Para la mamá de las divinas,
y para quienes hemos estado en duelo.
Nunca antes había leído un texto de autoayuda.
Mi pensamiento estructurado y el hedonismo intelectual que me acompaña no lo habían permitido jamás: “- eso no es literatura”, me repetía al momento que despreciaba cualquier tipo de documento relacionado.
Necesité perder el rumbo, para buscar la brújula.
Recuerdo con absoluta claridad aquel día en que en medio del frío metropolitano, simplemente amanecí “triste”,
Le mandé un mensajito a mi madre diciéndole eso y cuando ella me preguntó porqué, yo le respondí: “porque no encuentro mi lugar en el mundo”.
Quizá esa tristeza era el preludio de lo que vendría después. Inexplicablemente para mí, la relación que apenas iniciaba, concluyó de manera abrupta, con el trillado argumento de “no eres tú, soy yo” que muchas veces había escuchado y que ahora – por primera vez – me ocurría.
No recuerdo haber llorado tanto como lloré esas noches. Simplemente no encontraba sosiego. Quise volver a casa de inmediato, venir corriendo y no pude hacerlo. Entonces me quedé ahí, en la ciudad galaxia, que fue testigo de las noches más largas de mis últimos tiempos.
Regresé al puerto en cuanto pude y con algunos pretextos logré quedarme acá, sin saber que la próxima vez, iría a recoger el equipaje que cargo conmigo, en el que guardo la parte de mi vida que llevo, cada vez que vuelo del nido.
En aquellos días de frío, la Negra me compartió una canción de Sabina, cuya letra describe el dolor de la pérdida. Se llama “lo peor del amor” y lo que dice es cierto:
Lo peor del amor cuando termina
son las habitaciones ventiladas,
el puré de reproches con sardinas,
las golondrinas muertas en la almohada.
Lo malo del después son los despojos
que embalsaman al humo de los sueños,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole sin dueño.
Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a la hoguera los archivos.
Lo peor del amor es cuando pasa,
cuando al punto final de los finales
no le quedan dos puntos suspensivos…
A pesar de que la verdad de la que Sabina habla, omite contar que lo peor del amor, es la ilusión perdida.
Cuando él se fue, dijo que quería tiempo. ¿Cuánto es tiempo?, le pregunté. “-Tres meses” dijo, y respondí “-si hay algo que esperar, espero”.
Desde ese día, adquirí el hábito de encender una vela, esperando que en el túnel de la duda la luz de mi vela y el olor a pera, iluminaran su camino de regreso.
Fueron días de fuego.
En medio de mi mar de dudas, casualmente un libro llegó a mis manos. Estaba en el Sanborn´s de la esquina del departamento en México, cuando tomé un libro del aparador y sin leer el título, lo volteé para observar el epígrafe. Decía más o menos así: “Ojalá estas Hojas de Ruta puedan servir a quienes suelen perder el rumbo.”
Justo eso.
El libro me lo compré de regalo de cumpleaños, a unos días de mis 35 noviembres.
Su lectura y las muchas cosas que he hecho cada día desde entonces para retomar mi rumbo, me permiten hoy mirar estos últimos tres meses como una lección de vida. Como un alto necesario en el camino, para tomar aire y seguir adelante.
En este viaje por la obscuridad de la noche encuentro que somos muchos y muchas los que enfrentamos procesos de pérdida de rumbo y que cada vez más habemos personas que necesitamos de una manita para continuar el camino.
Por eso es que me propuse que una vez terminado el enorme texto, compartiría algunas de las cosas que en él encontré escritas y que creo que pueden sernos de cierta utilidad.
Jorge Bucay habla en extenso del duelo y dice de él que “es aprender a soltar lo anterior”.
Desde luego parece fácil decirlo, pero nos aferramos a afectos y a circunstancias a veces sin siquiera darnos cuenta de ello.
Muchas de mis amistades y yo misma, hemos podido enfrentarnos a la tarea de soltar, a través de la terapia.
Recuerdo que muy contenta les platiqué a mis amigos que por primera vez estaba yendo a las sesiones y entre risitas del grupo me dijeron que “no me podía considerar en terapia, hasta que llevara ya varios años en ello”.
Lo cierto es que liberarse es bastante difícil y soltar aquello que nos duele, lo es mucho más.
No hablo sólo del amor que se fue y que nos produce una sensación de vacío. En realidad, son tantas las situaciones del pasado a las que nos aferramos, que soltarlas se vuelve por demás complicado, ya que muchas veces incluso ese “algo” del pasado que traemos cargando se convierte nocivamente en una parte de nosotros mismos.
Al respecto Bucay dice “Cuesta trabajo soltar, porque lo que duele es el miedo a lo que sigue, pues la falsa seguridad que nos da lo conocido, brinda una ilusión de tranquilidad.” Además de que claro, también ese proceso de pérdida está vinculado con algo más dañino que se llama codependencia, que como un fantasma del que está uno demasiado cerca incluso como para concientemente percatarse de su presencia.
Ante ello, encuentro una frase del mismo texto que también resulta avasallante “Cuidado con definir quién soy, a partir de quién me acompaña.”
