¿Cómo nace la jirafa?

Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.



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Ya les he contado esa historia: cuando murió Ringo, yo tardé un año en procesar el dolor de su pérdida y la tremenda sensación de culpa por algo que entiendo, fue imposible predecir y evitar. El cachorrito se comió dos bolsas de chocolates que estaban guardados en una maleta y que él hábilmente abrió y que le provocaron la muerte, a sus apenas cuatro meses.
Fue hasta que Yoli, con su infinita generosidad, me ofreció que ella podía encargarse de la crianza de un nuevo cachorro, porque según nos dijeron, mis viajes semanales no le sientan bien a los pequeñitos.
Así fue como llegó el tiempo de buscarlo, como lo he contado, con el mismo criador que el snauzzer anterior. Lamentablemente ese tipo resultó un vivales y me engañó con la fecha del nacimiento del perrito, por lo que cuando me lo llevó para su entrega, solo con verlo pude darme cuenta que era más pequeñito que lo adecuado para la separación de su madre y hermanos.
Cuando lo vi ahí, en su canastita, tan pequeño e indefenso, inicialmente pensé en no aceptarlo. Pero en ese segundo comprendí que si yo no lo aceptaba, él no lo devolvería con su madre sino que se lo daría a alguien más. Así que fue en ese segundo cuando le prometí a mi pequeño que yo lo cuidaría y lo querría muchísimo.
De nuevo Aure eligió nombre para el chiquito: Jagger.
Le tomó un tiempo despabilarse, pues era muy chiquitito y no podía ni caminar derechito, así que con mucha paciencia fue abriéndose al mundo.
Ustedes han sido testigos de cómo fue creciendo. De su descubrimiento de lo divertido que son las pelotas y luego, de lo maravilloso que le resultó comerse las plantas del jardín de Yoli, quién tuvo que mandar poner unas rejitas para evitar que “fierecilla” terminara con todas ellas.
De la mordededera de zapatos, Jagger pasó a descubrir lo que durante largos meses fue su delirio: mis jirafas. Era una cosa increíble: sólo con abrir la puerta de mi cuarto jarocho o del xalapeño, él salía volado para robárselas y huir para mordisquearla.
De todo intentamos: alzarlas, ponerle rejita a las habitaciones, regañarlo. Y nada. Hasta que comencé a comprarle sus propias jirafas, dejó a las mayores en santa paz.
Cuando al fin cumplió 6 meses vino por primera vez a casa en Xalapa. Imposible olvidar que apenas llegamos, ya estaba Yoli al teléfono para averiguar cómo había llegado su chiquito. Entonces entendí que en su corazón ya habitaba el amor hacia mi perrito, por lo que desde entonces decidimos juntas que estaría una semana con ella en el puerto y una semana conmigo y así ninguna lo extrañaría demasiado.
Con Yeyo la historia fue distinta. Él es menos afecto a la convivencia con perros y desde el principio estableció sus reglas: Jagger no dormiría en nuestro cuarto ni se subía a la cama.
Sin duda el ganón fue el perritín, porque desde ese momento la habitación de visitas pasó a ser su aposento personal y claro! El sofá de las visitas pasó a ser su cama mega gigante.
Sobre lo de no subirse a las camas – restricción que también Yoli estableció – Jagger siempre tuvo muy claro que en mí tenía a la más aliada de todas las cómplices y a la más barco de todas las madres, así que él solía asomar sus cejas coquetas por encima del colchón para averiguar si no había moros en la costa, y entonces poderse subir conmigo.
Fue precisamente Yeyo quién un día me dijo en su tono serio de quién acostumbra decir verdades, que para Jagger, yo era su mamá. Y él era mi hijo.
Y fue también él, quién más me sorprendió en la forma como cedió a la expresión de ternura y amor que el perrito le prodigaba. Por las mañanas, iba a despertarlo en la cama, poniendo su cabecita en la almohada y lanzando lamidas que Yeyo eludía pero que yo bien observaba que lo enternecían tremendamente.
Y fue Yeyo también, quién infinidad de tardes – sobre todo en los últimos tiempos – se encargaba de cuidarlo, darle de comer y llevarlo a pasear, porque mis ausencias se han hecho mayores.
Verlos jugar era un acto de ternura total: el perrito barburo y el grandote barbado.
Jagger conmigo a todos lados, se subía encima de mí, me miraba con sus profundos ojos para decirme sus necesidades, a veces revelarme que tenía miedo o a veces mostrarme su expresión de absoluta travesura.
