A mis nuevos amigos.
"Si me preguntan qué es mi poesía
debo decirles: no sé;
pero si le preguntan a mi poesía,
ella les dirá quién soy yo".
(Pablo Neruda)
¿Cuál es el momento en que un viaje inicia?
¿Es desde que por primera vez se planean las ruta y los tiempos para llegar a ese lugar que todavía se antoja lejano?; o ¿es en los días antes de partir, con los nervios y las últimas compras?; o ¿en los cafés, cuando con amigos comentamos cómo será ese lugar, al que aún no llegamos?
Para mí este viaje inicio en el avión, después del trayecto por tierra al D.F. y una muy larga espera en el aereopuerto metropolitano, donde por horas deambulamos, intercambiando las primeras pláticas, entre 25 personas que aunque nos conocíamos de vista, poco habíamos intimado…hasta ese momento.
Diez horas de vuelo para llegar a Santiago, cruzando el continente de noche hasta llegar al Sur con el alba, en una mañana lluviosa del invierno andino.
Luego, el azar para distribuirnos en dos lugares de hospedaje, lugares que se convirtieron en mucho más que el sitio donde pasar la noche, pues el sistema de hostales – tan común para los europeos – nos obligó a dormir colectivamente, compartir el baño y los espacios y en general, a sintonizarnos con una forma distinta de viajar y de vivir.
Después de instalarnos…a desnudar Santiago.
Una ciudad ordenada, con una perfecta traza urbana, semaforización sincronizada que incluye cámaras en las principales paradas – lo que la convierten en la ciudad más segura de América del Sur - con calles y plazas limpias y un sistema de metro hermoso y eficiente.
Las ciudades se conocen por su comida y para comer rico, nada mejor que los mercados, sitio en el cual comenzó la experiencia se ser mexicano en Chile, pues a los dos minutos de comenzar a comer, todo el restaurant sabía nuestro origen y cantaba nuestras canciones, haciendo un colectivo variado de Brasileños, Peruanos y Chilenos que con suma calidez demostraban su afecto.
De ahí, a conocer su universidad.
La experiencia de estar en la Católica de Chile fue muy singular. Un enorme edificio perfectamente conservado, que al interior y al exterior muestra su majestuosidad y que enmarca lo que contiene: el más elevado nivel intelectual de un país pensante, lo que sin duda les coloca como una de las cinco mejores universidades sudamericanas y que en materia de comunicación, también se destaca.
La estancia de tres días en Chile incluyó – evidentemente – el recorrido por el orgullo chileno.
El vino de Chile – dicen los ahí nacidos – es mejor que el francés y el español, pues sus viñedos tienen las condiciones perfectas de altura y humedad como el de Concha y Toro, en cuyo viñedo nos introdujimos para conocer el fascinante mundo de la uva, la catación de los blancos y tintos y las cavas con sus barricas, donde nace la leyenda del Casillero del Diablo, que no es el más importante de la firma.
Los días en Chile nos permitieron también conocer la conurbación de Valparaíso y Viña del Mar, con el eclecticismo de la mezcla que para nuestros referentes podría ser lo popular de un La Habana y lo moderno de Acapulco.
Viña es hermoso, sí; pero Valparaíso hace honor a su nombre. Sus callecitas empinadas, sus muchos miradores, sus pintorescas casas pobres y sobretodo La Sebastiana.
El idealismo de la generación en que nací, soñaba con llevarme en aquellas tierras a la mítica Isla Negra, ese lugar en donde Neruda se refugió tantos años, pero el escaso tiempo del que disponíamos nos llevó a ésta, la más extraña de las construcciones en que el poeta vivió y desde donde es imposible no sentirse admirado.
Cinco pisos entre los que se distribuyen escaleras y habitaciones sin sentido, espacios todos llenos de objetos materiales – desde obras de arte valiosísimas, hasta piedras del río – que le dan a Neruda el mote de “cosista”, por su inefable hábito de coleccionar las cosas del mundo en que vivió y que le acompañaron.
Tiempo faltó para recorrer Santiago y disfrutar aún más del cobijo que nos brindó y del que gozamos a manos llenas, con los recorridos de día y el esplendor de su noche – tan majestuosa – que hasta el amor floreció.
