En realidad yo nací dos veces.
La primera, aquella tarde de noviembre en que luego de 8 horas de trabajo de parto, por fin decidí dejar de dormir y salir a conocer el mundo.
Desde entonces, dormir ha sido una de mis actividades predilectas.
La otra fue un 6 de abril, de hace 40 años.
La historia, me la sé de memoria: eran las seis de la tarde de un miércoles santo. Íbamos a un velorio al pueblo en donde nació mi mamá y donde hasta el día de hoy, muchos Madrigales aún viven sin que nos hayamos visto en demasiado tiempo.
Todos en un pequeño coche, que iba veloz por esa carretera vieja, con solo dos carriles y un acantilado.
Llovía.
Y fue entonces cuando mi mamá me entregó en las manos de mi abuelita, para que ella distrajera al pequeño ser que yo era, mostrándome las vacas en la ventana izquierda mientras Yolita me hacía mi mamila.
Entonces se detuvo el tiempo para siempre.
Seis adultos y una niña contra un autobús de pasajeros.
El impacto del golpe acabó al instante con la joven vida de quién siempre he sabido que era torero.
El mismo impacto se posó con fuerza en mi cabecita y luego con la de ella, quién murió al instante, como mueren las personas buenas, sin dolor.
Y nunca nada volvió a ser igual para nadie. Ni para quienes íbamos en ese coche, ni para quienes no fueron.
Primero inconsciente, luego en terapia intensiva, luego años y años de rehabilitación para volver a hablar, volver a caminar y tratar de superar las consecuencias que quedaron plasmadas en mi cara de aquel amargo día.
Seré honesta, en realidad no recuerdo absolutamente nada y sin embargo, crecí escuchando esa historia tantas veces, que terminé recreándola en mi mente.
Yo solo me acuerdo de que mi mamá no me soltaba nunca y que incluso apretaba tanto mi mano, que yo protestaba.
Y me acuerdo claro, de que mi juego favorito era ser la doctora – desde luego -, y con la ayuda de mi maletín Mi Alegría, implacablemente sometía a sendas inyecciones a mis hermanos a quienes perseguía para aplicarles tal tormento.
Recuerdo también que siempre siempre me caía. No había manera de empezar a correr, sin terminar en el piso y cuando un buen día mi papá me trajo aquellos padrísimos patines, el kit venía acompañado de casco, coderas y rodilleras.
Pues claro, mi pérdida del oído se llevó parte de mi equilibrio pero no la valentía y aunque se suponía que por ejemplo, yo no podría andar en bicicleta, ese sigue siendo uno de mis transportes favoritos hasta el día de hoy.
Se suponía que “tal vez” tendría algunos problemas académicos, prueba también superada.
El mérito jamás fue mío.
Dice mi mamá que la única causa por la que ella no perdió la razón cuando en la carretera quedó extendido el cuerpo de su madre muerta, esperando la ayuda de alguien que se condoliera al clamor de mis tías para darnos auxilio, fue porque yo aún estaba viva.
Gracias a que mi abuelo era médico, me aceptaron en el Centro Nacional de Neurología, un lugar que fue como mi casa y en el que volví a nacer.
Ahí no aceptaban a niños pequeños, pero era tal mi estado, que hicieron una excepción.
Primero – como decía – estuve internada durante varios meses, luego mis consultas eran diarias, luego semanales, quincenales, mensuales y así, hasta que llegaron a ser dos veces al año.
Neurología está infinitamente lejos de donde vivíamos.
Y mi mamá, siempre me llevaba.
Ella trabajaba su turno, a veces guardias y horas extras, pero siempre siempre, llevaba a su pequeña a las mil valoraciones que había que hacerle con el neurólogo, el oculista y el doctor del oído.
Hace no demasiado tiempo – visitando un CRIT en donde trabajaba mi hermano Carlitos – nos llevó a la sala en donde está el puente ese, en cuyos pasamanos los niños se sostienen para dar sus pasitos. Al verlo, me trasladé años atrás y recordé que ahí fue en donde volví a caminar.
Ese día me volteé y llorando les pregunté a mis dos hermanos porqué ellos no iban conmigo al hospital. Y ellos, enternecidos por el recuerdo de un pasado que a todos nos duele, me dijeron que claro que iban, pero que como no los dejaban pasar, se quedaban por horas en el carro, esperando a que saliera.
En fin. Un buen día, cuando tenía 13 años, le pedí a mi mamá que hiciera una cita con mis doctores. Yo quería verlos a todos. Así que me programaron una visita y ahí, frente a las máximas eminencias científicas y médicas que dirigían ese lugar mágico, yo – una pre adolescente insolente – les dije que…ya no quería volver a verlos. Que yo era una chica normal y que estaba curada. Que quería vivir mi vida sin citas médicas ni visitas al hospital.
Y ellos – perplejos – respetaron mi decisión.
Yo jamás me he sentido diferente, porque siempre he sido así.
No recuerdo mi carita antes del accidente.
Lo que recuerdo, son los otros estragos que ese día sí nos dejó.
No conocí a mi abuelita, aunque sé que fue ella la que evitó que muriera.
No tengo recuerdos de ella, aunque casi podría dibujarla en mi mente por lo mucho que me han platicado: cocinaba delicioso, jamás decía groserías. Era muy bonita y tenía su piel blanca. Era nada alta y media gordita. Y sus manos, eras suaves y chiquitas.
Me perdí de sus caricias, como todos mis primos que llegaron luego.
Para nosotros siempre la abuelita Mari es como el hada buena del cuento. La que hacía magia, aún sin estar, y cuyo nombre está presente en muchas de nosotras.
María Madrigal tuvo cuatro hijas y un hijo: María Yolanda, Miguel Ángel, María Rosalba, Carolina y Silvia.
De ninguno pudo despedirse, porque la sorprendió la muerte, pero en cada una de ellos está: en mi Madre, a través de su generosidad infinita; en Miguel, en sus travesuras de único varón entre tantas mujeres; en Rosa con su dedicación y entrega para velar por sus hijos y sus nietos; en Carolina con su enorme nobleza de carácter y en Silvia, en el valor de mujer guerrera que sabe salir adelante.
Cuarenta años han pasado y apenas hace unos meses platicamos casi todas y todos de en donde estaba cada uno ese día y cómo supieron que ella había muerto, pues solo tres de sus hijas estaban ahí al momento del accidente, pero el golpe de su partida fue el más devastador impacto que su familia toda pudo haber recibido.
Es increíble como una persona puede seguir velando por su familia, a pesar de que hace tantos años que ya no está.
Hasta el día de hoy, mi madre y yo caminamos tomadas de la mano. Ahora yo soy la que teme que a ella le ocurra algo cuando yo no esté, así que la aprieto fuerte para que nuestras manos no se suelten.
Tampoco viajamos nunca durante los días santos.
Pensándolo bien, tengo un recuerdo vívido y claro de aquel día: le temo a las curvas y aborrezco la velocidad.
Y de esos misterios que tiene la vida, también el 6 de abril era el cumpleaños de mi papá, mi ariano favorito quién hoy tendría 74 años, quién por cierto, fue presentado con mi mamá precisamente por mi abuelita Mari.
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Recuerdos
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