No había alegría mayor para mí llegar a casa y saber que él saldría corriendo a brincarme encima y darme cien mil lamidas. Y no había alegría mayor para él, que escucharme llegar, porque sabía que el momento de la diversión, había llegado.
El mío era un pequeño maleducadito. Y eso que lo llevé a entrenamiento. Pero yo me negué a los castigos severos. Se lo dije a todos y me lo dije a mí misma: yo lo invité a mi vida para quererlo y para consentirlo. Le prometí que lo haría feliz y lo cumplí.
Jagger fue el más noble de los perritos, el más cariñoso y el más mimado. Era un niño travieso que con todo y sus remilgos, se ponía los atavíos que su madre le compraba.
Tenía una gran cantidad de juguetes que le guardaba en una caja y que él se encargaba de ir sacando uno por uno, para hacer su tiradero y mirarlos muy complacido, para no volver a jugar con ellos o para hacernos perseguirlo por toda la casa.
Ayer Trump, el señor azul, la jirafa, el señor chango, Charlie Brown y snoopy durmieron abrazados por mí, mientras me desvanecía de llanto.
Mi Jagger fue padre muy joven. Apenas cumplió un año, me lo pidieron para cruzarlo y lo dí. Y a él eso de la paternidad no le gustó nadita. Lo suyo era ser él el rey del mundo, trono que no compartía con nadie.
Incluso cuando en diciembre estuvo de visita la familia y trajeron al bebecito…Jagger mostró su celo y cada vez que alguien le hablaba mimado al niño, el perrito se acercaba suponiendo que era a él a quién llamaban.
Él era nuestro niño. Lo llevaba al parque, a caminar por los camellones, al bulevard a ver el mar. Él solía caminar todas las noches, pues no hacía del baño jamás en casa. Ese era el único sufrimiento de Yoli, ya que por la tremenda fuerza de mi pequeño, le metía unos jalones tremendos. Así que en el puerto tuvo varios cuidadores y claro! Sus madrinas Lolis y Ale, que lo querían muchísimo y que hoy sufren también su pérdida.
Por cuestiones de trabajo y de estilo de vida, solemos viajar con frecuencia, así que a lo largo de su vida encontramos distintos lugares en donde lo cuidaron mientras estábamos fuera, pero en donde más estuvo, fue con Osorio Kennel, quién tiene un hotel en la playa a donde los perritos conviven en libertad.
Ahí mi chiquito conoció el mar e hizo amigos. Y ahí es en donde murió antier.
No cabe el mí la idea de que no lo veré más.
Lo necesito volando para brincar a mi cama porteña por las mañanas, y jalándome con sus manitas para que lo rascara. Necesito sus lengüetazos de besos cuando lo acariciaba y su escándalo cuando cualquiera pasaba aunque fuera cerquita.
Quiero verlo lloritearle a las aves y a los gatos, para que jugaran con él, pues no le importaba nadita que fueran de otra especie.
Tengo botellas de agua vacías que regalarle para que las mordisquee y las juegue en el piso.
Comer mi manzana mañanera si él mirándome para que le dé unos trocitos, simplemente no me sabe.
Pero hay un dolor que me lastima más.
¿Quién acompañará la soledad de Yoli?, ¿quién irá junto a ella, cuando se sienta en su mecedora, para colocar su lomito para que lo rasque?, ¿quién irá a subirse a sus piernas y con su manita quitarle el dedo del celular para que solo a él le brinde atención? ¿Quién la esperará sentadito cuidándola, mientras ella se despierta por las noches para ir al baño?
Lo dije y lo pienso: él era un angelito con colita y rabo. Dice mi hermano Quique que cuando ellos terminan su labor con nosotros los humanos, se van. Así que mi niño se fue. Fue a jugar, como siempre lo hacía.
Hoy antes de que el sol se pusiera intenso, lo enterramos en el jardín de la casita verde donde Yoli y yo tenemos nuestro cementerio perruno. Puse con él a su Charlie Brown, con quién estaba jugando la mañana que lo vi partir.
Gracias infinitas a él, por hacerme mejor persona.
Esta no es solo mi pérdida. Jagger fue un perrito muy amado por su familia, por Yoli y por Yeyo. En son de broma, cuando quería llamarle la atención, le decía “su nombre completo” Jagger Humberto Contreras Mendoza, fierecilla de cariño, patotas según mi hermano. Gracias infinitas por el amor que le brindaron a todos y todas quienes le conocieron. Hay personas con quienes pude estar en contacto, a través de la magia que los perros brindan. Él supo ganarse el amor de muchos.
Hoy todos tenemos un angelito perruno. Espero verlo, cuando cruce las nubes.


