¿Cómo nace la jirafa?

Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.



Esta es una historia, contada en dos tiempos.

El primero comienza la tarde de un día de otoño.

Mi madre, mi hermano y yo subimos al autobús con el pasaje de mano. El resto – las cajas en que guardaba la vida – viajaban aparte, en una mudanza.

Mientras que por la ventana miraba alejarse el árido campo del altiplano, recuerdo haber dicho “la historia comienza de nuevo para nosotros, pero en otra parte”.

Tenía entonces 13 años y no estaba de acuerdo con venir aquí pues todo lo que hasta entonces era mi vida se quedaba atrás.

Mi colegio, al que entré desde el kínder y que me trajo esas primeras amigas con las que anhelaba llegar hasta la universidad; mi familia, y esas reuniones sabatinas en las que pasaba horas convirtiendo mi cuarto en la habitación del terror o el salón de belleza en que jugábamos todos los primos mientras nuestros padres vivían la bohemia citadina; mis amigos, esos que me eran profundamente entrañables y con los que comencé a crecer y a aprender de la vida; todo eso quedaba atrás.

La mía era la vida de una clásica niña chilanga interrumpida el día que una propuesta laboral trajo a mi padre de regreso a su tierra, luego de haber emigrado apenas terminó la escuela.

Esa historia – la de Miguel Mendoza Malpica – la conocía perfecto, porque solía contarla mil veces, pero yo la escuchaba como quién escucha un cuento…desde la distancia, desde la fantasía.

Yo sabía de su niñez en los patios de vecindad del centro, del mérito de haber pertenecido a la Superación Ciudadana; del orgullo de haber formado parte de la primer generación de ingeniería del tecnológico, pero mi padre vivía su veracruzaneidad desde lejos. Se había hecho en la ciudad y para él Veracruz era nostalgia a destiempo.

Volver hasta para él era raro. Había que comenzar de cero.

Al bajar de aquel autobús, la nueva realidad se presentó como una ráfaga de viento.

Los primeros siete meses vivimos en Purga, donde él trabajaba al frente de lo que fue su pasión.

Curioso destino. El hijo de un obrero de la “Pepsi” se convirtió en gerente de una fábrica de refrescos.

Guardo muy pocos recuerdos de ese tiempo. Supongo que quise olvidarlos y casi lo logro.

El voraz encuentro con la naturaleza del trópico se convierte en pesadilla, sobretodo cuando se ha llegado de un lugar donde el insecto más grande es una mosca, cosa que desde luego no fue menor, en su momento.

Las prácticas cotidianas de un pueblo que se quedó sumergido 50 y tantos años atrás, de pronto contrastan dramáticamente con el ritmo de la vida de la ciudad, por lo que esos primeros tiempos fueron la rara combinación de vivir en el pueblo, estudiar en el puerto y viajar a la capital para comprar hasta para lo más trivial.

Por fin llegó el momento cambiar de casa y fue hasta entonces que realmente nos percatamos que éste sería nuestro hogar.

El proceso de construir la vida es sorprendente. Se va armando con pequeños momentos, con componentes que a veces, ni siquiera son trascendentes pero que a la larga, pasan a formar parte de la persona que eres.

En aquella casa tuve a mi primer perro; mi papá sembró su primer árbol; mi mamá tuvo su cocina grande y mi hermano manejaba como loco su volare azul.

Las resistencias chilangas comenzaron a ceder en la medida en que comencé a construir mi propia vida en el puerto: mi nueva escuela, mis amigas todas quinceañeras, las primeras tardeadas y discotecas, mis vestidos de fiesta con tacones; los interminables paseos en Plaza Mocambo que acababan por marearme de tanta vuelta.

Y aunque en efecto, las visitas a la ciudad seguían siendo frecuentes - ¿cómo olvidar esos memorables viajes a bordo del Jarocho? – la sensación de la brisa del mar claramente significaba ya estar en casa.

Recuerdo mucho que cuando era pequeña y salíamos a carretera, mi papá bajaba el vidrio del auto y me señalaba el campo, preguntándome: “¿cuántos tonos de verde ves?”. Yo ingenua, enloquecía queriendo contarlos y entonces él interrumpía mi agonía diciéndome: “El verde y todos sus verdes, eso es Veracruz”.

Ese romance de ensueño duró muy poco. Es decir, el romance de una familia que vino a vivir a Veracruz.


