Los 17 de octubre son el equivalente al 10 de mayo pero en en materia de participación política, pues en lugar de celebrar "a las mamacitas en su día" se recuerda el aniversario del sufragio femenino. Perdón el tono sarcástico con el que inicio este texto refiriéndome a una conmemoración histórica y significativa en México y para las mujeres, sin embargo me parece que - como en muchos otros aspectos - nos falta conocimiento de la historia y de la circunstancia en que tal avance tuvo lugar, razón por la cual, traigo a colación un extracto de uno de los capítulos abordados en mi tesis de Maestría en Comunicación Política titulada "La participación política femenina. Caso Veracruz, en el gobierno estatal de Miguel Alemán Velasco 1998 a 2004".
Y es que precisamente hoy, 64 años después de aquella emblemática ocasión, las mujeres que se (nos) desempeñamos en la esfera política, vivimos un clima adverso, una cerrazón institucional sistemática, padecemos violencia de Estado, necesitamos de cuotas y paridades para hacernos un lugar en la oferta política pero se nos sigue confinando a distritos y localidades con escasa representación ciudadana y presupuestal y se nos manda a la contienda sin el andamiaje necesario para hacer frente dignamente en procesos electorales a los que estamos condenadas a perder, pues esas posiciones fueron "solo para completar la cuota".
No es esa la equidad a la que aspiramos, la que merecemos ni la que deseamos.
Pero ni por un momento daremos marcha atrás.
No podemos. Décadas de lucha de las mujeres que nos antecedieron, no nos lo permiten.
Hacerlo sería traicionarlas y traicionarnos.
Y eso es algo que las mujeres no hacemos, pues nosotras hacemos la diferencia con una política basada en la confianza, en la transparencia, en la ética.
Así es que queridas mujeres, no perdamos el tiempo celebrando fechas que solo ocupan un lugar en el calendario.
Hace 64 años no les quedó de otra que "concedernos" el derecho al voto. Por cierto, mucho más tarde que naciones de África y Asia que no vivían en el "desarrollo" como nosotros.
Vayamos hacia adelante, con la mente en alto, pero con la preparación suficiente para abrir caminos.
A continuación les refiero extractos históricos del suceso, retomados como les decía, en mi tesis de maestría de hace ya varios ayeres. Perdonarán mis amigos y amigas académicos la citación, pero cuando mi la hice APA tenía otros cánones:
...La Ley Orgánica Electoral de la Constitución de 1857 fue la primera que contenía la idea de sufragio supuestamente “universal” y en ella se especificaba que los estafadores y ebrios no tenían derecho al voto y se obviaba mencionar a las mujeres. Esto es, no se les excluía expresamente ni se tocaba en ningún momento el tema, ya que debido a su minusvalía política, no se creyó necesario dejarlas fuera ex profeso. Asimismo, en la Constituyente de 1857 no se especificó ni se discutió tampoco el tema en ningún momento.
La reivindicación del sufragio femenino tiene una larga y vieja historia de negativas, desde que Laureana Write lo demandara a través de la revista “Violetas de Anáhuac”; así como la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, allá por el siglo XIX, entre 1884 y 1887.
Es Justo Sierra quién acuña el término desde 1903 tratando con ello de imponerse a la concepción de inferioridad que rodeaba a las mujeres de su tiempo, intentando impulsar su derecho a estudiar carreras mercantiles y el magisterio, que eran – para la época – las actividades profesionales “propias de su género”.
En el México revolucionario de principios de siglo (1916), el gobernador constitucionalista de Yucatán apellidado Alvarado convocó a la realización de los dos primeros congresos feministas, invitando a profesoras de educación primaria del Estado para divulgar la educación laica y racional entre el magisterio del sexo femenino.
La revolución mexicana, por su parte, alentó la movilización y participación política de las mujeres, quienes encontraron respaldo a algunas de sus demandas en los sectores más “avanzados” de su dirigencia política.
Esta medida estaba siendo considerada por el gobernador debido a que planeaba presentar a propuesta una iniciativa que sólo obtendría con la aprobación de las mujeres, sin embargo con sorpresa conoció que eran muy pocas las yucatecas que querían participar en la votación, como lo refiere Tine Davids (Davids, 1992, p. 86).
El antecedente que explica esta reacción fue que en aquellos años la política era presa de líderes y las causas feministas se circunscribían únicamente al sector educativo, por lo que a pesar de la participación congresista el trasfondo político no prosperó.
Más tarde, en tiempos en que se discutía la Constitución los delegados Queretanos decidieron ampliar la facultad del voto a los hombres analfabetos y no a las mujeres (ni siquiera sólo a aquellas que fuesen letradas), y aunque la Constitución de 1917 no las excluía de la ciudadanía, la ley electoral de 1918 si limitó el voto únicamente a los varones.