Este domingo tuve una cita especial. Como saben, los domingos son los “días de Yoli” y solo hago aquello que podemos hacer juntas y desde luego, solo veo, a quién Yoli conoce, para que ella también pueda participar de la reunión.
Así que juntas nos fuimos al encuentro especial. Quedamos de vernos para tomar un café y ponernos al día y pasamos casi 5 horas platicando y no acabamos de ponernos al corriente.
Cuando la fuimos a dejar a su casita y la veía caminar por el pasillo que la lleva a su portón sentí nostalgia por no poder verla tanto como quisiera, pero también sentí alegría. Son tantos años de una amistad verdadera, que podemos hacer el recuento de los miles de momentos profundos en que estar a su lado ha ayudado a que las tempestades amainen.
Siempre que conocemos a alguien nuevo, la molesto diciéndole al interlocutor que “ella fue mi maestra”, porque en realidad nos llevamos solo un par de años de diferencia. La verdad es que miento. Ella no fue, sino que sigue siendo mi maestra.
La vida la ha enseñado a tener mesura y a ser sabia y a compartir su mesura y su sabiduría “con un típico 3, como yo” (chiste derivado del análisis de la numerología de Mel, que dice que yo soy un típico tres: ruidoso, abrumador, extrovertidísimo).
Cuando la conocí, ella vivía plenamente su etapa hippie. Con su cabello rizado y corto, detenido con una especie de cinta que la hacía ver muy simpática y diferente, sobretodo en una escuela “fresa”.
He de reconocer que en mi primer ensayo requerido para una de sus materias, me esforcé más de la cuenta para apantallarla y cuando me calificó con la criticidad que acostumbra, me enojé tanto, que rompí en pedacitos el tal ensayo y me fui con mi orgullo herido a rumiar mi coraje.
Desde que la conozco, no he tenido una pena, en la que no haya llorado en su hombro, ni una alegría que no haya celebrado a su lado.
Sin duda en los tantos años que tenemos de “celebrar la amistad” en varias ocasiones lo hemos hecho en modo pachanga, pero la nuestra no es una amistad de oropel ni de copas.
Entre nosotras por tanto no hay esas cosas que tanto lastiman como: comentar por la espalda, fraguar travesuras que traicionan, mentir, ser cómplice de quienes no reconocen en ti tus virtudes pese a tus muchos defectos. Esas son amistades falaces. Amistades de rato. Amistades vacuas, con las que sí, de pronto uno un día ya simplemente pues no comparte ni coincide.
La amistad verdadera no conoce de eso.
Nosotras no tenemos un chat, de hecho ella lucha por conectarse tecnológicamente pues en el fondo sé, que preferiría no hacerlo.
En un restaurant, ella no toma agua embotellada, yo jamás tomo agua en un vaso. Ella hace su compra en el mercado y yo ya hasta por internet pido la despensa. Ella está completamente dormida a las 10 de la noche y a mí me dan la 1 de la mañana y sigo con el ojo abierto.
No importa como sea ella ni cómo sea yo.
Somos amigas en una amistad profunda y verdadera. Fuimos “extranjeras” en una tierra que no era la nuestra, y nos hermanamos y nos hicimos familia. Hicimos del mar nuestro hogar y ahí fincamos nuestros futuros.
Cargué a sus hijos cuando nacieron y ella con su pequeña y sus botitas de plástico, fueron a ayudarme a secar los estragos del agua, cuando la casita verde se inundó.
Me ha encantado pasar la vida con esta amistad sincera que compartimos.
Encontré esta foto en mis memorias y la edité, para recordarnos a ella y a mí cómo éramos en esos tiempos. Es una foto de los primeros años de nuestra amistad. Éramos sumamente jóvenes ahí. Estábamos en la casita de antes. Ella con sus rizos al aire y yo con mis aretes largos.
No usó más los aretes así, y ya no vivimos en esa casita.
Pese a los cambios que el tiempo ha traído, nosotras seguimos siendo amigas. Y lo seguiremos siendo.
Gracias Maga. Fue un domingo sensacional.




