Escribo en los momentos tristes y también en algunos otros.
Las letras que hoy les comparto rondan mi cabeza desde hace algunos días sin poder siquiera hilarlas en palabras que rimen, porque he querido – a propósito de mí – escribir poesía.
Sin embargo y aunque el tema de mi escrito tantas veces pensado lo tengo muy claro, el cierre de este día se me presenta como el escenario perfecto para tratar de enlazar dos sucesos de mi vida actual.
Cuando un delincuente te asalta, no roba tan sólo las cosas materiales que él cree que tienen valor.
Desde luego, cuando un ladrón te asalta, se lleva consigo lo que de entrada cree que puede significarle algunos pesos, aunque tú sepas que en realidad, lo que se llevó es una baratija que bien pudo haber sido canjeada, de haber existido la oportunidad de razonar con él. Escribo en los momentos tristes y también en algunos otros.
Las letras que hoy les comparto rondan mi cabeza desde hace algunos días sin poder siquiera hilarlas en palabras que rimen, porque he querido – a propósito de mí – escribir poesía.
Sin embargo y aunque el tema de mi escrito tantas veces pensado lo tengo muy claro, el cierre de este día se me presenta como el escenario perfecto para tratar de enlazar dos sucesos de mi vida actual.
Cuando un delincuente te asalta, no roba tan sólo las cosas materiales que él cree que tienen valor.
Desde luego, cuando un ladrón te asalta, se lleva consigo lo que de entrada cree que puede significarle algunos pesos, aunque tú sepas que en realidad, lo que se llevó es una baratija que bien pudo haber sido canjeada, de haber existido la oportunidad de razonar con él.
Sin embargo y a pesar de su estrategia delictiva, de su modus operandi y de su – quizá – justificada razón para delinquir, lo que el ladrón se llevó en su paso por mi casa, fueron básicamente dos cosas: mis recuerdos y la tranquilidad de que dormiremos seguras. (véase la hora de mi envío para constatar lo anterior).
Suelo guardar no tan sólo aquello que casi todo el mundo considera valioso. En realidad yo guardo objetos tan “invaluables” como los papelitos que me escriben mis alumnos diciendo que quizá la clase les gustó. Guardo también las cartas de los amores pasados, y los barquitos de origami y los restos de rosas amarillas, a pesar de que dicen que significan desprecio, pues para mí son del color de la felicidad.
Me gusta conservar con los objetos, momentos.
Hace tiempo que trabajo en los apegos. Lo hago desde que la vida me quitó lo que más quería y entonces debí comenzar con las lecciones al revés, comprendiendo que al irse no sólo debo recordar lo perdido sino lo ganado, y desde entonces comencé con mi pequeña batalla por no darle valor a las cosas materiales, teniendo muy claro que las personas no están en las cosas.
A pesar de ello debo reconocer que seguí y sigo guardando cosas. Soy cosista.
En el libro de mis metas cumplidas está sin duda aquel día en que tiré a la basura mis cientos de periódicos viejos, o el día que regalé mis pantalones rotos y mucho más reciente el día en que me deshice de los libros de ingeniería de mi padre, mismos que – me quedó claro – ya no usaría mi nena en su paso por la universidad.
Así pues, me he ido deshaciendo de algunos objetos y conservo otros, para soltarlos cuando sea el tiempo de levar anclas.
En el largo camino de los desapegos, hoy se fueron de pronto cositas del baúl de los tesoros: mi delfín verde, recuerdo de la amistad de mi querido Cacho; mi pulsera y mi cadena de los quince años; mi ámbar de estrella; mi anillo morado; mi alma y mi pena.
A la pepena de recuerdos se unión además el retiro de mi instrumento de trabajo, objeto cuya carencia sí complica mi vida, pero no me impide demostrar que quién trabaja soy yo y no una gala de tecnología. Total, si ahora leen faltas de ortografía, todo sea como disculparme diciendo “no entiendo el teclado de la no-lap”.
El ladrón se llevó además la estirpe de guerrera. El ladrón vulnera.
El ladrón hizo que el ritualístico acto de llegar “por fín a casa” se convirtiera en una hazaña.
El ladrón entró por atrás, como lo hacen los vulgares seres que en la noche esconden sus negros placeres.
