Este domingo tuve una cita especial. Como saben, los domingos son los “días de Yoli” y solo hago aquello que podemos hacer juntas y desde luego, solo veo, a quién Yoli conoce, para que ella también pueda participar de la reunión.
Así que juntas nos fuimos al encuentro especial. Quedamos de vernos para tomar un café y ponernos al día y pasamos casi 5 horas platicando y no acabamos de ponernos al corriente.
Cuando la fuimos a dejar a su casita y la veía caminar por el pasillo que la lleva a su portón sentí nostalgia por no poder verla tanto como quisiera, pero también sentí alegría. Son tantos años de una amistad verdadera, que podemos hacer el recuento de los miles de momentos profundos en que estar a su lado ha ayudado a que las tempestades amainen.
Siempre que conocemos a alguien nuevo, la molesto diciéndole al interlocutor que “ella fue mi maestra”, porque en realidad nos llevamos solo un par de años de diferencia. La verdad es que miento. Ella no fue, sino que sigue siendo mi maestra.
La vida la ha enseñado a tener mesura y a ser sabia y a compartir su mesura y su sabiduría “con un típico 3, como yo” (chiste derivado del análisis de la numerología de Mel, que dice que yo soy un típico tres: ruidoso, abrumador, extrovertidísimo).
Cuando la conocí, ella vivía plenamente su etapa hippie. Con su cabello rizado y corto, detenido con una especie de cinta que la hacía ver muy simpática y diferente, sobretodo en una escuela “fresa”.
He de reconocer que en mi primer ensayo requerido para una de sus materias, me esforcé más de la cuenta para apantallarla y cuando me calificó con la criticidad que acostumbra, me enojé tanto, que rompí en pedacitos el tal ensayo y me fui con mi orgullo herido a rumiar mi coraje.
Desde que la conozco, no he tenido una pena, en la que no haya llorado en su hombro, ni una alegría que no haya celebrado a su lado.
Sin duda en los tantos años que tenemos de “celebrar la amistad” en varias ocasiones lo hemos hecho en modo pachanga, pero la nuestra no es una amistad de oropel ni de copas.
Entre nosotras por tanto no hay esas cosas que tanto lastiman como: comentar por la espalda, fraguar travesuras que traicionan, mentir, ser cómplice de quienes no reconocen en ti tus virtudes pese a tus muchos defectos. Esas son amistades falaces. Amistades de rato. Amistades vacuas, con las que sí, de pronto uno un día ya simplemente pues no comparte ni coincide.
La amistad verdadera no conoce de eso.
Nosotras no tenemos un chat, de hecho ella lucha por conectarse tecnológicamente pues en el fondo sé, que preferiría no hacerlo.
En un restaurant, ella no toma agua embotellada, yo jamás tomo agua en un vaso. Ella hace su compra en el mercado y yo ya hasta por internet pido la despensa. Ella está completamente dormida a las 10 de la noche y a mí me dan la 1 de la mañana y sigo con el ojo abierto.
No importa como sea ella ni cómo sea yo.
Somos amigas en una amistad profunda y verdadera. Fuimos “extranjeras” en una tierra que no era la nuestra, y nos hermanamos y nos hicimos familia. Hicimos del mar nuestro hogar y ahí fincamos nuestros futuros.
Cargué a sus hijos cuando nacieron y ella con su pequeña y sus botitas de plástico, fueron a ayudarme a secar los estragos del agua, cuando la casita verde se inundó.
Me ha encantado pasar la vida con esta amistad sincera que compartimos.
Encontré esta foto en mis memorias y la edité, para recordarnos a ella y a mí cómo éramos en esos tiempos. Es una foto de los primeros años de nuestra amistad. Éramos sumamente jóvenes ahí. Estábamos en la casita de antes. Ella con sus rizos al aire y yo con mis aretes largos.
No usó más los aretes así, y ya no vivimos en esa casita.
Pese a los cambios que el tiempo ha traído, nosotras seguimos siendo amigas. Y lo seguiremos siendo.
Gracias Maga. Fue un domingo sensacional.
¿Cómo nace la jirafa?
Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.
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Del diario andar
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