Son estas fechas las que me llevan a reflexionar sobre la vida y lo que me rodea.

Mi padre decía que valorara siempre lo que he hecho, cuando me mirara las manos y viera lo que con ellas había construido.

Alguna vez he plantado árboles. Un día escribí un pequeño libro de poesía que sólo regalé a mis amigos y no he tenido hijos y aún así, siento que he tenido una vida plena.

Vivo a un ritmo vertiginoso, pero he luchado porque la locura no le gane al corazón y pese a todo, sigo disfrutando de las cosas más sencillas, para no perderme nunca de la ruta que tracé, ni dejar de sorprenderme por las maravillas que en verdad valen la pena.

Atesoro algunas cosas, dependiendo del momento de la vida en que me encuentre. A veces tengo mis largos episodios de enamoramiento con los libros y otras veces, los traiciono un poco para refugiarme en las películas que me hacen volar.

Estas aficiones que han sido mis grandes maestras en la vida, me han regalado a ciertos personajes que me robé de las portadas o de las páginas o de las pantallas, para traerlos a mi vida diaria, como es el caso que precisamente motiva hoy mis palabras.

He leído casi todo lo de él y sobre él. Ya saben que en su honor me robé las jirafas, la primera de las cuales precisamente se llamaba Gaba.

Sus letras, pero sobretodo su vida, me han motivado a seguir el encanto del placer de la vida y a encontrar en ello una inspiración natural.

Me encantaría poder dedicarme a las letras y olvidarme de las otras tareas que ocupan mis días.

Como no puedo hacerlo, admiro mucho más el valor de quienes encontraron el camino de las letras como él.

Seguidora que soy de sus andanzas, he estado atenta a su estado de salud y por ello es que esta carta – su carta de despedida – me ha sobrecogido tanto.

Con lágrimas en cada una de las palabras que plasma en ese breve texto, decido compartírselos, para que, di ya lo conocen, lo relean y si no, se den un momentito para comprender la forma en que un genio se despide.

Yo? Dios mío, me falta aún tanto y tan poco, que me quedo con las palabras del Gabo y disfrutaré aún más de cada segundo.

Besos de viernes.

M.



"Se despide un genio"

Gabriel García Márquez se ha retirado de la vida pública por razones de salud: cáncer linfático. Ahora, parece, que es cada vez más grave. Ha enviado una carta de despedida a sus amigos, y gracias a Internet está siendo difundida.

Les recomiendo su lectura porque es verdaderamente conmovedor este corto texto escrito por uno de los Latinoamericanos más brillantes de los últimos tiempos.


"Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.

Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan.

Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen. Escucharía cuando los demás hablan y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate!

Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo, sino mi alma.

Dios mío si yo tuviera un corazón, escribiría mi odio sobre el hielo, y esperaría a que saliera el sol. Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti, y una canción de Serrat sería la serenata que le ofrecería a la luna. Regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos...

Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida... No dejaría pasar un sólo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer u hombre que son mis favoritos y viviría enamorado del amor.

A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse! A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo aprendiese a volar. A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido. Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres... He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada. He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre.

He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse. Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo.

Siempre di lo que sientes y haz lo que piensas. Si supiera que hoy fuera la última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría al Señor para poder ser el guardián de tu alma. Si supiera que esta fuera la última vez que te vea salir por la puerta, te daría un abrazo, un0 beso y te llamaría de nuevo para darte más. Si supiera que esta fuera la última vez que voy a oír tu voz, grabaría cada una de tus palabras para poder oírlas una y otra vez indefinidamente. Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo diría "te quiero" y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes.

Siempre hay un mañana y la vida nos da otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuanto te quiero, que nunca te olvidaré.

El mañana no le está asegurado a nadie, joven o viejo. Hoy puede ser la última vez que veas a los que amas. Por eso no esperes más, hazlo hoy, ya que si el mañana nunca llega, seguramente lamentarás el día que no tomaste tiempo para una sonrisa, un abrazo, un beso y que estuviste muy ocupado para concederles un último deseo. Mantén a los que amas cerca de ti, diles al oído lo mucho que los necesitas, quiérelos y trátalos bien, toma tiempo para decirles "lo siento", "perdóname", "por favor", "gracias" y todas las palabras de amor que conoces.

