Por las mujeres que fuí, la que soy y que las que seré. He tenido una tarde tan especial y significativa, que la única forma de saciar mi corazón agitado con estas emociones es escribiéndolas para compartirlas. La vida me sentó a comer con una mujer de estas muchas que uno conoce del trabajo y con la que una suele compartir ciertos intereses y saludos cordiales de pasillo. Siempre ha habido con ella un respeto y una solidaridad de género – por los temas en común -, pero hoy hubo mucho más que eso. Es estas tardes otoñales de un Xalapa que cuando quiere llueve y cuando quiere hace frío, comimos en la terraza, con la vista de la montaña y hasta unos rayitos de sol acariciaron a dos mujeres que tienen en común, ser en exceso friolentas. Y comenzamos a charlar de todo. Desde luego de trabajo, de los retos, de la misoginia pululante, de los bloqueos “mujeres como nosotras” y de los muchos miedos que hay que vencer para “dedicarse a esto”. De pronto, la mujer de casi cincuenta con la mujer de casi cuarenta, nos encontramos en un momento único. Ambas, casi sin sentirlo, comenzamos a llorar al recordar lo que nos duele. Ella me contó de la reciente muerte de su padre y de cómo – por su trabajo – no pudo despedirse de él el día que cerró los ojos. Me contó también cómo – un día antes de morir – su papá le dijo que ella “era una mujer que debió nacer en el futuro” porque el mundo no estaba preparado para sus ideas de igualdad y porque era una “soñadora”. Es curioso. Mi papá pensaba lo mismo de mí. Él me preparó para vivir la vida de una manera tal, que a lo largo de mis años – los que viví con él y los que le han seguido - he tenido que aprender a luchar con ese escudo protector, para no perderme. Fue la plática de dos mujeres que tienen un trabajo particular y que luchamos por tener una vida singular. Ella, luchando por acompañar a sus hijos en una etapa de su vida en donde uno casi es hombre y la otra, una profesionista; y la otra, por equilibrar sus pasiones sin dejar su propia vida en ello. Lloramos ambas por saber que por lo que hacemos, nos perdemos muchos momentos cotidianos de los nuestros. Es un tema que me es especialmente sensible ahora, que mi madre ha estado enferma y que quién ha estado ahí para acompañarla al doctor, ha sido la señora del servicio o alguna amiga que la apoya. Siempre cuando pasa eso, me pregunto ¿vale la pena pagar el precio? Quizá lo que me pone reflexiva es la llegada de Octubre. Sus lunas me ponen sensible. O quizá es que el mes que viene casi me despido de esta década. O tal vez sea – quizá sí – que pronto, muy pronto, cumpliré tres años viviendo en esta tierra de montaña y neblina. Jamás pensé acostumbrarme a vivir en otra tierra. Apreciar otros amaneceres. Disfrutar otros paisajes. Hace tiempo comprendí que la vida me había llevado a vivir en el mar que me heredó mi padre. A él me aferré cuando él se fue, y cuando perdí lo que en el camino he ido dejando y que me ha hecho aprender a ser desprendida. Desde entonces trato de no tener apegos, para que me duela menos. El miedo es traicionero, por eso lo miro de lejos. Charlando y llorando se nos fue la tarde. Pero la lluvia esperó a que este par de mujeres concluyeran su charla. Al final, ambas coincidimos en que en nuestros caminos, han aparecido ángeles. Personas solidarias cuya mano extendida no esperábamos y que se han hecho sentir en momentos claves. Cierto es que en este camino, uno espera la solidaridad de otros, de quienes a veces lo que recibimos son puñaladas, pero lo importante no es cuantas máscaras se caen; sino cuantas personas verdaderas vamos teniendo la oportunidad de conocer. No quisiera ser parcial en mi humilde reconocimiento, pero sí escribo para evidenciar que muchos de los seres solidarios que rodean mi vida son mujeres. Comenzando por mi madre, que es mi amiga, confidente, compañera, consejera y luchadora de a de veras. Tengo en mi mente casi escrito el libro que algún día plasmaré en letras, que será sin duda, la historia donde su vida y la mía se juntan y aún antes de conocernos. También está la vida de mi sobrina mayor que amo. Aún hoy – que ella es una mujer – recuerdo cómo me enamoré de su primera sonrisa, que todavía me tiene cautiva; y la vida de mi sobrina menor, que es mi primera y única ahijada. Mi falta de hijos se ve compensada por hermosos sobrinos. Está además, la vida de mis tías y primas, a quienes la geografía mantiene lejos, pero que no hubiera podido crecer sin ellas y claro, la vida de mis amigas. No crean que voy a ventilar sus vidas, solo he querido hacer mención de la forma en que su presencia me es significativa. Tengo diferentes grupos de amigas: las de la escuela, las de la vida, las que fueron mis maestras, las que fueron mis alumnas. Con las que he conocido del trabajo – de este y de los anteriores – y de las otras que aunque he conocido brevemente, me une a ellas un vínculo profundo y estrecho. Amigas que frecuento y amigas que ya no tanto. Amigas que están y amigas que se fueron. Amigas con las que he llorado y amigas con las que he reído. A todas, gracias infinitas por su particular manera de ser solidarias. Creo sinceramente que las mujeres tenemos una particular manera de hacer causa común entre todas y eso es algo, de lo que más valoro en la vida. La mujer con la que me reuní hoy, es la mujer con la que “competí” hace años por un puesto en donde ni ella ni yo decidimos. Decidió la vida. Hoy – como siempre hago – me rehúso a aferrarme a nada. Será lo que deba ser. Lo que la vida tenga para mí y para ella y para todas. De los hombres de mi vida, les platico luego. Por lo que venga.
M.¿Cómo nace la jirafa?
Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.
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Género
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