¿Cómo nace la jirafa?

Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.



Yo que en cuestión de amores, conozco la obscuridad de la noche y el dorado brillo del oropel.

Que me he topado con los fantasmas que acompañan el insomnio donde mis noches púrpura a veces se prolongan, pero que he podido vibrar tan sólo de pensar en quién la respiración me corta; me atrevería a afirmar que - en materia del amor - he sido afortunada.

Nos hemos encontrado en la mocedad de los amores tempranos, en la intensidad de las pasiones furtivas y también, en el equívoco abrazo de las soledades que se comparten.

Un largo camino de encuentros y desencuentros deteniéndome a beber el néctar divino de los besos, de las bocas, de los seres que han estado a mi lado.

Noches dulces y lunas amargas son el sabor que el amor me ha dejado al llegar la mañana.

Pero el sentimiento efímero a nadie engaña: al más breve parpadeo, se esfuma bullicioso y efervescente, dejando tras de sí la enseñanza de que siendo el bien más preciado, con facilidad confunde: se esconde hasta hacernos creer que lo hemos hallado, aunque en el fondo la lección que enseña es que no era el amor ese que ahí estaba.

Cada nuevo intento del amor es una ilusión y cada partida un desengaño y las ilusiones y los desengaños cansan al corazón y llegan a hacernos pensar que un día - quizá - ya no quiera amar tan sólo por no volverse a ilusionar ni a ser desengañado.

Sí, las rupturas son fracasos que duelen.

Por eso quizá, sea mucho más fácil sostener encuentros que no comprometen, que no obligan a amar y que irremediablemente terminarán, siendo este su inevitable desenlace.

Me confieso cómoda en esa parte.

Pero temerosa.

Sí, miedo de que la comodidad haga que simplemente no vea cuando la oportunidad del amor verdadero se presente a mi puerta.

Porque soñadora soy. Y creo que la razón por la que me he reservado a ese amor verdadero ha sido porque mi corazón ha sabido que la persona aún no llega.

Esa persona cuyos atributos he descubierto en cada uno de los hombres con los que he tratado de construir algo y que finalmente, el sentimiento no ha sido suficiente como para dar el siguiente paso.

Cada uno me ha enseñado lo que claramente quiero: un hombre seguro de sí mismo, a quién yo admire por lo es y que esté satisfecho con lo que hace. Que sea inteligente y deseoso de seguir creciendo. Que tenga claros valores familiares, que me respete y se respete y claro! que crea en la equidad para formar un vínculo de dos que tal vez sean diferentes, pero cuyo amor los complementa.

Mi experiencia de observadora del amor de los otros me revela que hay quienes sucumben al intento de lograrlo y se conforman con lo que encuentran.

Yo prefiero el precio de la soledad, a conformarme con lo que no quiero y no siento.

En el oleaje de ese mar me encontraba navegando, cuando un buen día, recibí un mail perdido de un desconocido que ha sido mi escucha constante durante los últimos tiempos.

Simplicidad que se transformó en la costumbre de leernos y que de pronto nos llevó a la posibilidad de un encuentro real, luego de meses de tan sólo escribirle a alguien a quién tal vez no conocería jamás.

El día llegó.

El caballero de París y yo nos vimos, con nuestra mutua curiosidad de descubrirnos, de saber quién es ese que está al otro lado del teclado y que día a día durante largo tiempo, ha dejado entrever mucho más de sí, que lo que cualquiera que se conoce en otros términos.

Viajamos a conocernos en una travesía que nos llevó al interior de nosotos mismos.

Serán por siempre, los más maravillosos días al lado de una persona a quién sentí conocer de siempre.

Esta carta es para compartirles que me siento muy afortunada de saber que la persona que soñé, existe.

Al final, no quedamos en nada.

Nos encontraremos en mitad del mar o en lo profundo de sus ojos de río.

Si es para mí, volverá.



Agosto, 2009

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