Nadie te recordará por tus pensamientos secretos. Pide al Señor la fuerza y sabiduría para expresarlos. Demuestra a tus amigos cuanto te importan."

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Un buen día de hace varios años, le pregunté a una querida amiga ¿en donde está mi hogar? Con relación a mis constantes cambios de ciudad por motivos de trabajo y a esa extraña sensación que de pronto me invadía por las noches, de no pertenecer realmente a ningún lado. La historia es larga, pero se resume fácil: nací y viví mis primeros años en el DF y llegué – por azares de la vida – a vivir al puerto en el inicio de una adolescencia en donde “ni dejaba de ser chilanga” “ni era por completo jarocha”. Resolví mi dilema, acostumbrándome al sol y al son y viajando por estancias largas al DF que siempre me trajeron de ida y vuelta, recorriendo mil veces el camino de regreso. Sin embargo, mis ires y venires cambiaron de giro. Un día, decidí trasladar mi espacio laboral de lo académico a lo político electoral, espacio que por varios años ya – muchos más de los que pensé en un inicio – me han traído viajando y viviendo de ciudad en ciudad, con todo lo que esto implica. Mi primera época en Xalapa no fue muy trascendente. La ciudad y yo no nos encontramos y aunque – como siempre – elegí un lugar para vivir durante mi estancia, acabé viajando casi a diario entre el mar y la montaña, conociendo únicamente esa ruta del camino. Tiempo después llegué al DF de nuevo, siendo – lo que en ese tiempo llamaba “población flotante”. Una especie de “ocupa” fresona (no puedo negar la cruz de mi parroquia) que a veces estaba y otras no. Gracias a la hospitalidad de la Negra, compartí su bello y amplio espacio en la Roma, que pese a su gran calidez y sus ricas ensaladas, nos demostró a quienes ahí vivimos, que era un departamento bañado en lágrimas. No la política sino el desamor me trajo de vuelta, cuando mis planes eran quedarme, demostrándome que mi camino es más bien estar abierta a los cambios que en él se suceden. Luego de una larga temporada en el puerto, hace poco más de dos años y medio, regresé a vivir a Xalapa en lo que llamé mi propio exilio. Una tarde de invierno llegué con mi pequeña maleta, lloviendo en la ciudad y lloviendo en mis adentros. He compartido en más de una ocasión esta historia. Cuando llegué a Xalapa, tenía tres meses de no trabajar. Dos huracanes pasaron por mi vida: El Karl que inundó nuestra Casita Verde, y el “otro”, que me dejó sin empleo, sabiendo además que al menos por un tiempo, eso a lo que yo me dedico, no podría hacerlo en esta ciudad que es mi casa. Entendí que había que poner distancia y así lo hice. Sin dinero, en una situación complicada, llegué a vivir a una ciudad, en la que me he tomado mi tiempo, para aprenderla a querer. En estos 31 meses puedo contar mi estancia xalapeña…desde el punto de vista inmobiliario. Desde el cobijo inicial de mi querida Lily, hasta la recomendación de Kike para ser su vecina y luego, la llegada de Wera como mi rommie de vida, con quien prácticamente salimos de escape de aquel departamento lindo, por el gas que evidenció lo malas domésticas que ambas somos, para llegar a compartir casa y vida en La Azucena, gracias a la generosidad de mi querida Mariana y su mami. La Azucena fue – desde un inicio – una casa demasiado grande para mí e incluso para las dos. Tres plantas de una hermosa casa, decorada por un gran árbol, nos hacían conocer sus muchos sonidos, que por las noches nos despertaban. Decidimos ambas tener el mínimo mobiliario, para una casa que fundamentalmente era “para dormir”. Nosotras “no vivimos aquí. Solo trabajamos aquí” y “no necesitamos más”. Les comparto que, ni siquiera una foto coloqué en ninguna de las muchas paredes de la casa. Desapego lo llamé. Yo “solo estaba en Xalapa de paso” y he desmontado mis viviendas en tantas ocasiones, que esta vez preferí la austeridad como decoración. En La Azucena, Wera y yo no estuvimos solas. Así como decidimos juntas que tendríamos pocos muebles, también coincidimos que nos gustaba compartir la casa con nuestros amigos. Tener una “casa de puertas abiertas” es algo de lo mucho que nuestra amistad comparte, así que vivieron con nosotras – al menos por un tiempo – Maga, Gigi, Negra, desde luego Poe – al que mis alergias ahuyentaron – y los amores suyos y los amores míos que harán siempre los momentos vividos en esa hermosa casa, parte de esos recuerdos que jamás se olvidan. Llegamos de paso – por el incendio de la estufa en el otro departamento – y nos quedamos dos años. Muchas historias que contar en ese tiempo: alegrías, sorpresas, disgustos, complicidades. Una parte de la vida compartida con alguien, en un lugar. Bueno, hasta el extremo de aparecerme en sus sueños, es parte de que tendremos en común por siempre. El ciclo concluyó y fue hora de partir a buscar cada quién su camino. Ya el tiempo nos dirá qué pasa. Pese a que por lo general estoy abrumada de trabajo, le doy mucho tiempo a la reflexión. Me conozco perfectamente y sé que de todos mis demonios, hay uno que en particular me ronda: no sé estar sola. Por eso, cuando terminó la campaña y Negra que estuvo poco tiempo y Wera se fueron, entendí que era el momento. Tomé dos decisiones importantes para mi vida. La primera, tiene que ver con “darle chance a Xalapa” como tantas veces me lo dijo Maga. En realidad, ya no es para mí un lugar de paso. Mi camino – al menos por ahora – sigue estando laboralmente asociado a la montaña y la neblina y es tiempo que yo me dé más a involucrarme con esta ciudad, que me abrió sus puertas y que me ha dejado crecer. La segunda decisión tiene que ver con que es tiempo de vivir sola, en mi propio espacio, con muebles y cuadros en la pared que me hagan sentir a gusto en mi casa. Justo ayer terminé de acondicionarlo poniéndole mi sello personal y cerré ya las puertas de La Azucena. Es un pequeño departamento, ideal para alguien que vivirá sola, pero que siempre estará encantada de recibir visitas. Desde mañana, mi nuevo domicilio está allá, por donde las calles tienen nombres europeos, pero mi hogar es y seguirá siendo mi casita verde de Veracruz. M. Agosto 4, 2013