De ahí a Buenos Aires, el destino principal y el enigma más grande.
De los argentinos todos suponemos mucho, pero sabemos muy poco.
El itinerario contemplaba un par de días iniciales en la capital bonaerense, antes de hacer otro viaje cercano, días que se convirtieron en el ajuste del hospedaje, de este estilo tan distinto de viajar.
Esos primeros días fueron el inicio de caminatas muy largas, recorriendo las calles de una ciudad impresionante, pero de esos primeros días lo que más recordaré siempre, fue el cementerio de La Recoleta, uno de los tres camposantos de la capital, el destinado a la oligarquía, el que enterró a sus muertos con todo el lujo del que tuvo acceso y en el que se guardan las más interesantes leyendas de una ciudad que vive en pasado.
Ahí, en el barrio más elegante de Buenos Aires, debió estar enterrado el gran Jorge Luis Borges – junto a todos los suyos – pero que en esas inconsistencias de la vida, fue a morir a Ginebra, amando tanto a su tierra.
Ahí también está enterrada Evita – esa mujer tan aclamada por unos y odiada por otros – que trasciende a lo terreno para convertirse en mito y cuyos restos descansan en el único sitio donde no le hubiera gustado estar y al que ingresó – después de años de rodar su cadáver por el mundo – para descansar junto a sus detractores.
También en esos días estuvo el encuentro con el tango, ese ritmo de melancolía tan enigmático y profundo, que en ningún otro sitio se siente y se baila como en la tierra del propio Gardel.
La siguiente parada era Uruguay y en plena mañana con la bruma hasta el suelo, partimos de Puerto Madero para atravesar el Río de la Plata y llegar a Colonia, el puerto del vecino país.
Las palabras faltan para explicar la profunda sensación de estar ahí, quizá sólo la poesía – si es que a los sentimientos en palabras así se les llama – lo pueden permitir:
Encontré mi lugar
que es el centro del mundo.
El punto exacto
entre el norte y el sur.
La ciudad que es galaxia
y el universo mismo,
El sitio en que quisiera vivir.
Colonia es el nombre
cuyas calles son magia,
y su ritmo es la pausa
del mundanal vivir.
Su antigua belleza
y el mito que encierra
me traerá de vuelta,
aunque deba partir.
De Colonia a Montevideo por tierra, para encontrar ese sitio que tantas veces recreé a través de Benedetti y de Eduardo Galeano, con su hermosa ciudad vieja y su muy larga rampla, en cuya punta se une el Río de la Plata con el océano Atlántico y en cuyas calles abunda la diversidad – que contrasta con el aire homogéneo de los porteños – y que exhibe orgullosa su oferta cultura.
En Montevideo también estuvimos en su Universidad Católica, no tan majestuosa físicamente como la de Chile, pero absolutamente interesante en lo que ofrece y el trabajo académico que realiza.
La recepción de la Universidad contempló algo que en lo personal necesitaba: una amplia explicación de la situación uruguaya y del sur en general, desde su fundación hasta su hoy, pasando por años de las dictaduras hasta lo que el propio Galeano llama las “democraturas”.
El regreso a Buenos Aires significó también la división del grupo, pues desplazarnos siendo tantos, resultaba prácticamente inoperante.
De ahí los días por venir cada uno bebimos a cántaros el esplendor de Buenos Aires, con sus edificaciones impresionantes, sus largos pasajes y su mucho que dar a todas horas.
No sé – cuando el tiempo pase – cuál de las imágenes que ví, será la que más recuerde: si el esplendor de La Recoleta, la tranquilidad de Palermo, el enigma de Santelmo, el delicioso caminar por Corrientes – con los hilos de gente que viene y va – y sus muchos teatros, los cafés de la Avenida de Mayo; las tiendas de Santa Fé; el “shopping” más grande de América Latina (que nos demostró que aún en crisis, hay quienes tienen mayor poder de compra), el fascinante barrio de La Boca con su estadio – del cual trajimos un poco de pasto - o el enloquecedor paso por la 9 de julio, con sus 26 carriles vehiculares y las luces multicolores que lo visten de noche.