En mi propio proceso de duelo he encontrado algo mucho más profundo que un amor fracasado. Le temo a las pérdidas, porque antes he vivido el sufrimiento de perder a alguien valioso y la manera de evitar el dolor de su ausencia, fue bloquear el dolor para no sentir y para mantener mis sentimientos en un lugar “seguro” trato de controlar rigurosa y racionalmente todo lo que hago.
Así que al irse él, se detonó mucho de lo que mantuve guardado por mucho tiempo: rigurosidad con todos y conmigo, oculta tras exceso de trabajo; otros fracasos amorosos, quizá un poco de miedo a la soledad y algunas otras cosas más que supongo iré descubriendo y de las que espero irme liberando.
Al escribir este texto, lo hago pensando en mí, pero también pensado en amigas muy cercanas que sé que sufren y que sé que mis palabras no llenan sus vacíos, porque cuando uno sufre la pérdida de alguien querido – por la razón que sea – sólo viviendo nuestro propio duelo, es que aprenderemos a dejarlo partir.
Pero sí hay una parte que es muy importante no confundir. La que tiene que ver con el amor propio. La que hace confundir la tristeza con la pérdida de dignidad, pues por nada del mundo podemos obligar a otro a querernos, ni a valorarnos, pues ese otro u otra tiene todo el derecho de amar con libertad, a quién su propio corazón les dicte.
Cuando leí la siguiente frase, su crudeza me dejó fría “No quiero que te quedes conmigo, sólo porque no te dejo ir”. Ese día, ya no encendí mi vela para que él regresara. La encendí, para que me iluminara a mí.
Quiero contarles que tengo una princesa de 20 años, que con su sonrisa hermosa ha iluminado mi vida, a pesar de que vive lejos. Mi sobrina amada vino a casa de su abuela en diciembre a poner distancia, pues su corazón estaba roto.
A ella le prometí que cuando recuperara las fuerzas, escribiría un texto con las palabras que no le pude decir, para tratar de que su herida le doliera menos.
Ojalá y ahora que el tiempo ha pasado ella sepa que sus lágrimas valieron el que pueda sonreir de nuevo y que – como dice Bucay - las “pérdidas conducen a encuentros”.
Claro que hay otro tipo de pérdidas en donde la persona que se va, lo hace a causa de la muerte. Y es que, como señala el texto “La persona que murió no se pierde, pues queda el recuerdo. Lo que queda vacante es el rol que ocupaba” y es cuando uno se complica reasumiendo o reordenando el juego de roles al que nos aferramos.
Ese es un tema complicado y difícil de superar y es que “ante la muerte, el dolor atraviesa el tiempo: duele el pasado, duele el presente y duele el futuro” y un día, simplemente llega el momento en que ya no sé si ese recuerdo que tengo de la persona realmente ocurrió o es sólo el deseo que he construido, de que eso hubiera pasado.
Hace exactamente la mita de mi vida que mi padre no está conmigo.
A la mañana siguiente de que él murió, yo salí con mi hermano Enrique a buscar al padre que oficiara la misa y recuerdo haberme enojado porque salió el sol.
Hoy, recuerdo nítidamente sus cejas finas, su nariz gruesa, sus manos fuertes. Pero he olvidado su voz.
A veces me asalta el pensamiento de que me hubiera gustado que estuviera en tal o cual momento, pero lo que siempre pienso es que él está. Así lo siento, así lo vivo.
Yo espero profundamente que mi muy querida ex vecina encuentre un ángel que le permita dar todo ese enorme amor del que ella es capaz y que le ofreció en forma tan noble al otro Ángel que se fue. Y espero también que la mamá de las divinas no tan sólo cruce el atlántico conmigo para liberarse de aquel domingo, sino que termine de cruzar el pantano y emerja con sus alas hermosas, como la guerrera que es y pueda por fin dejar de tener miedo.
Para calmar aunque sea un poco el dolor de esas pérdidas, Bucay dice que “el verdadero antídoto del anhelo es la aceptación y no la posesión”. Dejar ir, para poder seguir.
Terminé de leer mi largo texto justo cuando se cumplió el plazo de los tres meses. Me tardé en leer, porque la terapia me requirió no beber demasiado a prisa los textos, pues mi racionalidad extrema bloqueó mi parte emocional y entonces – aunque suene raro – debo dejar de pensar tanto.
No llamó, como durante un tiempo tanto esperé que hiciera. Pero estos tres meses han sido un plazo muy valioso. Han permitido que yo sane mis heridas y siga mi camino con la hoja de ruta que guía mi sendero.
Allá voy. Al rato llego.
“Ya no soy el que era ayer,
ni volveré a serlo”.
J.B.
¿Cómo nace la jirafa?
Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.
Category:
Del amor y desamor
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Ayer leía de Vinton Cerf que en 30 años las personas se conectarán a computadoras para perpetuar sus pensamientos y seguir viviendo ya no en cuerpo sino en ideas...terabytes? almacenamiento? una simple metáfora?
Su argumento se hizo patente hoy que leo por segunda vez (ahora completo) este blog. Al cual seguiré con gusto. Antes maestra, ahora colega : )
Y sobre el post sólo quiero agregar un estracto de Jorge Drexler que dice:
"Estás conmigo,
Estamos cantando a la sombra de nuestra parra.
Una canción que dice que uno sólo conserva lo que no amarra."
saludos
C!