Hace minutos que ha comenzado a correr el último de los días del año y elijo que sea este el momento de reencontrarme con las letras, que durante meses, que durante días, que por muchas horas me han sido negadas.

Suelo compartir con los míos mensajes personales que ilustran mi sentir y que aspiro que sean el equivalente del abrazo o el beso, que llegue a cada uno en el momento preciso.

Por un momento pensé que se me terminaría el año, sin el esperado reencuentro con las letras, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de escribir y con ello, de cerrar un ciclo.

Trataré de explicarme mejor…

Me defino como “un animal de costumbres”: cuando encuentro un restaurant, voy a él hasta tres veces en un mismo día; veo el mismo tipo de películas y en mi auto puede sonar el mismo disco que es siempre de los mismos cantantes, durante incontables ocasiones.

Me gusta comprar ropa y maquillaje, aunque sea común que vista los mismos jeans con tennis y ande con la cara lavada.

Soy profundamente desesperada, nerviosa hasta decir basta, me muerdo las uñas y fumo como loca. No como carne de cerdo, ni tomo refresco de cola, pero es común verme con mi lechero a cualquier hora.

No me gustan las explicaciones fáciles, las respuestas sin sentido, lo no razonado. Le doy vueltas, hasta a la cosa más simple, pues me preocupa la congruencia, aunque con frecuencia no lo parezca.

2009 estuvo lleno de eso: con más cine que lecturas, cumplí mi propósito de ver más a mis amigos y sobretodo en tiempo de calidad; conservé mi recién adquirido hábito del deporte y pude cambiar mi coche.

Confieso que no cumplí mejorar la puntualidad. Trataré de no llegar tarde cuando vuelva a prometer lo mismo.

Pero particularmente recordaré este año por tres cosas:

Este año cumplí 35 años y eso me emociona. Me siento plena, tengo la vida que he querido y con todo y las muchas muchas caídas, el esfuerzo ha valido la pena.

En segundo término, el camino de las pasiones políticas me llevó a dejar Xalapa, ir a campaña por tercera vez y cumplir el objetivo de irme a México, aunque fuera en calidad de “población flotante”. Ahí inicia – o al menos creo – la causa de mi paréntesis epistolar,

La tercera cosa por la que 2009 será para mí un año para recordar se relaciona con el amor.

Me lo encontré a la vuelta de la esquina, o para ser más precisos, en una estación de autobús.