El argumento era simple – según Ana María Fernández Poncela en Las Mujeres en México -, para ella “la política corrompería y mancharía a las mujeres, además de que interferiría en las labores del hogar y ocasionaría conflictos familiares innecesarios”. (84)
Aunque el verdadero temor era que el voto femenino difiriera del masculino.
Otro factor sustantivo era la relación intrínseca que se mantenía entre la Iglesia y las mujeres, y en aquellos tiempos en que los intereses del clero estaban altamente politizados – lo que hacía justificable el temor - ya que por ejemplo el papel activo de las mujeres católicas cuando la Iglesia era atacada por anticlericales en tiempos de la Revolución, así lo confirmó.
Sin embargo y a pesar de las circunstancias que rodearon ese momento, ésta Constitución logró sustituir la palabra hombre por la de individuo o persona, además de que las mujeres acudieron a votar a las casillas y pudieron ser candidatas, pero finalmente se anularon los votos y ninguna mujer llegó a las cámaras, por lo que se concedió la igualdad de la mujer en cuanto a derechos individuales y laborales, pero no políticos.
Sería en 1923, tras un decreto del gobernador de San Luis Potosí, en el cual las mujeres de éste estado tenían derecho a votar y ser votadas en las elecciones municipales, que algunas entidades federativas seguirían su ejemplo, con regidoras y diputadas locales, Yucatán y Chiapas.
En 1946 una adición al artículo 115 de la Constitución recogió dicha iniciativa y se lograron los derechos ciudadanos de las mujeres a nivel municipal, y fue esta la primera conquista de los derechos políticos de la mujer, la primera ciudadanía femenina: su representación legal para elegir y ser electa en los comicios municipales.
El presidente Lázaro Cárdenas en 1937 presentó una iniciativa de reforma al artículo 34 de la Constitución para otorgar la ciudadanía a la mujer. El Senado emitió un dictamen adverso al considerar que la mujer no estaba capacitada. Se desató una amplia campaña de protesta y se levantó una petición formal a Cárdenas. Más tarde, en 1938 fue aprobada dicha iniciativa, sin embargo, el Congreso no hizo el cómputo ni la comunicación y jamás se publicó. Al parecer, Cárdenas, temeroso y bajo el cálculo del voto conservador de las mujeres se volvió atrás, y las reformas constitucionales fueron finalmente rechazadas.
Y es que de acuerdo a lo señalado por Tine Davis (Davis, 1992, p.234) en “Identidad femenina y representación política: algunas consideraciones teóricas”, fue el temor de que “las mujeres” votaran por Almazán y no por el elegido del presidente para sucederlo (Manuel Ávila Camacho) lo que hizo que finalmente la propuesta no prosperara, siendo hasta el histórico año de 1953 en que durante la presidencia de Miguel Alemán Valdés, se otorgó legalmente el derecho al voto de las mujeres, siendo que en 2003 se celebró el cincuentenario del Derecho al Voto femenino en México...
Así es como fue.
¿Cómo nace la jirafa?
Sí, soy feminista. Lo cual no es una novedad.
No sé en qué minuto de qué segundo me percaté de esta presencia en mí.
Yo creía que lo mío era una absoluta novedad. Que era ese extraño ser en la familia, pero en una reflexión sensata, soy más bien como el efecto a la causa, nacida en un matriarcado en donde una pléyade de amazonas cabalgaron por la vida, en generaciones antes que la mía y yo solo bebí el néctar del valor y el coraje, de la convicción y la pasión, de la rebeldía insensata de quién vive como ha querido hacerlo.
Fui niña de muñecas, desde la Pretty Cut hasta mis muchas barbies, pero paseé por la infancia con mi botiquín de primeros auxilios de juguete, inyectando a cuanta víctima encontrara en mi recorrido. En una infancia rodeada de hermanos mayores y muchos muchos primos, no había demasiados condicionamientos genéricos. Jugábamos a lo que se nos pegaba la gana, lo mismo policías y ladrones, que al salón de belleza.
De chiquita, siempre en escuelas de monjas y de puras mujeres, eso no permitió que aprendiera ni cocina ni bordados, ni ninguna otra manualidad diezmayina.
Aún recuerdo al vozarrón de mi padre decir con toda energía, cuando un buen día me encontró haciendo pininos con mi mamá en la cocina: “mi hija no nació para pelar cebollas. Que agarre un libro”.
En realidad, los libros son los que me tomaron a mí y me enseñaron a usar las alas para volar.
Es curioso que afirme lo siguiente, pero mi largo camino con monjas y padres lejos de atar mi pensamiento inquieto a rigideces mentales, me enseñó a pensar, con criticidad y agudeza, con libertad y autonomía. Con fe, sí, pero una fe que llevo en privado, sin fanatismos, sin iglesias, sin sacerdotes y guiada por una profunda convicción que me lleva a abrazar la defensa de la laicidad, no tan solo en la educación, sino en el ejercicio de la vida pública.
