Llegamos después de la media noche y llovía.
Bajamos del corcel blanco de mi papá cansados, pero con esa emoción tan particular que se siente cuando tu vida cambia.
No era tan solo una nueva geografía.
Era transformar todo lo que hasta entonces habíamos conocido.
Iniciábamos de nuevo, partiendo de cero.
Sin otra familia que nosotros, sin amistades, sin arraigo.
De los cuatro que llegamos, el único veracruzano era él y quería volver a casa. Enseñarnos ese – su verde paraíso – a nosotros, dos adolescentes y una mujer recién jubilada.
Éramos novatos también en el ejercicio de estar juntos, luego de una vida que se contaba por los fines de semana.
Los primeros siete meses fueron como ir al túnel del tiempo. A ese lugar sin nombre en los mapas, donde él trabajaba y nosotros fuimos descubriendo un mundo nuevo, lleno de insectos grandes, caminos rurales y mucha vegetación.
Algunas veces aún percibo ese particular olor a leña, de cuando en las tardes quemaban el pasto y de ello salía un humo que espantaba mosquitos.
Es increíble lo que la mente es capaz de hacer. La mía por ejemplo, borró casi todo lo de ese tiempo.
Luego iniciamos la sagrada aventura de una casa en la ciudad.
Cuando me dijeron que iríamos a vivir a Veracruz, yo me imaginaba viviendo en la playa, debajo de una palmera y nada más alejado de esa fantasía, porque la nuestra estaba suficientemente lejos de todo eso y aún así, era nuestra versión del paraíso.
Cada habitación revelaba la personalidad de su habitante.
Jaja, la mía tenía los muebles color rojo encendido, con un ecléctico diseño propio con alas de ángel y picos demoniacos. Ya saben, los dulces 16.
Una casa a gusto personal, con cocina grande, espacio para que los hijos hicieran tareas y fiestas, todo en medio de muchos respiraderos con plantas.
Años después, lejos de ese lugar y de ese momento, cuando el huracán se llevó todas nuestras fotos, de entre lo que se perdió lamenté especialmente una foto: aquella donde mi papá estaba acostado en el piso de la casa, abrazando el suelo de su hogar recién remodelado con su particular sentido estético, muy a su gusto.
Poco después de que la remodelación de nuestra casa terminó, el intempestivo – maldito - cáncer se lo llevó.
Solo 4 años tuvo para llevarnos a recorrer el verdor de su tierra veracruzana y enseñarnos una vida alejada de los riesgos que para dos muchachos estudiantes podría representar seguir en la gran ciudad.
Perdidos, sin rumbo, juntos, decidimos quedarnos. Él nos llevó ahí para ponernos a salvo y ese se convirtió en nuestro hogar.
Terminamos la escuela y cada uno fue armando su vida como las hojas en blanco que la adultez nos permitían.
Mi hermano se fue y aunque no ha regresado, en la Casita Verde sigue estando su cuarto, con sus gárgolas de la infancia y alguno que otro recuerdo de quién ya no le tocó vivir en esa casa.
¿Yo? He ido y venido en incontables ocasiones.
Me empeñé tanto por partir, que acababa volviendo.
Me he ido a México no sé ya cuántas veces y a Xalapa esta es la segunda y más prolongada.
Aunque hoy he construido un hogar y una familia de dos, siempre vuelvo al puerto para el fin de semana.
Ahí a donde mi papá nos llevó es en donde está mi madre, cuya vejez acompañaré habitando juntas nuestros recuerdos.
Cuando las turbias noches inquietan mi espíritu, ver el mar es lo que me pone en calma.
De esa noche del 11 de agosto, al día de hoy, han pasado 34 años.
Tenía 13 entonces y estaba enojada – aún lo recuerdo -.
Me fui de la vida que conocía a una aventura que se ha prolongado mucho más allá del doble de mi vida de entonces.
Hoy esta tierra pródiga nos ha dado amigos que son familia, lugares que nos dan identidad, nuevos olores y sabores que nos generan arraigo y nos dan sentido de pertenencia.
Gracias Veracruz, por ser tierra fértil y pródiga para esta pequeña gran familia que fuimos y que seguimos siendo.
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