¿Cómo nace la jirafa?

Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.



(Dedicado a mis alumnos)

El avión aterrizó en el aeropuerto internacional José Martí el sábado a las 9:30 a.m. hora local y a pesar del cansancio, la expectación del grupo por conocer la ciudad mítica nos mantenía ávidos de todos los detalles que comenzaban a revelar la realidad del paisaje.
26 almas que por primera vez pisábamos La Habana, llegamos desde el puerto jarocho a la ciudad que más se le parece en el mundo.
Un sábado de aclimatarse, de comer platillos extraños condimentados con salsa de bote, de caminar por la zona del Vedado, de conocer la profundidad del mar desde la noche en el malecón habanero y un domingo nublado en el paradisíaco Varadero, que con su arena blanca y sus olas turquesa, se asemeja al caribe cancunense, pero con la inocencia de un desarrollo turístico menos explotador.
Así llegó el lunes y con él, el inicio de las actividades del V Encuentro Estudiantil de Comunicación México – Cuba.
Nuestro arribo a la Universidad de La Habana representó desde el inicio, romper con muchos de los cánones que nuestra realidad impone.
Una casa habilitada para Facultad, en donde coexisten tres licenciaturas (comunicación, periodismo y biblioteconomía) nos abrió sus puertas para escuchar la primera ponencia magistral sobre las tendencias actuales en cuanto a estudios de las ciencias de la comunicación, charla que resultó estimulante, pues nos permitió confirmar que hablamos el mismo lenguaje en términos teóricos.
De inmediato, la primera ronda de ponencias entre los estudiantes, divididos la mitad el lunes y la mitad el martes, para dar un total de 6 ponencias de estudiantes mexicanos y 5 de estudiantes cubanos, mismas que provocaron inmediatas reacciones entre los asistentes.
Fue muy impresionante para el grupo en general conocer el elevado nivel académico de los estudiantes cubanos, lo que se tradujo en un manejo discursivo y dominio del escenario, que sólo quién conoce a la perfección su disciplina, puede lograr.
Para la hora de la comida, el grupo se separó y emprendimos distintos recorridos para desnudar una ciudad sin duda fascinante, que me llevó a comer delicioso en La Bodeguita de en Medio y a dar un recorrido en carreta por La Habana Vieja, entrando con ello en el túnel del tiempo de una ciudad en cuyas estructuras y andamiajes ha logrado conservar los aires que le dieron origen.
Un centro histórico muy grande, con muchísimo que ver, con un sentido de la historicidad en cada calle, en cada pared que permite disfrutar al máximo el esplendor del ayer y del ahora.
Para el segundo día, la conferencia magistral inicial fue impartida por el Decano de la Facultad, Mtro. Julio García Luis sobre el periodismo, materia en la que sin duda es experto, pues ha sido asesor de prensa del gobierno cubano y catedrático de gran envergadura.
Después de la ronda final de ponencias de los alumnos, vino la conferencia magistral por mí impartida titulada “Comunicación y Género” y de inmediato, la deliberación sobre los lugares a otorgar a los ponentes.
Luego, un segundo día para comer de nuevo en La Bodeguita y – ya habiendo conocido La Habana Vieja de manera general – una visita al Museo Nacional de Arte y sobretodo, al Capitolio, edificio impresionante, por donde quiera vérsele.
De ahí, un muy divertido viaje en convertible del centro hasta El Morro - que son los restos de la muralla que alguna vez rodeó a la Ciudad – nos permitió disfrutar de la más bella vista que haya apreciado jamás, de una Habana que se rinde hermosa a los pies de esta cerranía, desde la cual caminamos lo que inicialmente debieron ser 2 kilómetros que se convirtieron en 5 y que nos llevaron a los pies del Cristo monumental que se yergue sobre la ciudad, y que se distingue de los otros cristos del mundo, por no tener los brazos abiertos, sino cerrados (“buscando su habano” dicen los cubanos).
Simplemente mirar cómo cae el atardecer y cómo paulatinamente la ciudad comenzaba a encender sus luces, hasta teñirse de un vivaz colorido, me permitió saber porqué dicen, que quién visita La Habana una vez, siempre regresa.
El miércoles fue el día de emprender un largo viaje hasta San Antonio de los Baños, sitio en donde se ubica la Escuela Internacional de Cine fundada – entre otros insignes personajes – por Gabriel García Márquez, el buen Gabo que en su faceta de cineasta propuso a Fidel Castro crear una escuela que promoviera el arte fílmico sin ser del Estado, sino que funcionara a través de una ONG que gestionara recursos para la operación del centro, mismo que es considerado el mejor de América Latina y que es referente obligado no sólo para el cine cubano, sino para el séptimo arte mundial.
De regreso a La Habana, la visita dividida a la estación de radio y a la repetidora de televisión, que se encontraba justo en el proceso de convertirse en canal nacional con todo el proceso de incorporación tecnológica que ello implica.
Una noche de baile cubano para despedir La Habana un día antes de partir y un último día de playa – ahora sí soleado – fueron el preludio de la ceremonia final organizada por nuestros amigos, los estudiantes y maestros de la facultad de comunicación de la Universidad de La Habana, en donde por fin se entregaron los diplomas de participación a todos los asistentes y ponentes, así como las premiaciones a los más destacados presentadores de la jornada.
Un primer lugar muy merecido para Ileana Ramírez Domínguez de 8ªB con su proyecto de las Telenovelas, un tercer lugar para Angélica Seshet Conde Maldonado y Miriam López Navarrete con su investigación sobre la Movilidad Estudiantil y una mención especial para Galia Hernández García y Jacqueline González Islas, con su investigación sobre la Violencia hacia Mujeres Indígenas en la Sierra de Zongolica.
Algunas horas después, con el cansancio de una semana muy larga, emprendimos el camino de regreso.
Muchas cosas cambió La Habana y muchas más que espero cambien.
A menudo, mis alumnos me comparten sus inquietudes de insatisfacción por cuestiones cotidianas relativas a la escuela y en general, los encuentro desencantados o quizá sea mejor decir, menos enamorados de la carrera que estudian de lo que yo en su tiempo estuve y de lo que hoy como profesora, quisiera.
Siempre mi respuesta a eso es que “las instituciones no hacen a las personas. Uno es del tamaño que quiera ser”.
En Cuba me encontré estudiantes que no tienen idea de lo que es “bajar” sus tareas de Internet, que sólo tienen un ejemplar de cada libro en su biblioteca y que aún así los devoran no sólo para aprobar sus clases, sino para aprender esa ciencia que estudian.
Me encontré muchachos vitales, que también se divierten y bailan, pero que se ganaron – con mucho esfuerzo - su derecho a asistir a la Universidad.
Digo “se ganaron”, porque en el nivel pregrado ellos trabajan en labores del campo y estudian, ingresando al nivel superior sólo aquellos que tienen mayores capacidades.
No cabe duda que el no contar con todos los satisfactores que brinda la vida universitaria en nuestro contexto, estimula el deseo de superación y permite valorar al máximo cada una de las pequeñas cosas que se poseen.
Ninguno de esos chicos tiene la mita de los recursos con los que cuentan mis estudiantes, pero en sus miradas ví una llama encendida, que me frustra no encontrar cada mañana que llego al salón a dar mis clases.
Esa llama no se aprende, se tiene o no se tiene.
Ojalá alguno la encuentre.
Mientras tanto, ya planeamos varios nuestro regreso a Cuba.

Abril, 2005

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