Me gusta pensar que él quiso traernos aquí para regalarnos otra forma de vivir; para enseñarnos su mar y lo difícil que es vivir sin sus olas. Concluí que él quiso venir a su tierra a morir.

Recuerdo aún que antes de que lo lleváramos al hospital, él quiso despedirse del mar y entonces le pedimos a la ambulancia que pasara por Martí.

Hasta mucho después comprendí lo que despedirse de algo que te es tan valioso, significa.

Mi papá murió un día después de su santo. Tenía sólo 49 años.

Es aquí en donde comienza el segundo tiempo de esta historia.

Mi historia en Veracruz, la que yo escribo.

A la muerte de mi papá un hombre mayor, delgado, alto. Jarocho todo él. Con su guayabera blanca y su sombrero claro, se acercó a mí y me dijo: “hija, ya no tienes papá, pero tienes abuelo”.

Don Miguel Mendoza Rascón llegó caminando a mi casa en el Floresta puntualmente cada viernes durante muchos años, desde su casa en el Hípico. Tenía casi 80 años y llegaba a revisar los trabajos que en casa podían hacer falta. Luego – invariablemente – se sentaba en la mecedora de la sala a leer su periódico y se quedaba dormido.

Fue un hombre que sólo cursó la primaria allá en su Tlacotalpan del alma. Su vida fue trabajar sin parar tres turnos durante todos los días.

Sus más grandes pasiones lo fueron Agustín Lara y el Béisbol.

Era un hombre que todo lo que sabía – fechas, datos exactos, acontecimientos – los había aprendido leyendo El Dictamen puntualmente por lo menos durante las últimas 6 décadas.

Memorizaba todo y guardaba los periódicos de las fechas importantes.

Hasta que él murió comprendí hasta qué punto influyen ciertas personas, en nosotros.

Mi relación con el abuelo comenzó el día que mi padre murió; pero ya para ese entonces, yo guardaba y guardo los periódicos con las noticias más relevantes, testimonio claro de mis intereses.

Pero sobretodo a él es a quién me parezco: era un ingeniero que escribía poesía. Enseñó a su hija a recitar aún antes de escribir de corrido. Leí por kilos y no faltaba su Excélsior, el domingo.

Su pasión por las letras y su callada afición por la política fueron para mí como el destino manifiesto.

Soy – luego de eso y más - una joven amante de la bohemia, del buen cine, que valoro por encima de cualquier cosa la magia de leer un libro, pero que busco el mar con el ansia de encontrar mi equilibrio.

Así es que conozco Veracruz. El Veracruz de mi padre y de mi abuelo, y luego, mi Veracruz propio.

Andariega y herrante, mis años aquí han sido de descubrir lo que estaba oculto: las callejuelas, los personajes, las miradas ocultas, las muchas amistades.

Pero a pesar de mi romance con el puerto, yo anhelaba irme de aquí.

Y me fui, no una, sino varias veces.

Me fui a estudiar, me fui a intentar trabajar, me fui a buscar lo que creía que era mi hogar.

Y cuantas veces me fui, regresé.

Mis pasos han recorrido infinitamente el camino de regreso.

Cada que vuelvo, siento nostalgia al mirar por la ventana el árido campo aquel del cual ya una vez me despedí.

No he podido quedarme allá, a pesar de lo cautivante que me resulta la ciudad y de lo mucho que anhelo una actividad intelectual mayor, porque extraño el mar.

Comprendí pues, que de aquí soy. Que he caminado este camino y he arado esta tierra y que los frutos que recoja, sin duda tendrán que ver con la siembra que aquí realicé.

Aquí tengo a mis amigos, a mis colegas, a mi pequeña familia que crece con los amigos que hoy son parientes y que jamás nos han dejado solas.

Aquí he amado y me han amado y aquí he llorado de tristeza.

Aquí tengo los momentos compartidos que hacen que cuando con alguien me siento a la mesa, tenga una anécdota que compartir, porque seguramente la vivimos juntos.

No tuve miedo a empezar de cero. Me confieso rebelde y la rebeldía me da fuerza. No es eso.

Es que uno debe ser agradecido y si en Veracruz me hice, entonces en Veracruz me quedo.

Aquella tarde de otoño era 11 de agosto de 1988.

Hoy, mucho más de la mitad de mi vida, la he pasado en Veracruz.


Agosto, 2008.

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