Sí, soy feminista. Lo cual no es una novedad.
No sé en qué minuto de qué segundo me percaté de esta presencia en mí.
Yo creía que lo mío era una absoluta novedad. Que era ese extraño ser en la familia, pero en una reflexión sensata, soy más bien como el efecto a la causa, nacida en un matriarcado en donde una pléyade de amazonas cabalgaron por la vida, en generaciones antes que la mía y yo solo bebí el néctar del valor y el coraje, de la convicción y la pasión, de la rebeldía insensata de quién vive como ha querido hacerlo.
Fui niña de muñecas, desde la Pretty Cut hasta mis muchas barbies, pero paseé por la infancia con mi botiquín de primeros auxilios de juguete, inyectando a cuanta víctima encontrara en mi recorrido. En una infancia rodeada de hermanos mayores y muchos muchos primos, no había demasiados condicionamientos genéricos. Jugábamos a lo que se nos pegaba la gana, lo mismo policías y ladrones, que al salón de belleza.
De chiquita, siempre en escuelas de monjas y de puras mujeres, eso no permitió que aprendiera ni cocina ni bordados, ni ninguna otra manualidad diezmayina.
Aún recuerdo al vozarrón de mi padre decir con toda energía, cuando un buen día me encontró haciendo pininos con mi mamá en la cocina: “mi hija no nació para pelar cebollas. Que agarre un libro”.
En realidad, los libros son los que me tomaron a mí y me enseñaron a usar las alas para volar.
Es curioso que afirme lo siguiente, pero mi largo camino con monjas y padres lejos de atar mi pensamiento inquieto a rigideces mentales, me enseñó a pensar, con criticidad y agudeza, con libertad y autonomía. Con fe, sí, pero una fe que llevo en privado, sin fanatismos, sin iglesias, sin sacerdotes y guiada por una profunda convicción que me lleva a abrazar la defensa de la laicidad, no tan solo en la educación, sino en el ejercicio de la vida pública.
Podría pensar que me encontré con el feminismo más tarde, ya en la parte final de la universidad, cuando todos esos saberes se agolparon en mi mente y transformaron mi propia forma de pensar, pero no es así, pues ya para entonces incluso había ganado premios nacionales con textos que defendían el derecho de las mujeres a superar los clichés.
Mis primeros años como egresada fueron también los años de comenzar con esfuerzos de construir proyectos desde la sociedad civil. Aunque de mis queridas mujeres insumisas con quienes construimos ese gran proyecto no todas son feministas, no necesitaban serlos, para tener esa pasión y ese coraje necesario para emprender nuestros pequeños grandes proyectos.
Quizá fue cuando comencé a trabajar ya en el servicio público, cuando empecé a incursionar en política y sentí – por primera vez – que no concretaría mis aspiraciones en ese lugar y con esas personas, así que renuncie...por razones de género.
Y entonces nos encontramos de frente: las personas mágicas que trajeron a mí esta nueva manera de ser. Mis hermanas mayores en la cadena de generaciones de mujeres convencidas de la lucha por la igualdad y la sororidad.
En aquellos años, participé en muchísimos foros, emprendimos juntas la conformación de lo que llamamos el Movimiento Amplio de Mujeres que en Veracruz era inexistente, hicimos proyectos, bajamos recursos, sumamos voluntades.
Viajé por el país hablando de participación política y de violencia de género en foros de hasta varios cientos de personas, pero también lo hice capacitando a mujeres en contra de ese fantasma en sillas improvisadas y debajo de un árbol. Firmé cartas, fui a marchas, hice carteles, sumé voluntades.
Luché como varias por crear la instancia que en la entidad defendiera la causa de las mujeres, y cuando tres años más tarde sumé mi temor al de otras mujeres por la posibilidad de que tal espacio ganado, desapareciera, me ofrecí para postularme, en una candidatura que no era de valentía sino de voluntad política.
Pagué mi precio y por primera vez, en muchos años, me caí del tren que avanzaba.
Y ni así pensé que la mía era una causa equivocada.
Pensé y pienso que valió la pena.
Los años recientes me he ocupado de hacerme un espacio propio en el ejercicio de mi profesión en el espacio público y aunque ya no doy más charlas ni debajo de un árbol ni en ningún auditorio, ni encabezo marchas, ni declaro nada, mi convicción y mi voluntad siguen firmes.
Y sigo estando presente. Siempre encuentro la manera de hacerlo.
Soy feminista, como ya lo saben.
Vivo además, siendo consecuente con mis convicciones.
Cuando me tocó el turno de pasar la estafeta generacional a una nueva integrante de tan orgulloso grupo, ella me preguntó que porqué yo lo era. Mi respuesta fue simple: porque lo siento dentro de mí. Solo así se viven las convicciones profundas, con las entrañas.
No puedo permanecer impávida ante las injusticias, ante la violencia, ante la discriminación. Y alzo la voz a veces solo en redes, para expresar mis opiniones privadas que también son públicas.
Nunca en mis años recientes he recibido la recomendación de mis jefes, para tener un ciberactivismo más mesurado, lo cual sin duda lo agradezco, porque me sería incómodo tener que pensar en explicaciones que en realidad no daría, lo reconozco.
Supongo además que algunas de mis posturas quizá incomoden a algunos y otros tan solo las ignoren.
La vida se trata de pensar diferente, y ante la diferencia, argumentar y cuando ya no haya argumentos, entonces solo el respeto debería tener lugar.
Hoy quise escribir de mi feminismo porque por un extraño momento caí en la cuenta de que quizá haya perdido algunas amistades por esta razón, en el camino.
No sé no decir lo que pienso.
No está en mi naturaleza.
A cambio, ofrezco estar de pie para enfrentar tempestades.
¿Cómo nace la jirafa?
Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.
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Género
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