¿Cómo nace la jirafa?

Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.



La mente tiene extraños recovecos.
Es como si fuera un baúl, con muchos cajones.
De pronto el recuerdo – cual mariposa – detiene su vuelo sobre uno de ellos y con su llave mágica, activa la memoria.
Sorpresivamente me he dado cuenta que de las muchas maneras que tengo para registrar la presencia de las personas en mi vida, es a través de sus manos y en especial, de sus uñas.
Sí, las uñas. Esa película que cubre la parte frontal del extremo de los dedos y que al igual que su reverso, es por completo irrepetible.
No es que vaya por la vida mirando en lugar de los rostros, las uñas de las personas.
- Oiga usted, no necesito saber su nombre, pero muéstreme sus uñas por favor.
Nada de eso.
Como buena maníaca que soy, claro que tengo mis rituales, pero dentro de ellos no destaca el deliberadamente observar las manos y mucho menos las uñas.
Es algo que descubrí casi por casualidad, cuando me hallaba en un momento de nostalgia y pensé: -podría hasta describir de memoria cada parte de su ser y recorrer mis dedos por su cuerpo figurado, percibir el espacio que ocupa. Recrear la sensación que tengo cuando acaricio su cara con la palma de mi mano derecha, cuando con mi dedo índice trazo sus cejas de una en una, cuando deslizo mi dedo por la resbaladilla de su nariz, cuando jugueteo mis dedos todos sobre su cabello ralo. Cuando mis pequeñas manos se entrelazan con sus dedos grandes y sus manos firmes. Cuando escondo la punta de mis dedos, para ocultar mi infantil costumbre de morder las uñas y en cambio, toco con mis yemas las suyas que son tan lisas y brillantes, en sus dedos largos y bien definidos.
Y fue así, como activando el botón de la memoria, de pronto comencé a ver desfilar ante mí, a muchas de las personas que han formado parte de mi vida. Pero no visualizaba sus rostros, sino que con toda claridad recreé sus manos y sus uñas.
Sus particulares formas, sus estilos tan por lo general acorde a la personalidad de quién las posee, con sus claras excepciones en donde sus manos y sus uñas sorprenden o decepcionan.
Un desfile de formas y estilos.
Desde las más hermosas manos que conozco, esas pequeñas y súper suaves de Yoli con uñas naturales – jamás pintadas –, crecidas tan solo un poco y que hoy, lucen esas manchas que revelan que el tiempo pasa y deja huella; hasta las robustas manos de uñas cuadradas de mi padre; pasando por las manos de tantas y tantas personas que han estado presentes en el camino del ser.
Claro que no todas las recuerdo. Alguna misteriosa magia hace que de pronto piense en algunas personas y pueda recordar sus manos y sus uñas.
Pero hay de quienes ya no recuerdo sus nombres ni sus uñas.
Son solo un recuerdo pasajero.
Parte de esos otros cajones del baúl de la memoria, que se quedaron vacíos.

Category: | 0 Comments

0 comments to “La insólita memoria”