Creo que definitivamente guardaré en la memoria el caminar por la calle Florida, pasaje que atraviesa el centro porteño y que refleja perfectamente el ritmo al que late el lastimado corazón de este pueblo, pues a todas horas uno encuentra en su andar, grupos de músicos que magistralmente interpretan todos los ritmos, o cómicos que con un extraño humor hace reir a la clase trabajadora que con muy poco se divierte y distrae, refllejando la necesidad de huir de una realidad que lastima.
Me quedo también con la sensación que me producían los majestuoso s edificios que a cada paso veía, pues si estos son los edificios de la capital de un país en crisis, cómo debieron ser en la época de esplendor y más aún, cómo debió vestir la gente que los habitaba y cómo era su vida entonces.
Hoy todos evocan la “belle epoque” como quién no quiere despertar a un sueño que parece pesadilla y entonces, cómo evitar comprender a los argentinos, que teniéndolo todo – por errores de “otros” – hoy deben volver a aprender a vivir.
Una buena parte del grupo – que en algunos días creció de los que al inicio éramos – emprendió la aventura hacia las cataratas de Iguazú, recorriendo por tierra un largo camino hasta el esplendor Brasileño, lo que trajo a su regreso la impresión provocada por la magnificencia de la naturaleza. Para los que nos quedamos, la ciudad fue nuestra selva, con misterios que no se agotaban.
Un par de semanas después, a lo que venimos.
El III Congreso Panamericano de la Comunicación es uno de los eventos mundiales de la comunicación más importantes y en esta ocasión, la gigante construcción de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires fue la sede para casi 1,200 asistentes y cerca de 400 ponentes de entre quieres destacaba la presencia del maestro Armand Matterlat, el hombre tantas veces leído por quienes tenemos a la comunicación como ciencia de estudio y que se presentó a impartir la conferencia magistral con la humildad de los grandes, en un nivel intelectual digno de toda expectativa.
Los días de Congreso fueron sumamente interesantes. Ponencias simultáneas entre especialistas que disertaban sobre problemáticas diversas y que – muchas veces a pesar de lo estrictamente organizativo – permitían dimensionar nuestra realidad en materia de comunicación.
Un honor ser ponente en un evento de esta magnitud y hablar de comunicación política y hablar de mujeres, siendo ser una de las pocas mexicanas en el programa general; pero sobretodo, un honor el que todo el grupo de Veracruz asistiera a brindar su apoyo.
El evento fue muy elevado para el nivel estudiantil incluso para los estudiantes argentinos, pero para los profesores fue la perfecta oportunidad de ver en donde estamos y hacia a dónde vamos, lo cual le dio sentido a un viaje tan largo y a un destino tan lejano.
Para todos, el mayor aprendizaje no estuvo en los días de Congreso sino en el proceso de ir a conocer cómo viven en otros países, cómo se siente la vida ahí y sobre todo, qué es exactamente eso de ser latinoamericanos.
Hace varios años que imparto clases sobre éste continente y nunca hasta ahora los había entendido mejor.
Cuando uno viaja, efectivamente conoce las diferencias incluso de lenguaje, que nos hacen cometer errores tan simpáticos, como llamar a las cosas por nombres que en otras latitudes no significan lo mismo; pero más allá de eso, se puede comprender la maravilla de parecernos tanto.
Cuando abordamos el avión de regreso - junto con el cansancio, la nostalgia de la partida y la alegría de poner fin a la estancia en la “casa de Big Brother” que significa hospedarse en hostales – sentí que lo que en realidad terminaba era la esfera de cristal que representa el estar de vacaciones, con un esquema de permisividades, donde se vale hacer lo que el cotidiano no permite.
Fue un viaje muy largo de regreso a casa.
A bordo del avión – a plena luz del día – estuvimos sobrevolando el Aconcahua y entonces ahí, con la la imagen de ensueño de la cordillera andina bajo los pies, simplemente dije: Gracias y cerré los ojos.
Otoño, 2005
¿Cómo nace la jirafa?
Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.
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