Suelo escribirles cuando en mi vida ocurren toda clase de situaciones. A veces lo hago en prosa o en verso. Por lo general lo hago, como parte de un proceso de catarsis, que me ha permitido sortear mis demonios, exorcizándolos literariamente y así, es que les he narrado otros desamores (incluso cibernéticos), pero les he contado también de situaciones familiares e incluso he tratado temas tan coloquiales, como aquel ladrón que visitó mi casa.

Pero esta vez no pude escribir.
No supe hacerlo.
No quise hacerlo.

Se llama tristeza profunda cuando uno no alcanza a comprender que se ha llegado tarde a la historia de amor que hubiera querido escribir. Esa tristeza, me recordó el dolor de la pérdida de lo que se aspira a amar.

No importa cuánto tiempo duró, pues ¿cuánto dura una ilusión?

Por eso no pude escribir, pero tampoco quise hacerlo, porque como el acto de cerrar un episodio y este episodio no lo quería cerrar.

No quería ni pronunciar mediante la escritura alguna palabra que a mí me revelara el reconocimiento de lo que para otros es obvio: el “amor” terminó.

En el clímax, él se fue. Me pidió tiempo y yo decidí que valía la pena esperar.

¿Cuánto?

Lo que sea. Esperaría.

Hoy – al escribir esta carta a ustedes – libero y me libero, porque solo así entiendo el amor.

Luego de mis lecturas de Sabines a lo largo de la vida, ahora entiendo perfecto el sentido de sus Amorosos cuando dice “el amor es la prórroga perpetua”.

Sus versos se convirtieron en las oraciones que han acompañado mis mil noches de desvelo, hasta reencontrarme – junto con las palabras – al sueño.

¿Qué como sé que me enamoré? Sólo lo sé.

Entre el barco sin capitán y sin timón en el que me he sentido en el ámbito laboral y la lucha de mis caídas amorosas, me perdí.

Un buen día me encontré a mí misma preguntándome ¿en donde es mi hogar?

He estado un rato en el silencio de mis pensamientos, un poco ausente de algunos y muy incisiva con otros, buscando mis propias respuestas.

Hoy – unas horas antes de que termine el año – escribo para decir, que mis aguas están tranquilas.

Seguro el año que comienza me traerá nuevas preguntas, que ya encontraré la forma de ir buscando resolverlas.

No creo que los años sean fáciles o difíciles.
No creo en la suerte.
No creo en los horóscopos, aunque soy sagitario y en buena medida eso me define.
No creo que el tiempo de los unos, sea el tiempo para todos.

Creo que cada quién escribe su libro, como puede y como quiere, aunque a veces ambas alternativas sean autoexcluyentes.

Prometo que la próxima vez que escriba, no sólo hablaré de mí.
Pero sí prometo que volveré a la narrativa, como uno de mis mayores propósitos para el 2010 y para el resto de mi vida.
Como también volveré al feminismo que me rescata y a la academia que alimenta mi pensamiento.
En mi proyecto, más que nunca está el tomar a cada uno de ustedes de la mano, para no perderme.

Gracias por estar, por escuchar, por ser.

Yo aquí estoy también.

Feliz año nuevo.

Me gusta la aventura y me voy a ella.
A seguirla, a ir a donde vaya.
Soy una buscadora de experiencias, una leona a la que no le gusta la jaula, una atrevida.
Regreso pronto.
Dejo mi cama tendida, mi ropa del caluroso infierno jarocho, mi jirafa con la que duermo todas las noches como el secreto que de mí nadie sabe.
Me llevo lo que cabe en mis maletas y en mi corazón.
Ese alberga la curiosidad que llevó a Colón a un mundo nuevo y el hambre de aprender de todo de mi sobrina Majo.
Me llevo el ruido que va conmigo a todas partes.
Las veintemil palabras que por minuto pronuncio.
Haré de nuevo al trayecto de un lugar a otro, mi domicilio.
El ir y venir que a lo largo de mis años ha sido constante.
Espero me esperen.
Pronto volveré a mi hogar.
A mi casa verde, a comer la sopita de Yolanda, a mis desvelos nocturnos.
Por ahora, "tomaré el tren de las 12" para partir al destino sin fin de las pasiones políticas estas que me mueven desde hace tiempo y que han ocupado mi ser, devorándolo intensamente.
Mando ciber besos, siempre como la forma de decir: "los quiero".
Luego nos vemos.
M.

Septiembre, 2009