Hace minutos que ha comenzado a correr el último de los días del año y elijo que sea este el momento de reencontrarme con las letras, que durante meses, que durante días, que por muchas horas me han sido negadas.
Suelo compartir con los míos mensajes personales que ilustran mi sentir y que aspiro que sean el equivalente del abrazo o el beso, que llegue a cada uno en el momento preciso.
Por un momento pensé que se me terminaría el año, sin el esperado reencuentro con las letras, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de escribir y con ello, de cerrar un ciclo.
Trataré de explicarme mejor…
Me defino como “un animal de costumbres”: cuando encuentro un restaurant, voy a él hasta tres veces en un mismo día; veo el mismo tipo de películas y en mi auto puede sonar el mismo disco que es siempre de los mismos cantantes, durante incontables ocasiones.
Me gusta comprar ropa y maquillaje, aunque sea común que vista los mismos jeans con tennis y ande con la cara lavada.
Soy profundamente desesperada, nerviosa hasta decir basta, me muerdo las uñas y fumo como loca. No como carne de cerdo, ni tomo refresco de cola, pero es común verme con mi lechero a cualquier hora.
No me gustan las explicaciones fáciles, las respuestas sin sentido, lo no razonado. Le doy vueltas, hasta a la cosa más simple, pues me preocupa la congruencia, aunque con frecuencia no lo parezca.
2009 estuvo lleno de eso: con más cine que lecturas, cumplí mi propósito de ver más a mis amigos y sobretodo en tiempo de calidad; conservé mi recién adquirido hábito del deporte y pude cambiar mi coche.
Confieso que no cumplí mejorar la puntualidad. Trataré de no llegar tarde cuando vuelva a prometer lo mismo.
Pero particularmente recordaré este año por tres cosas:
Este año cumplí 35 años y eso me emociona. Me siento plena, tengo la vida que he querido y con todo y las muchas muchas caídas, el esfuerzo ha valido la pena.
En segundo término, el camino de las pasiones políticas me llevó a dejar Xalapa, ir a campaña por tercera vez y cumplir el objetivo de irme a México, aunque fuera en calidad de “población flotante”. Ahí inicia – o al menos creo – la causa de mi paréntesis epistolar,
La tercera cosa por la que 2009 será para mí un año para recordar se relaciona con el amor.
Me lo encontré a la vuelta de la esquina, o para ser más precisos, en una estación de autobús.
Suelo escribirles cuando en mi vida ocurren toda clase de situaciones. A veces lo hago en prosa o en verso. Por lo general lo hago, como parte de un proceso de catarsis, que me ha permitido sortear mis demonios, exorcizándolos literariamente y así, es que les he narrado otros desamores (incluso cibernéticos), pero les he contado también de situaciones familiares e incluso he tratado temas tan coloquiales, como aquel ladrón que visitó mi casa.
Pero esta vez no pude escribir.
No supe hacerlo.
No quise hacerlo.
Se llama tristeza profunda cuando uno no alcanza a comprender que se ha llegado tarde a la historia de amor que hubiera querido escribir. Esa tristeza, me recordó el dolor de la pérdida de lo que se aspira a amar.
No importa cuánto tiempo duró, pues ¿cuánto dura una ilusión?
Por eso no pude escribir, pero tampoco quise hacerlo, porque como el acto de cerrar un episodio y este episodio no lo quería cerrar.
No quería ni pronunciar mediante la escritura alguna palabra que a mí me revelara el reconocimiento de lo que para otros es obvio: el “amor” terminó.
En el clímax, él se fue. Me pidió tiempo y yo decidí que valía la pena esperar.
¿Cuánto?
Lo que sea. Esperaría.
Hoy – al escribir esta carta a ustedes – libero y me libero, porque solo así entiendo el amor.
Luego de mis lecturas de Sabines a lo largo de la vida, ahora entiendo perfecto el sentido de sus Amorosos cuando dice “el amor es la prórroga perpetua”.
Sus versos se convirtieron en las oraciones que han acompañado mis mil noches de desvelo, hasta reencontrarme – junto con las palabras – al sueño.
¿Qué como sé que me enamoré? Sólo lo sé.
Entre el barco sin capitán y sin timón en el que me he sentido en el ámbito laboral y la lucha de mis caídas amorosas, me perdí.
Un buen día me encontré a mí misma preguntándome ¿en donde es mi hogar?
He estado un rato en el silencio de mis pensamientos, un poco ausente de algunos y muy incisiva con otros, buscando mis propias respuestas.
Hoy – unas horas antes de que termine el año – escribo para decir, que mis aguas están tranquilas.
Seguro el año que comienza me traerá nuevas preguntas, que ya encontraré la forma de ir buscando resolverlas.
No creo que los años sean fáciles o difíciles.
No creo en la suerte.
No creo en los horóscopos, aunque soy sagitario y en buena medida eso me define.
No creo que el tiempo de los unos, sea el tiempo para todos.
Creo que cada quién escribe su libro, como puede y como quiere, aunque a veces ambas alternativas sean autoexcluyentes.
Prometo que la próxima vez que escriba, no sólo hablaré de mí.
Pero sí prometo que volveré a la narrativa, como uno de mis mayores propósitos para el 2010 y para el resto de mi vida.
Como también volveré al feminismo que me rescata y a la academia que alimenta mi pensamiento.
En mi proyecto, más que nunca está el tomar a cada uno de ustedes de la mano, para no perderme.
Gracias por estar, por escuchar, por ser.
Yo aquí estoy también.
Feliz año nuevo.
¿Cómo nace la jirafa?
Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.
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Del diario andar
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