Podría pensar que me encontré con el feminismo más tarde, ya en la parte final de la universidad, cuando todos esos saberes se agolparon en mi mente y transformaron mi propia forma de pensar, pero no es así, pues ya para entonces incluso había ganado premios nacionales con textos que defendían el derecho de las mujeres a superar los clichés.
Mis primeros años como egresada fueron también los años de comenzar con esfuerzos de construir proyectos desde la sociedad civil. Aunque de mis queridas mujeres insumisas con quienes construimos ese gran proyecto no todas son feministas, no necesitaban serlos, para tener esa pasión y ese coraje necesario para emprender nuestros pequeños grandes proyectos.
Quizá fue cuando comencé a trabajar ya en el servicio público, cuando empecé a incursionar en política y sentí – por primera vez – que no concretaría mis aspiraciones en ese lugar y con esas personas, así que renuncie...por razones de género.
Y entonces nos encontramos de frente: las personas mágicas que trajeron a mí esta nueva manera de ser. Mis hermanas mayores en la cadena de generaciones de mujeres convencidas de la lucha por la igualdad y la sororidad.
En aquellos años, participé en muchísimos foros, emprendimos juntas la conformación de lo que llamamos el Movimiento Amplio de Mujeres que en Veracruz era inexistente, hicimos proyectos, bajamos recursos, sumamos voluntades.
Viajé por el país hablando de participación política y de violencia de género en foros de hasta varios cientos de personas, pero también lo hice capacitando a mujeres en contra de ese fantasma en sillas improvisadas y debajo de un árbol. Firmé cartas, fui a marchas, hice carteles, sumé voluntades.
Luché como varias por crear la instancia que en la entidad defendiera la causa de las mujeres, y cuando tres años más tarde sumé mi temor al de otras mujeres por la posibilidad de que tal espacio ganado, desapareciera, me ofrecí para postularme, en una candidatura que no era de valentía sino de voluntad política.
Pagué mi precio y por primera vez, en muchos años, me caí del tren que avanzaba.
Y ni así pensé que la mía era una causa equivocada.
Pensé y pienso que valió la pena.
Los años recientes me he ocupado de hacerme un espacio propio en el ejercicio de mi profesión en el espacio público y aunque ya no doy más charlas ni debajo de un árbol ni en ningún auditorio, ni encabezo marchas, ni declaro nada, mi convicción y mi voluntad siguen firmes.
Y sigo estando presente. Siempre encuentro la manera de hacerlo.
Soy feminista, como ya lo saben.
Vivo además, siendo consecuente con mis convicciones.
Cuando me tocó el turno de pasar la estafeta generacional a una nueva integrante de tan orgulloso grupo, ella me preguntó que porqué yo lo era. Mi respuesta fue simple: porque lo siento dentro de mí. Solo así se viven las convicciones profundas, con las entrañas.
No puedo permanecer impávida ante las injusticias, ante la violencia, ante la discriminación. Y alzo la voz a veces solo en redes, para expresar mis opiniones privadas que también son públicas.
Nunca en mis años recientes he recibido la recomendación de mis jefes, para tener un ciberactivismo más mesurado, lo cual sin duda lo agradezco, porque me sería incómodo tener que pensar en explicaciones que en realidad no daría, lo reconozco.
Supongo además que algunas de mis posturas quizá incomoden a algunos y otros tan solo las ignoren.
La vida se trata de pensar diferente, y ante la diferencia, argumentar y cuando ya no haya argumentos, entonces solo el respeto debería tener lugar.
Hoy quise escribir de mi feminismo porque por un extraño momento caí en la cuenta de que quizá haya perdido algunas amistades por esta razón, en el camino.
No sé no decir lo que pienso.
No está en mi naturaleza.
A cambio, ofrezco estar de pie para enfrentar tempestades.