Y a pesar de que enfada lo que se llevó, muestra siempre el valor de lo que deja: afectos y defectos que no se pueden ocultar.
La cobarde huida del vulgar ladrón dejó también claro que el tesoro más privilegiado se mantuvo intacto de sus uñas feroces: ni un solo rasguño dañó la faz de mi compañera de vida, integridad que vale las bolsas cargadas en la agreste huida.
Ya sé que piensas que éste no era tema que tanto traía en mente los últimos días. ¿Cómo iba a saber que un ladrón me visitaría?
De hecho es cierto, el tema es otro.
Comencé a escribir algo que se llama Duelo.
Soy una mujer afortunada. Sin buscar, me he encontrado en la vida con distintas formas de amar.
Cada amor ha sido el más sólido, el más fuerte, el más definitivo.
Y al partir, cada uno ha sido una pérdida, un motivo de dolor, un sufrimiento inmenso.
Sin embargo, hasta hoy, no me había tomado mi propio tiempo. Tiempo para mí, para estar sola, para escucharme, para vivir.
A lo mejor es que este amor, era distinto.
Duele.
He tenido tiempo de llorar. No tan sólo es alguien que se va. Son ilusiones que se pierden, sueños compartidos juntos. Momentos, muchos momentos que se agolpan como balas y hacen que los lugares griten, las personas griten, los recuerdos griten.
Esta vez no quise evadir ese dolor. He querido vivirlo, para sentir cómo duele equivocarse.
Con mucha frecuencia me pregunto ¿cómo se sabe que esta persona con quién compartes es la persona?
Y es que mi gran dilema ha sido saber si he dejado ir a esa persona, o si no está, porque no lo era.
He escuchado toda clase de explicaciones: desde que soy demasiado exigente, hasta que soy bipolar o que no sé apreciar a la gente.
Cositas, ladrones y otros sin sabores…
Sólo sé que quizá era el tiempo, que no fue nuestro tiempo.
No lo sé.
Lo cierto es que me gusta amar. Creo en el amor y que por él, muchas cosas valen la pena.
No espero al amor que sigue, porque sé que llegará; sólo sé que he cerrado un ciclo.
Casi lo olvido con tantos ladrones y duelos: el asunto está en que el ladrón entró a casa porque no estuvimos el fin de semana. Fui a Tampico por mi convivencia infantil del mes y a visitar al médico, dado que se cumplieron 6 meses de aquel diagnóstico “raro”. Pues bueno, total que parece que siempre sí no pasa nada. Cosillas. Nada importante.
Ah! A todos gracias. Siempre están conmigo, pero hoy, se volaron la barda. Con decirles que hasta mi septuagenario vecino – que además es sordo – nos vino a decir que la próxima vez que salgamos de vacaciones, él se viene a quedar a la casa, con todo y su “fuzca”.
Por cierto, esta es mi manera de decir “los quiero”.
Mayo, 2008.
¿Cómo nace la jirafa?
Hace algunos años cayó en mis manos un texto que me capturó. "Vivir para contarla" es la autobiografía de Gabriel García Márquez, en donde narra sus inicios en el mundo de las letras.
En su recorrido, el nóbel de Literatura comenzó su romance con la palabra a través del periodismo, escribiendo largas crónicas en una columna aparecida en un diario local de su natal Barranquilla.
Se llamaba La Jirafa y con el tiempo se convirtieron en materiales de colección.
Cuando - siendo académica - conformamos el cuerpo editorial de una publicación para el área de Ciencias Sociales, yo propuse ese nombre a mis compañeros, quienes deshecharon mi propuesta, llamando a nuestra publicación la Revista Sin Nombre.
Casi por despecho, decidí que llamaría La Jirafa a mi propio espacio virtual.
Por años, mi ventana del msn ha revelado distintos estadíos jirafescos, llevando a mis contactos a creer que me gusta el animalito, por lo que tengo una simpática colección de jirafas en mi haber.
Hasta hoy que decido "salir del clóset" de las letras, me atrevo a compartir lo que escribo con más de uno.
Mis textos - al igual que el cuello de las jirafas - son largos.
Espero no aburrir.
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