por falta de abrigos, sino fundamentalmente, porque el frío me recuerda un sentimiento triste. Lo traigo a la mente en plena primavera, por un hecho tan simple, que me hace recordarlo y querer escribirlo, para rescatar este – mi blogg de Jirafa – y con unas líneas, ir a la batalla de las emociones y de las pasiones, haciendo lo que siempre hago: con mis amigos del alma disculparme por las ausencias que vienen. Resulta que hace unos años, cuando este destino laboral que rige mis días, me llevó a regresar a la ciudad galaxia, encontré mucho más que calles y lugares que conozco. La historia la saben: solo bajé del bus y me subí al tren del amor que más ha marcado mi camino en los últimos tiempos. En su departamento del último piso de aquel otoño el viento soplaba fuerte, y yo – que por aquel tiempo podía dejar de comer y de dormir contemplando el sueño del hombre que amaba-, moría de frío en esas madrugadas largas, así que él me regaló un frasquito de vaselina, para untar en mis labios y evitar que se cuartearan. Cuando ese brinco al precipicio que significó amar a alguien como él, terminó, el invierno comenzaba y el frío arreció. Supe – con los mares de lágrimas vertidos y ese vacío desesperante que me impedía dormir – que el tránsito del abandono no es lo mío. Eso es lo que me recuerda el frío. Regresé de la ciudad galaxia, con los ojos hinchados y mi tarrito de vaselina, para sanar mis alas rotas y seguir cazando tempestades. Después de México, muchas cosas han pasado. Laboralmente, la cúspide y la estrepitosa caída que me llevó a mi casi destierro. Jamás cambiaría ninguna de las páginas escritas, ni las de las horas de angustia, ni las de las enseñanzas difíciles. Templanza le pedía a Dios en mis rezos de los tiempos aciagos y con eso logré levantarme. No hay palabras para decir lo agradecida que estoy por las oportunidades que la vida me brinda. Mi papá solía decirme que “el día que él mirara sus manos y las viera vacías, era porque no había logrado construir nada” y yo miro las mías y agradezco lo que con ellas he podido forjar. Los huracanes de hace tres años - Karl y el otro – me ayudaron a dar un brinco que sin ellos, jamás habría dado. Pero también ahí – cuando el agua lo cubrió todo – decidí que mi trabajo – que me apasiona – no me separaría de quienes quiero. Gracias a todos por comprender mis tiempos. Por permitirme estar cerca cuando se puede hacerlo, y por respetar la distancia, cuando es necesario. Siempre busco la manera de hacerme presente en sus vidas, llevándolos como amuleto para las duras batallas. Cuando alguien me pregunta que porqué tengo un tatuaje, la respuesta es muy simple: decidí llevar en mi piel el recuerdo de la adolescente impetuosa, revolucionaria e irreverente que fui, y que sigo siendo. Dice esa musiquita que nos ha acompañado tantas noches “si no creyera en lo que creo, ¿qué cosa fuera?”. Mi frasquito de vaselina evitó que se me resecaran los labios en los fríos futuros del corazón. Siempre he dicho que soy una mujer afortunada. He podido compartir momentos de vida invaluables con parejas valiosas con quienes por alguna razón, “estaba escrito” que no continuaría a su lado amorosamente, pero – en casi todos los casos – he logrado tener una amistad sólida, que me alimenta el alma. Su estancia en mi vida como parejas no ha sido tan larga como quizá yo lo hubiera querido, pero a cambio, tengo cada vez más buenos amigos. Cada ruptura duele, porque es un pequeño fracaso de la esperanza del amor con esa persona. Es una pérdida y duelo que hay que vivir. Pienso mucho en el porqué las relaciones fracasan y no solo las mías, sino las relaciones de las personas en general. Lamento que el amor termine entre dos seres. Esa siempre será una catástrofe más grande que la pérdida de cosas tan simples y triviales como un negocio, un partido o una elección. Pero yo que como dije, soy cazadora de tempestades, sigo creyendo que es posible y estoy de pie una y mil veces, para volver a sentir esa emoción de estar junto a quién uno ama. El amor es como una fuente inagotable cuya agua yo he bebido y que como lo decía Sabines, seguiré en el intento rescatar al amor. Me resisto a pensar que las mujeres independientes, trabajadoras, con ciertos logros individuales-laborales, estamos destinadas a estar solas. Nosotras – todas – somos simplemente mujeres, con todo un mundo por compartir. Voy ahora a otra batalla de estas que me gustan y que me tienen aquí – después de no sé cuánto tiempo – dispuesta a llevar la resistencia al límite y capaz de crear, innovar, luchar, “ponerme la camiseta” y ganar o perder, con la pasión que por esto siento. En los últimos tiempos con mucha frecuencia digo que quisiera tan solo irme a la playa a andar en bicicleta y alejarme de todo, pero ustedes y yo sabemos que esto es lo que sé hacer, lo que me mueve y – al menos por los próximos 43 días – es lo que haré. Decido escribir – como les decía – para revivir mi blogg abandonado y por dos razones particulares: la primera, que esta semana se terminó ya la vaselina que había en el frasquito. Es increíble lo que dura esa cremita espesa. Duró más, que mis días y mis noches con ese personaje y mis días y mis noches sin él, pero todo acaba, inevitablemente. Escribo también porque hoy llega a “la Azucena” mi negra querida. Viene en mi auxilio ante la inminencia de mi locura que espero sea pasajera y solo atribuible a un proceso electoral que será un verdadero manicomio. Pero viene también a sanar su corazón. Lo que me recuerda que hace unos años fue ella la que me escuchó llorar y la que me ayudó a dejar de hacerlo. Así es la amistad que yo tengo con los míos. Incondicional, profunda y entregada. Mi casa está abierta a cada uno y mi corazón aún más. Sigamos leyéndonos pese a la distancia y la locura.

1 comments to “La historia de un frasco de vaselina.”

  1. siempre es un placer, tener la dicha de leerte
    Gracias por estar!
    besos