Por las mujeres que fuí, la que soy y que las que seré. He tenido una tarde tan especial y significativa, que la única forma de saciar mi corazón agitado con estas emociones es escribiéndolas para compartirlas. La vida me sentó a comer con una mujer de estas muchas que uno conoce del trabajo y con la que una suele compartir ciertos intereses y saludos cordiales de pasillo. Siempre ha habido con ella un respeto y una solidaridad de género – por los temas en común -, pero hoy hubo mucho más que eso. Es estas tardes otoñales de un Xalapa que cuando quiere llueve y cuando quiere hace frío, comimos en la terraza, con la vista de la montaña y hasta unos rayitos de sol acariciaron a dos mujeres que tienen en común, ser en exceso friolentas. Y comenzamos a charlar de todo. Desde luego de trabajo, de los retos, de la misoginia pululante, de los bloqueos “mujeres como nosotras” y de los muchos miedos que hay que vencer para “dedicarse a esto”. De pronto, la mujer de casi cincuenta con la mujer de casi cuarenta, nos encontramos en un momento único. Ambas, casi sin sentirlo, comenzamos a llorar al recordar lo que nos duele. Ella me contó de la reciente muerte de su padre y de cómo – por su trabajo – no pudo despedirse de él el día que cerró los ojos. Me contó también cómo – un día antes de morir – su papá le dijo que ella “era una mujer que debió nacer en el futuro” porque el mundo no estaba preparado para sus ideas de igualdad y porque era una “soñadora”. Es curioso. Mi papá pensaba lo mismo de mí. Él me preparó para vivir la vida de una manera tal, que a lo largo de mis años – los que viví con él y los que le han seguido - he tenido que aprender a luchar con ese escudo protector, para no perderme. Fue la plática de dos mujeres que tienen un trabajo particular y que luchamos por tener una vida singular. Ella, luchando por acompañar a sus hijos en una etapa de su vida en donde uno casi es hombre y la otra, una profesionista; y la otra, por equilibrar sus pasiones sin dejar su propia vida en ello. Lloramos ambas por saber que por lo que hacemos, nos perdemos muchos momentos cotidianos de los nuestros. Es un tema que me es especialmente sensible ahora, que mi madre ha estado enferma y que quién ha estado ahí para acompañarla al doctor, ha sido la señora del servicio o alguna amiga que la apoya. Siempre cuando pasa eso, me pregunto ¿vale la pena pagar el precio? Quizá lo que me pone reflexiva es la llegada de Octubre. Sus lunas me ponen sensible. O quizá es que el mes que viene casi me despido de esta década. O tal vez sea – quizá sí – que pronto, muy pronto, cumpliré tres años viviendo en esta tierra de montaña y neblina. Jamás pensé acostumbrarme a vivir en otra tierra. Apreciar otros amaneceres. Disfrutar otros paisajes. Hace tiempo comprendí que la vida me había llevado a vivir en el mar que me heredó mi padre. A él me aferré cuando él se fue, y cuando perdí lo que en el camino he ido dejando y que me ha hecho aprender a ser desprendida. Desde entonces trato de no tener apegos, para que me duela menos. El miedo es traicionero, por eso lo miro de lejos. Charlando y llorando se nos fue la tarde. Pero la lluvia esperó a que este par de mujeres concluyeran su charla. Al final, ambas coincidimos en que en nuestros caminos, han aparecido ángeles. Personas solidarias cuya mano extendida no esperábamos y que se han hecho sentir en momentos claves. Cierto es que en este camino, uno espera la solidaridad de otros, de quienes a veces lo que recibimos son puñaladas, pero lo importante no es cuantas máscaras se caen; sino cuantas personas verdaderas vamos teniendo la oportunidad de conocer. No quisiera ser parcial en mi humilde reconocimiento, pero sí escribo para evidenciar que muchos de los seres solidarios que rodean mi vida son mujeres. Comenzando por mi madre, que es mi amiga, confidente, compañera, consejera y luchadora de a de veras. Tengo en mi mente casi escrito el libro que algún día plasmaré en letras, que será sin duda, la historia donde su vida y la mía se juntan y aún antes de conocernos. También está la vida de mi sobrina mayor que amo. Aún hoy – que ella es una mujer – recuerdo cómo me enamoré de su primera sonrisa, que todavía me tiene cautiva; y la vida de mi sobrina menor, que es mi primera y única ahijada. Mi falta de hijos se ve compensada por hermosos sobrinos. Está además, la vida de mis tías y primas, a quienes la geografía mantiene lejos, pero que no hubiera podido crecer sin ellas y claro, la vida de mis amigas. No crean que voy a ventilar sus vidas, solo he querido hacer mención de la forma en que su presencia me es significativa. Tengo diferentes grupos de amigas: las de la escuela, las de la vida, las que fueron mis maestras, las que fueron mis alumnas. Con las que he conocido del trabajo – de este y de los anteriores – y de las otras que aunque he conocido brevemente, me une a ellas un vínculo profundo y estrecho. Amigas que frecuento y amigas que ya no tanto. Amigas que están y amigas que se fueron. Amigas con las que he llorado y amigas con las que he reído. A todas, gracias infinitas por su particular manera de ser solidarias. Creo sinceramente que las mujeres tenemos una particular manera de hacer causa común entre todas y eso es algo, de lo que más valoro en la vida. La mujer con la que me reuní hoy, es la mujer con la que “competí” hace años por un puesto en donde ni ella ni yo decidimos. Decidió la vida. Hoy – como siempre hago – me rehúso a aferrarme a nada. Será lo que deba ser. Lo que la vida tenga para mí y para ella y para todas. De los hombres de mi vida, les platico luego. Por lo que venga.
M.
